Paracelso dice que los pensamientos son actos y de todos los actos, supongo, el sexual es el más importante, pues es aquel en el que más se divulgan nuestros espíritus. Sin embargo uno lo experimenta como una especie de paráfrasis de lo poético, lo noético del pensamiento que adopta la forma de un beso o de un abrazo. El amor sexual es conocimiento tanto en su etimología como en el hecho en sí: “La conoció”, dice la Biblia. El sexo es la unión o el acoplamiento que ata los cabos del hilo de Ariadna del macho y la hembra: la nube de lo desconocido.
Por medio del olfato, el gusto, el tacto, nos conocemos unos a otros, ponemos en ignición la mente del otro; los datos que nos trasmiten los olores del cuerpo después del orgasmo, el aliento, el sabor de la lengua, constituyen medios primitivos de conocimiento. En mi caso, se trataba de un ser perfectamente común, sin dotes excepcionales, pero en lo elemental, por así decirlo, extraordinario para mí: exhalaba los olores de las cosas buenas de la naturaleza, como el pan recién horneado, como el café tostado o el sándalo. (...) Paracelso dice que los pensamientos son actos. Y de todos los actos, supongo, el sexual es el más importante, pues es aquel en el que más se divulgan nuestros espíritus. Sin embargo, uno lo experimenta como una especie de paráfrasis de lo poético, de pensamiento que adopta la forma de un beso o un abrazo. El amor sexual es conocimiento tanto en su etimología como en el hecho en sí; ”la conoció“, dice la Biblia. El sexo es la unión o acoplamiento que ata los hilos de Ariadna del macho y de la hembra: la nube de lo desconocido.
El universo de los caracoles es pequeño. Es un universo sediento porque siempre están buscando agua desesperadamente. Es un universo donde con frecuencia resulta difícil encontrar sexo.
El proceso es un poco confuso, porque la mayoría de estos animales son hembras y machos a la vez, son hermafroditas.
Por lo tanto, no es el típico proceso donde chico conoce a chica, sino que tenemos a una chica-chico que conoce a un chico-chica.
Y en estas circunstancias, si ambos son macho y hembra a la vez, siempre prefieren hacer el papel del chico, del macho, porque así se ahorran el duro trabajo de producir los huevos e incubarlos.
La vida sexual de los caracoles es sorprendente. A veces se pasan tres o cuatro días probando, intentando persuadir al otro, una y otra vez, de que acepte su pene.
Hay una especie en que, después de haberse apareado, el caracol que ha introducido su pene y depositado su esperma en otro caracol se arranca el pene de un bocado y se lo inserta en su orificio femenino para evitar que el otro se aparee con él.
Y más de uno se preguntará ¿y dónde tiene el pene el caracol?
La fantasía de la violación existe. La fantasía sexual. La idea de ser entregada, forzada, obligada era una fascinación mórbida y excitante para la niña que yo era entonces. Después, esas fantasías me acompañan. Estoy segura de que son muchas las mujeres que prefieren masturbarse fingiendo que eso no les interesa, antes de saber lo que les excita. No todas somos iguales, pero no soy la única. Esas fantasías de violación, de ser tomada por la fuerza, en condiciones más o menos brutales, que yo declino a lo largo de mi vida masturbatoria, no me vienen out of the blue. Se trata de un dispositivo cultural omnipresente y preciso, que predestina la sexualidad de las mujeres a gozar de su propia impotencia, es decir, de la superioridad del otro, más bien a gozar contra su propia voluntad que como zorras a las que les gusta el sexo. En la moral judeo-cristiana, más vale ser tomada por la fuerza que ser tomada por una zorra, nos lo han repetido suficientemente. Hay una predisposición femenina al masoquismo que no viene de nuestras hormonas, ni del tiempo de las cavernas, sino de un sistema cultural preciso, y que tiene implicaciones perturbadoras en el ejercicio que podemos hacer de nuestra independencia. Voluptuosa y excitante, resulta también perjudicial: que nos atraiga lo que nos destruye nos aparta siempre del poder.
Pero por un instante -sea por una música salvaje, o alguna droga, o el acto sexual en su máxima violencia-, el ritmo lentísimo del melancólico no sólo llega a codearse con el del mundo externo, sino que lo sobrepasa con una desmesura indeciblemente dichosa; y el yo vibra animado por energías delirantes.
Alejandra Pizarnik
La condesa sangrienta
Concerto For Lute, 2 Violins And Continuo In D Major,
No era cuestión de acostarse con su cuerpo. No era cuestión de juntar sus sexos y explotar de placer puro. Era algo que iba más allá. La cuestión era un encuentro cósmico; era como estar juntos en el lugar preciso, en el instante justo para al fin poder unirse, así fuese tan solo una noche. Ellos sin alcanzarlo a comprender completamente, vivirían esa luna, y podrían darse cuenta de la delgada pero profunda línea, entre tener sexo y hacer el amor…
Observando de cerca la fotografía que he colgado hace un par de entradas, la de los dos caracoles dándose el pico, me preguntaba: quién es él y quién es ella?
Y bueno... he hecho mis averiguaciones en el terreno de la vida sexual de los caracoles, de la que sólo conocía el hecho de que eran hermafroditas, pero la cosa tiene más aquel...
En palabras del Catedrático Genético Steve Jones:
El universo de los caracoles es pequeño. Es un universo sediento porque siempre están buscando agua desesperadamente. Es un universo donde con frecuencia resulta difícil encontrar sexo.
El proceso es un poco confuso, porque la mayoría de estos animales son hembras y machos a la vez, son hermafroditas.
Por lo tanto, no es el típico proceso donde chico conoce a chica, sino que tenemos a una chica-chico que conoce a un chico-chica.
Y en estas circunstancias, si ambos son macho y hembra a la vez, siempre prefieren hacer el papel del chico, del macho, porque así se ahorran el duro trabajo de producir los huevos e incubarlos.
La vida sexual de los caracoles es sorprendente. A veces se pasan tres o cuatro días probando, intentando persuadir al otro, una y otra vez, de que acepte su pene.
Hay una especie en que, después de haberse apareado, el caracol que ha introducido su pene y depositado su esperma en otro caracol se arranca el pene de un bocado y se lo inserta en su orificio femenino para evitar que el otro se aparee con él.
Y más de uno se preguntará ¿y dónde tiene el pene el caracol?
¿Puede haber algo más erótico que el ofrecimiento de una nuca? ¿Puede haber muestra de más confianza, a la vez que intimidad, de quien la ofrece a quien la ofrece?
Mi parte oscura diría que un beso puede ser un estilete.
Mi parte luminosa sólo recuerda tu olor.
El pecado de la fornicación es dividido por Casiano en tres tipos. El primero es la "conjunción de los dos sexos" (commixtio sexus utriusque) o fornicatio – en sentido restringido – ; el segundo es cometido sin tener contacto con la mujer (absque feminu tactu)(1), y esto es lo que llevó a Onán a la condenación, es la immunditia, y puede tener lugar tanto en el sueño (polución) como en la vigilia (masturbación); finalmente, el tercero es "concebido por el pensamiento y el espíritu": es la libido, que tiene lugar en los "pliegues del alma", sin que tenga lugar la "pasión corporal" (sine pasione corporis).
Michel Foucault
Historia de la Sexualidad
(1) Nótese que sólo los hombres podían pecar, puesto que para el señor Casiano, santo para más señas y Padre de la Iglesia, las mujeres no tenían alma.
¿Qué es la coquetería? Podría decirse que es un comportamiento que pretende poner en conocimiento de otra persona que un acercamiento sexual es posible, de tal modo que esta posibilidad no aparezca nunca como seguridad. Dicho de otro modo: la coquetería es una promesa de coito sin garantía.
Para verte como yo quería había que empezar por cerrar los ojos.
Julio Cortázar
Sólo al borde del acto sexual, cuando han caído ya los principales obstáculos, se vuelve lánguida la mirada y favorece la actitud de abandono: los ojos permanecen justo lo bastante abiertos como para sugerir un acto que los haga cerrarse en beneficio del goce (...) los ojos tratan de expresar que uno esta dispuesto a prescindir de todo acto defensivo u ofensivo, y para ello la mirada se desvanece, se relaja, dispuesta a renunciar a su función habitual.