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jueves, 2 de mayo de 2019

El ascenso


Puedo oír las ruedas de los trenes marcando sus giros rítmicos en mi cabeza mientras escribo. El tren de las cuatro y catorce llevándome a casa, hacia las zapatillas, el fuego de gas, el diario, los restos de la flanera, el texto bíblico en la pared. Y Kate aguardando por mí, delgada y perfumada, con el perfume barato que usa y sus calzones de Marks & Spencer. Maquillada a franjas para mí, como una pastilla de jabón ordinario y aromático. Permaneceremos de pie, los dos juntos, ante el representante de Dios, y compartiremos un sobrio oficio, para legalizar las felicidades conyugales. La querida Kate, como una muñeca de trapo sobre la cama, con su cara blanca y estoica, excitando apetitos crueles en su maridito recién adquirido. Y todos los kilómetros de luchas trágicas, aburrimientos, desesperaciones, ilusiones, se desprenderán de mí cuando entre en prisión. La ubicuidad de Dios. El cero fantástico al que reduciré los términos de mi vida para encontrar la felicidad. El lento y gradual ascenso hacia el silencio, hacia la mudez.

Lawrence Durrell
El libro negro
Ed. Edhasa
Trad. Leal Rey

Fot: s/d

miércoles, 17 de abril de 2019

Acto


Paracelso dice que los pensamientos son actos y de todos los actos, supongo, el sexual es el más importante, pues es aquel en el que más se divulgan nuestros espíritus. Sin embargo uno lo experimenta como una especie de paráfrasis de lo poético, lo noético del pensamiento que adopta la forma de un beso o de un abrazo. El amor sexual es conocimiento tanto en su etimología como en el hecho en sí: “La conoció”, dice la Biblia. El sexo es la unión o el acoplamiento que ata los cabos del hilo de Ariadna del macho y la hembra: la nube de lo desconocido.

Lawrence Durrell
El cuarteto de Alejandría
Clea

Fot: Paddy Summerfield

jueves, 6 de septiembre de 2018

Finísimas nubes


Como por tácito acuerdo, nos sentamos el uno frente al otro sobre la alfombra, como solíamos hacerlo en el pasado, con las piernas cruzadas como "sastres armenios", había dicho Clea una vez. Brindamos a la luz rosada de las bujías escarlata que iluminaba sin titubeos el aire inmóvil, cuyas fantasmagóricas radiaciones delineaban la boca sonriente, los rasgos puros de Clea. Allí, por fin, en aquel gastado trozo de alfombra, nos abrazamos -¿cómo decirlo?- con una calma sonriente y grave; como si la copa del lenguaje se hubiese vertido silenciosamente en aquellos besos elocuentes que reemplazaban las palabras y compensaban el silencio, aquel silencio que era una forma nueva y más perfecta del pensamiento y del gesto. Aquellos besos eran como finísimas nubes destiladas a través de una inocencia recién nacida, a través del genuino dolor de la ausencia de deseo. Recordé aquella otra noche, hacía tanto tiempo, en que habíamos dormido abrazados y sin sueños; y comprendí que, tras un largo rodeo por el árido desierto de mis fantasías, mis pasos me habían devuelto a aquel mismo punto del tiempo, al umbral de aquella puerta aherrojada que entonces se me había cerrado, detrás de cuyos cristales, sonriente e irresponsable como una flor, se movía la sombra de Clea. Yo no había sabido encontrar la llave de aquella puerta. Ahora se me abría espontáneamente. En tanto que otra puerta, aquella que en un tiempo me había dado acceso a Justine, se había cerrado de forma irrevocable. ¿No hablaba Pursewarden de puertas corredizas? Pero se refería a libros, no al corazón humano. El rostro de Clea no reflejaba artificio ni premeditación, sino una especie de generosa malicia que le inundaba los magníficos ojos y se transmitía en la firmeza consciente con que introducía mis manos en sus mangas para entregarse a mi abrazo en la actitud condescendiente de una mujer que ofreciera su cuerpo a una valiosa capa. O cuando me tomaba la mano, la apoyaba sobre su corazón y murmuraba:
-¡Siente! Ha cesado de latir.
Así dejamos correr el tiempo, y así hubiéramos podido quedar, como figuras estáticas de un cuadro olvidado, saboreando sin prisa la dicha concedida a los seres destinados a gozarse mutuamente sin reservas ni autodesprecio, sin los premeditado ropajes del egoísmo, las limitaciones inventadas del amor humano.

Ed. Edhasa, 2008
Trad. Matilde Horne

Fot. Heinz Von Perckhammer
Etude de Nu, Chine, 1928

miércoles, 2 de mayo de 2018

Allí nos encontrábamos a menudo


Allí nos encontrábamos a menudo. En verano había un tenderete abigarrado donde a ella le gustaba saborear tajadas de sandía y sorbetes de colores brillantes. Naturalmente, llegaba siempre un poco tarde, de vuelta quizá de una cita en una habitación oscura en la que yo trataba de no pensar, tan frescos, tan jóvenes eran los pétalos abiertos de la boca que caía sobre la mía para saciar la sed del verano. Quizás el hombre a quien acababa de abandonar rondaba aún en su memoria, quizá persistía aún en ella el polen de sus besos. Pero eso importaba muy poco ahora que sentía el leve peso de su cuerpo apoyando su brazo en el mío, sonriendo con la sinceridad generosa de los que han renunciado a todo secreto. Era bueno estar allí desmañados, un poco tímidos, respirando agitadamente porque sabíamos lo que cada uno esperaba del otro. Los mensajes se transmitían prescindiendo de la conciencia, por la pulpa de los labios, por los ojos, por los sorbetes, por el tenderete abigarrado. Permanecer allí alegremente, tomados de los meñiques, bebiendo la tarde profundamente olorosa a alcanfor, como si fuéramos parte de la ciudad…

Lawrence Durrell
El cuarteto de Alejandría, Justine
Ed. Edhasa, 2008
Trad. Matilde Horne

Fot. John Dugdale
The Spirit Eye, NYC, 1998

El libro negro


Puedo oír las ruedas de los trenes marcando sus giros rítmicos en mi cabeza mientras escribo. El tren de las cuatro y catorce llevándome a casa, hacia las zapatillas, el fuego de gas, el diario, los restos de la flanera, el texto bíblico en la pared. Y Kate aguardando por mí, delgada y perfumada, con el perfume barato que usa y sus calzones de Marks & Spencer. Maquillada a franjas para mí, como una pastilla de jabón ordinario y aromático. Permaneceremos de pie, los dos juntos, ante el representante de Dios, y compartiremos un sobrio oficio, para legalizar las felicidades conyugales. La querida Kate, como una muñeca de trapo sobre la cama, con su cara blanca y estoica, excitando apetitos crueles en su maridito recién adquirido. Y todos los kilómetros de luchas trágicas, aburrimientos, desesperaciones, ilusiones, se desprenderán de mí cuando entre en prisión. La ubicuidad de Dios. El cero fantástico al que reduciré los términos de mi vida para encontrar la felicidad. El lento y gradual ascenso hacia el silencio, hacia la mudez.

Lawrence Durrell
El libro negro
Ed. Edhasa, 1987
Trad. Leal Rey

sábado, 10 de marzo de 2018

Besos


Los amantes no pueden encontrar nada que decirse el uno al otro que no se haya dicho y callado mil veces. Los besos se inventaron para traducir en heridas estas nadas. (...) Jugaban el uno con el otro fingiendo una pasión que se burlaba de sus propios orígenes y no podía encenderse ni extinguirse.

Lawrence Durrell
El cuarteto de Alejandría, Mountolive 
Ed. Edhasa, 2008
Trad. Matilde Horne

miércoles, 7 de febrero de 2018

Entre los brazos


Recordé unas palabras de Arnauti, escritas a propósito de otra mujer, en un contexto muy distinto: “Uno se dice que lo que tiene entre sus brazos es una mujer; pero si la contempla dormida advertirá que la criatura crece sin cesar: verá en el rostro amado, eternamente misterio, el perfecto e infalible florecimiento de las células, repitiendo hasta el infinito el delicado promontorio de la nariz humana, una oreja copiada de una concha marina, cejas dibujadas como helechos, labios inventados por bibalvos durante su unión de sueño. Pero este crecimiento es humano, lleva un hombre que atraviesa el corazón, y que promete el sueño demente de una eternidad que el tiempo desvirtúa a cada instante. ¿Y si la criatura humana fuese una ilusión? ¿Si, como dice la biología, cada célula de nuestro cuerpo es reemplazada por otra cada siete años? En el mejor de los casos, tengo entre mis brazos una fuente de carne, un juego incesante; y mi mente es un arcoiris de polvo”.

Lawrence Durrell
El cuarteto de Alejandría IV, Clea
Ed. Edhasa, 2008
Trad. Matilde Horne

Fot. Akira Sato

jueves, 1 de febrero de 2018

El prisma


¡Mira! -exclamó-. Cinco imágenes distintas del mismo sujeto. Si yo fuera escritora trataría de conseguir una presentación multidimensional de los personajes, una especie de visión prismática. ¿Por qué la gente no muestra más que un solo perfil a la vez?.
(...)
¿Hasta qué punto conozco a Pursewarden? Lo que sabemos de una persona se reduce a un aspecto de su carácter. Ofrecemos a cada uno una cara distinta del prisma. Repetidas veces me han asombrado ciertas observaciones que me confirman en esta idea. Por ejemplo, cuando Justine dijo de Pombal que era “uno de los grandes primates del sexo”. Mi amigo nunca me había dado una impresión de capacidad; lo encontraba indulgente hacia sí mismo a un punto casi ridículo. Me parecía divertido y digno de afecto, y su ridiculez esencial me enternecía. Pero Justine debió ver en él al gran felino de andar silencioso que era.

Lawrence Durrell
El cuarteto de Alejandría, Justine
Ed. Edhasa, 2008
Trad. Matilde Horne

Fot. Clarence H. White

martes, 30 de enero de 2018

Conocimiento


Por medio del olfato, el gusto, el tacto, nos conocemos unos a otros, ponemos en ignición la mente del otro; los datos que nos trasmiten los olores del cuerpo después del orgasmo, el aliento, el sabor de la lengua, constituyen medios primitivos de conocimiento. En mi caso, se trataba de un ser perfectamente común, sin dotes excepcionales, pero en lo elemental, por así decirlo, extraordinario para mí: exhalaba los olores de las cosas buenas de la naturaleza, como el pan recién horneado, como el café tostado o el sándalo. (...) Paracelso dice que los pensamientos son actos. Y de todos los actos, supongo, el sexual es el más importante, pues es aquel en el que más se divulgan nuestros espíritus. Sin embargo, uno lo experimenta como una especie de paráfrasis de lo poético, de pensamiento que adopta la forma de un beso o un abrazo. El amor sexual es conocimiento tanto en su etimología como en el hecho en sí; ”la conoció“, dice la Biblia. El sexo es la unión o acoplamiento que ata los hilos de Ariadna del macho y de la hembra: la nube de lo desconocido.

Lawrence Durrell 
El cuarteto de Alejandría,  Clea
Ed. Edhasa, 2008
Trad. Matilde Horne

sábado, 30 de diciembre de 2017

Clea


Me volví a hundir en el sueño; cuando desperté sobresaltado, el lecho a mi lado estaba vacío y la bujía se había extinguido. Clea estaba de pie junto a la ventana; había corrido las cortinas y contemplaba desnuda y esbelta como un lirio oriental el amanecer que se derramaba sobre los derruidos techos de la ciudad árabe. Y en aquel amanecer primaveral denso de rocío, que se insinuaba en silencio de la ciudad antes aún de que la despertase el canto de los pájaros, oí la voz dulcísima del muecín ciego de la mezquita que recitaba el Ebed, una voz suspendida como un caballo en el alto aire alejandrino mecido por las hojas de las palmeras.
-Alabo la perfección de Dios, el Eterno; la perfección de Dios, el Amado, el Existente, el Singular, el Supremo; la Perfección de Dios, el Único, el Solo…
La hermosa plegaria crecía en espirales de luz, atravesaba la ciudad. Yo observaba la grave y apasionada intensidad con que Clea, de espaldas a mí, contemplaba estática y despierta el nacimiento del sol, cuyos resplandores acariciaban ya los minaretes y las palmeras. Percibí el olor cálido de su pelo en la almohada. Como aquel brebaje que la Cábala llamaba en un tiempo “La Fuente de Todo lo Existente”, me sentía poseído por el júbilo de una libertad totalmente desconocida.
-Clea- llamé en un susurro.
Pero ella no me escuchaba; entonces me dormí otra vez. Sabía que Clea habría de compartir conmigo todas las cosas, que no retendría para sí nada, ni siquiera la mirada cómplice que las mujeres reservan tan sólo a sus espejos.

Ed. Edhasa, 2008
Trad. Matilde Horne

Dib. Alexis Díaz

miércoles, 30 de agosto de 2017

Deseo


Benedicta se agitó en sueños; soñaba sin duda con las chinelas turcas rojas que se había prometido, con las tandas de muselina con que pensaba hacerse un vestido de baile. Respirando suavemente mientras circunnavegaba aquellos vastos y sombríos ámbitos del sueño; la otra realidad que es la imagen en el espejo de nuestra propia realidad. Un cadáver viviente como yo sufriendo tan sólo a causa de la corrupción 'beta' del mundo en nuestro interior. (El deseo de morir juntos es la imagen del deseo de acostarse juntos).

Lawrence Durrell
Nunquam
Edit. Edhasa, 1986
Trad: Matilde Horne

Foto: Graeme Jukes

domingo, 2 de julio de 2017

Las reservas


Yo observaba la grave y apasionada intensidad con que Clea, de espaldas a mí, contemplaba estática y despierta el nacimiento del sol, cuyos resplandores acariciaban ya los minaretes y las palmeras. Percibí el olor cálido de su pelo en la almohada. Como aquel brebaje que la Cábala llamaba en un tiempo “La Fuente de Todo lo Existente”, me sentía poseído por el júbilo de una libertad totalmente desconocida.
-Clea- llamé en un susurro.
Pero ella no me escuchaba; entonces me dormí otra vez. Sabía que Clea habría de compartir conmigo todas las cosas, que no retendría para sí nada, ni siquiera la mirada cómplice que las mujeres reservan tan sólo a sus espejos.


viernes, 26 de mayo de 2017

El cero fantástico



Puedo oír las ruedas de los trenes marcando sus giros rítmicos en mi cabeza mientras escribo. El tren de las cuatro y catorce llevándome a casa, hacia las zapatillas, el fuego de gas, el diario, los restos de la flanera, el texto bíblico en la pared. Y Kate aguardando por mí, delgada y perfumada, con el perfume barato que usa y sus calzones de Marks & Spencer. Maquillada a franjas para mí, como una pastilla de jabón ordinario y aromático. Permaneceremos de pie, los dos juntos, ante el representante de Dios, y compartiremos un sobrio oficio, para legalizar las felicidades conyugales. La querida Kate,como una muñeca de trapo sobre la cama, con su cara blanca y estoica, excitando apetitos crueles en su maridito recién adquirido. Y todos los kilómetros de luchas trágicas, aburrimientos, desesperaciones, ilusiones, se desprenderán de mí cuando entre en prisión. La ubicuidad de Dios. El cero fantástico al que reduciré los términos de mi vida para encontrar la felicidad. El lento y gradual ascenso hacia el silencio, hacia la mudez.

El libro negro
Ed. Edhasa.
Trad. Leal Rey

martes, 9 de mayo de 2017

Estaré aquí, como siempre



Estaré aquí, como siempre, fumando junto al agua. He decidido no contestar la última carta de Clea. No quiero seguir forzando a nadie, no quiero hacer promesas, pensar la vida en términos de pactos, resoluciones, compromisos. Clea interpretará mi silencio según sus propias necesidades y deseos, y vendrá o no vendrá; ella es quien debe decidirlo. ¿Acaso no depende todo de nuestra manera de interpretar el silencio que nos rodea?

Lawrence Durrell  
El cuarteto de Alejandría,  Justine
Ed. Edhasa, 2008
Trad. Matilde Horne

Fot. Keith Carter

viernes, 11 de noviembre de 2016

En aquellos instantes de dichosa paz


Yo temía la intrusión de cualquier pensamiento, de cualquier idea que, irrumpiendo en aquellos instantes de dichosa paz, pudiese llegar a inhibirlos, a transformarlos en una fuente de tristeza. Pensé también en aquel largo viaje emprendido hacía tanto tiempo desde aquel mismo lecho, desde la noche distante en que lo habíamos compartido, a través de tantos climas, tantas tierras, que nos había devuelto una vez más a nuestro punto de partida, al devorador campo magnético de la ciudad. Un nuevo ciclo que se abría al conjuro de los besos y las caricias deslumbradoras que ahora podíamos compartir. ¿Adónde podría llevarnos? Recordé unas palabras de Arnauti, escritas a propósito de otra mujer, con un contexto muy distinto: “Uno se dice que lo que tiene entre sus brazos es una mujer; pero si la contempla dormida advertirá que la criatura crece sin cesar: verá en el rostro amado, eternamente misterio, el perfecto e infalible florecimiento de las células, repitiendo hasta el infinito el delicado promontorio de la nariz humana, una oreja copiada de una concha marina, cejas dibujadas como helechos, labios inventados por bibalvos durante su unión de sueño. Pero este crecimiento es humano, lleva un hombre que atraviesa el corazón, y que promete el sueño demente de una eternidad que el tiempo desvirtúa a cada instante. ¿Y si la criatura humana fuese una ilusión? ¿Si, como dice la biología, cada célula de nuestro cuerpo es reemplazada por otra cada siete años? En el mejor de los casos, tengo entre mis brazos una fuente de carne, un juego incesante; y mi mente es un arcoiris de polvo”. Entonces, desde otro punto del compás, oía la voz agria de Puserwarden que decía: “¡No existe el Otro; sólo existe uno afrontando eternamente el problema del descubrimiento de sí mismo!”.

Lawrence Durrell  
El cuarteto de Alejandría IV, Clea
Ed. Edhasa, 2008
Trad. Matilde Horne

miércoles, 6 de abril de 2016

La pulpa de los labios


He venido a reconstruir piedra por piedra esa ciudad en mi mente, esas provincias melancólicas que el viejo veía llenas de las “ruinas sombrías” de su vida. Estrépito de los tranvías estremeciéndose en sus venas metálicas mientras atraviesan la meidan color de iodo de Mazarita. Oro, fósforo, magnesio, papel. Allí nos encontrábamos a menudo. En verano había un tenderete abigarrado donde a ella le gustaba saborear tajadas de sandía y sorbetes de colores brillantes. Naturalmente, llegaba siempre un poco tarde, de vuelta quizá de una cita en una habitación oscura en la que yo trataba de no pensar, tan frescos, tan jóvenes eran los pétalos abiertos de la boca que caía sobre la mía para saciar la sed del verano. Quizás el hombre a quien acababa de abandonar rondaba aún en su memoria, quizá persistía aún en ella el polen de sus besos. Pero eso importaba muy poco ahora que sentía el leve peso de su cuerpo apoyando su brazo en el mío, sonriendo con la sinceridad generosa de los que han renunciado a todo secreto. Era bueno estar allí desmañados, un poco tímidos, respirando agitadamente porque sabíamos lo que cada uno esperaba del otro. Los mensajes se transmitían prescindiendo de la conciencia, por la pulpa de los labios, por los ojos, por los sorbetes, por el tenderete abigarrado. Permanecer allí alegremente, tomados de los meñiques, bebiendo la tarde profundamente olorosa a alcanfor, como si fuéramos parte de la ciudad…

Lawrence Durrell, El cuarteto de Alejandría
Ed. Edhasa, 2004
Trad. Aurora Bernárdez

lunes, 11 de enero de 2016

Palabras


Las palabras son los meros espejos de nuestro descontento; contienen los enormes huevos no incubados de todas las penas del mundo. Acaso sea más sencillo repetir en voz muy baja algunos versos de un poema griego, escritos una vez a la sombra de una vela, en un sediento promontorio de Bizancio. Algo así como.....

Pan negro, agua clara, aire azul.
Un cuello sereno de belleza incomparable.
Espíritu unido con espíritu.
Ojos cerrados dulcemente sobre ojos.
Pestañas trémulas, cuerpos desnudos.

Sin embargo, al traducirlas las palabras no expresan bien el sentido; y a menos que se las escuche en griego, palabra lenta tras palabra lenta, pronunciadas por una boca que se ha tornado nuestra por la tierna magulladura de besos interminables, nunca serán otra cosa que fotografías opacas y sin encanto de una realidad que nada tiene que ver con el reino de la verdadera poesía.

Ed. Edhasa, 2008
Trad. Matilde Horne

Fot. Ernst Baumann
Evening on Lake Zell, 1938

viernes, 28 de agosto de 2015

Silencio



Estaré aquí, como siempre, fumando junto al agua. He decidido no contestar la última carta de Clea. No quiero seguir forzando a nadie, no quiero hacer promesas, pensar la vida en términos de pactos, resoluciones, compromisos. Clea interpretará mi silencio según sus propias necesidades y deseos, y vendrá o no vendrá; ella es quien debe decidirlo. ¿Acaso no depende todo de nuestra manera de interpretar el silencio que nos rodea?

Lawrence Durrell
Justine

Michael Hoppé