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martes, 24 de diciembre de 2019

La habitación escondida


A veces he pensado que la naturaleza de una mujer es como una casa enorme llena de habitaciones: está el vestíbulo, donde uno recibe a las visitas formales; la sala de estar, donde los miembros de la familia entran y salen; pero más allá, mucho más allá existen otras habitaciones cuyas puertas nunca se abren; nadie conoce el camino hasta ellas y en la habitación más íntima, el alma se sienta a solas y espera oír unos pasos que nunca llegan.

Edith Wharton
Cuentos completos (2 vol.)
Ed. Páginas de espuma, 2019

Fot. Katsuji Fukuda
Onna no utsushikata (How to Photograph Women)
Tokyo Ars, 1937

domingo, 14 de abril de 2019

Vierge Moderne


Vierge Moderne

No soy mujer. Soy un neutro.
Soy un niño, un paje y una audaz decisión,
soy un rayo riente de un sol escarlata…
Soy una red para todos los peces glotones,
soy un brindis en honor de todas las mujeres,
soy un paso hacia la casualidad y la perdición,
soy un salto en la libertad y en el yo…
Soy el murmullo de la sangre en el oído del hombre,
soy un escalofrío del alma, nostalgia y negación de la carne,
soy un letrero que anuncia la entrada a nuevos paraísos.
Soy una llama, inquisitiva e intrépida,
soy un agua, profunda hasta la rodilla pero audaz,
soy fuego y agua en unión sincera sin condiciones…

Edith Söderggran
En: Poesía nórdica
Traducción de Francisco J. Úriz y J. Antonio Fernández Romero
Ediciones de la Torre 1999

Fot. de la autora s/d

lunes, 14 de mayo de 2018

Una mujer limpia


una mujer limpia
porque una mujer buena
es una mujer limpia
y si es una mujer limpia
es una mujer buena
hace millones, millones de años
se puso sobre dos patas
la mujer era fiera y sucia
fiera y sucia y ladraba
porque una mujer fiera
no es una mujer buena
y una mujer buena
es una mujer limpia
hace millones, millones de años
se puso sobre dos patas
ya no ladra, es mansa es mansa
y buena y limpia

*

una mujer muy fea
era extremadamente limpia
y tenía una hermana menos fea
que era más o menos limpia
y además una prima
increíblemente guapa
que mantenía limpias
únicamente sus partes esenciales
que eran su pelo y su sexo
mantenía su pelo y su sexo
extremadamente limpios
con un champú hecho en texas
por mexicanos aburridos
pero la heroína de este poema
era una mujer muy fea
extremadamente limpia
que llevó durante muchos años
una vida sin acontecimientos

*

una mujer sobria
es una mujer limpia
una mujer ebria
es una mujer sucia
de entre las bestias del mundo
tengan o no tengan uñas
es la mujer ebria y sucia
la que se aprovecha entera
las orejas el hocico
la barriga la papada
los meñiques los tobillos
hasta la cola enroscada

*

érase una vez una mujer
que quería hablar de género
érase una vez una mujer
que quería hablar de colectivos
y otra mujer más
especialista en declinaciones
la unión hace la fuerza
así que las tres se juntaron
y fundaron el grupo de estudios
celso pedro luft


Ed. Krillar 21, 2016
Trad. Paula Abramo

Fot. Manuel Alvarez Bravo

lunes, 4 de diciembre de 2017

El mujeriego


He amado a las mujeres, y debo confesar
que en muchas ocasiones
con ellas yo pequé de pensamiento,
palabra y omisión, pues con el tacto
he librado tan sólo las batallas corrientes,
-y alguna escaramuza, a qué mentir,
de muy dudoso gusto y gloria escasa-,
pero mi amor más fiel, el verdadero,
el que nunca me aburre, el que termina
amenazando un día mi constancia,
es siempre esa mujer, esa desconocida
de la que habla un amigo en un poema,
y que tantos dejamos, por desidia,
porque vamos con otra o por vergüenza,
pasar siempre de largo,
tan diferente siempre y siempre hermosa.
Y cuando alguna vez nos acercamos,
vencidos los temores, con qué prisa
su nombre cambia, baja y se concreta,
toma su rostro forma exacta, olvidan
muy pronto nuestros ojos su misterio,
pues la mano lo toca, y se deshace.

He amado a las mujeres, todavía las amo,
y sufro mucho al verlas alejarse,
espléndidas y ajenas, con sus hijos
de la mano, o aún con uniforme,
casi niñas -la nuca entre sudada
y el olor a colonia tras los juegos-,
o adolescentes casi, en esa edad
en que duermen inquietas si es verano.
Y todas con olores que nos hacen soñar,
en su belleza crueles, pues sólo esos olores,
extraños y envolventes,
al cabo han de dejar, si pasan cerca,
como un camino abierto en nuestras vidas.
Pero fui terco en el amor de algunas,
y es difícil así frecuentarlas a todas.

He amado a las mujeres, y por ellas sospecho
que quisiera perderme,
si tuviera dinero, y ayudaran un poco.

El mujeriego

Evelyn Brent in The Last Command, 1928

viernes, 20 de octubre de 2017

País secreto


Toda mujer, real de verdad,
posee un país secreto, 
más real para ella
que este pálido mundo exterior:

a medianoche,
cuando la casa cae en silencio,
deja de lado la aguja o el libro
y lo visita en secreto.

Cerrando los ojos, improvisa, 
imagina una verja de cinco barrotes
entre altos abedules:
salta la barrera y toma posesión.

Luego corre, o vuela, 
o bien cabalga un caballo 
que acude a recibirla,
y viaja allí donde quiere;

sabe hacer que la hierba crezca,
que el lirio se entreabra al mirarlo
y que los peces coman de su mano;

ha fundado aldeas, plantado arboledas
y vaciado valles para que los arroyos fluyan,
fríos, hacia una bahía cerrada al mar.

Nunca me atreví a preguntar a mi amor
por el gobierno de su reino,
ni por su geografía,
ni la he seguido entre esos abedules,
o escalando esa verja
para espiarla en la niebla.

Y aún así, me ha prometido, cuando yo muera,
un pabellón al pie de su palacio,
en un claro en medio de la espesura,
donde crece la genciana y el alhelí
y donde a veces podremos encontrarnos.

País secreto

Fot. André de Dienes, 1940

sábado, 16 de septiembre de 2017

Mujer


Pienso en ti sin nombre ni apellido.
Como el mar es mar y la nube, nube.
Tú, mujer, eres mujer.

Fot. Peter Martin

domingo, 11 de junio de 2017

La mujer


Un hombre sueña que ama a una mujer. La mujer huye. El hombre envía en su persecución los perros de su deseo. La mujer cruza un puente sobre un río, atraviesa un muro, se eleva sobre una montaña. Los perros atraviesan el río a nado, saltan el muro y al pie de la montaña se detienen jadeando. El hombre sabe, en su sueño, que jamás podrá alcanzarla. Cuando despierta, la mujer está a su lado y el hombre descubre, decepcionado, que ya es suya.

Ana María Shua
La mujer
Recogido en Cazadores de letras
Ed. Páginas de espuma, 2009

Fot. Daisuke Yokota

viernes, 9 de junio de 2017

La mujer


Un hombre sueña que ama a una mujer. La mujer huye. El hombre envía en su persecución los perros de su deseo. La mujer cruza un puente sobre un río, atraviesa un muro, se eleva sobre una montaña. Los perros atraviesan el río a nado, saltan el muro y al pie de la montaña se detienen jadeando. El hombre sabe, en su sueño, que jamás podrá alcanzarla. Cuando despierta, la mujer está a su lado y el hombre descubre, decepcionado, que ya es suya.

Ana María Shua
La mujer
Recogido en Cazadores de letras
Ed. Páginas de espuma, 2009

Fot. Daisuke Yokota

martes, 6 de junio de 2017

Nacer mujer



Nacer mujer ha sido nacer para ser mantenida por los hombres dentro de un espacio limitado y previamente asignado. La presencia social de la mujer se ha desarrollado como resultado de su ingenio para vivir sometida a esa tutela y dentro de tan limitado espacio. Pero ello ha sido posible a costa de partir en dos el ser de la mujer. Una mujer debe contemplarse continuamente. Ha de ir acompañada casi constantemente por la imagen que tiene de sí misma. Cuando cruza una habitación o llora por la muerte de su padre, a duras penas evita imaginarse a sí misma caminando o llorando. Desde su más temprana infancia se le ha enseñado a examinarse continuamente.
Y así llega a considerar que la examinante y la examinada que hay en ella son dos elementos constituyentes, pero siempre distintos, de su identidad como mujer.
Tiene que supervisar todo lo que es y todo lo que hace porque el modo en que aparezca ante los demás, y en último término ante los hombres, es de importancia crucial para lo que normalmente se considera para ella éxito en la vida. Su propio sentido de ser ella misma es suplantado por el sentido de ser apreciada como tal por otro.
Los hombres examinan a las mujeres antes de tratarlas. En consecuencia, el aspecto o apariencia que tenga una mujer para un hombre puede determinar el modo en que este la trate. Para adquirir cierto control sobre este proceso, la mujer debe abarcarlo e interiorizarlo. La parte examinante del yo de una mujer trata a la parte examinada de tal manera que demuestre a los otros cómo le gustaría a todo su yo que le tratasen. Y este tratamiento ejemplar de sí misma por sí misma constituye su presencia. La presencia de toda mujer regula lo que es y no es “permisible” en su presencia. Cada una de sus acciones —sea cual fuere su propósito o motivación directa— es interpretada también como un indicador de cómo le gustaría ser tratada. Si una mujer tira un vaso al suelo, esto es un ejemplo de cómo trata sus propias emociones y, por tanto, de cómo desearía que la trataran otros. Si un hombre hace lo mismo, su acción se interpreta simplemente como una expresión de cólera. Si una mujer gasta una broma, esto constituye un ejemplo de cómo trata a la bromista que lleva dentro y, por tanto, de cómo le gustaría ser tratada por otros en cuanto mujer bromista. Solamente los hombres pueden permitirse el lujo de gastar una broma por el mero placer de hacerlo.
Todo lo anterior puede resumirse diciendo: los hombres actúan y las mujeres aparecen. Los hombres miran a las mujeres. Las mujeres se contemplan a sí mismas mientras son miradas. Esto determina no sólo la mayoría de las relaciones entre hombre y mujeres sino también la relación de las mujeres consigo mismas. El supervisor que lleva la mujer dentro de sí es masculino: la supervisada es femenina. De este modo se convierte a sí misma en un objeto, y particularmente en un objeto visual, en una visión.

John Berger
Modos de ver
Ed. Gustavo Gili, 2000
Trad. Justo González Baramendi

Fot. Juan Bautista Nieto

domingo, 20 de noviembre de 2016

Los tiempos cambian, afortunadamente


Porque así como la naturaleza [...] hizo a
las mujeres para que, encerradas, guardasen la
casa, así las obligó a que cerrasen la boca.

lunes, 7 de noviembre de 2016

En alabanza a mi útero



En mi interior todos son un pájaro.
Estoy batiendo todas mis alas.
Querían cortarte
pero no lo harán.
Decían que estabas desmesuradamente hueco
pero no lo estás.
Decían que te encontrabas mortalmente enfermo
y se equivocaron.
Como colegiala cantas.

En alabanza a mi útero

lunes, 15 de agosto de 2016

Hay una mujer


Hay una mujer. Ella me odia. Sombra. Ella me llama Sombra. Por ejemplo: ¿Estás aquí de nuevo, Sombra?, me preguntará. Otras veces: Hay pollo relleno para almorzar, ¿te parece bien, Sombra? O traviesamente dice que arrojará su sombra ante sí y por sombra se refiere a mí y se supone que eso me podría causar problemas. Sin embargo, este abandono lúdico no significa necesariamente que ella esté de buen humor, aunque cuando ella está de buen humor, a veces grita alborozada: ¡Mundo de las Sombras! que, me guste o no, es otra referencia a mi persona. Por otro lado, cuando su ánimo es bajo, cuando sus hermanas mayores la llaman desde Lübeck, por ejemplo, o cuando se obsesiona con el peso, aunque le jure que moriría por la última gota de su carne viva, declara que soy el árbol que le impide ver el bosque.

Péter Esterházy  Una mujer
Ed. Alfaguara, 2001
Trad. Judit Xantus Szarvas

martes, 17 de mayo de 2016

Las locas


Brindemos por las locas, por las inadaptadas, por las rebeldes, por las alborotadoras, por las que no encajan, por las que ven las cosas de una manera diferente. No les gustan las reglas y no respetan el status-quo. Las puedes citar, no estar de acuerdo con ellas, glorificarlas o vilipendiarlas. Pero lo que no puedes hacer es ignorarlas. Porque cambian las cosas. Empujan adelante la raza humana.

Mientras algunos las vean como locas, nosotras vemos el genio. Porque las Mujeres que se creen tan locas como para pensar que puedan cambiar el mundo, son las que lo hacen.

Jean-Louis Kerouac
On The Road

jueves, 11 de febrero de 2016

Consuelo


Las mujeres tampoco seducen a los hombres para sustraerles el poder, ni para ejercerlo bajo mano, ni para domesticarlos, ni para sacarles su dinero, ni para adquirir lo que desean.
Las mujeres ni siquiera quieren hijos de los hombres a los que abrazan para reproducirlos, ni para reproducirse a ellas mismas, ni con el proyecto de saciar su venganza lanzando a sus hijos a la conquista del mundo.
Las mujeres ni siquiera pretenden de los hombres una casa en la que aburrirse con ellos y donde envejecer.
Las mujeres necesitan a los hombres para que ellos las consuelen de algo inexplicable.

Pascal Quignard, Las solidaridades misteriosas
Ed. Galaxia Gutenberg, 2014
Trad. Ignacio Vidal-Folch

Fot. Frances Virginia Lee Harris of Woodville ca. 1903

martes, 2 de febrero de 2016

Mujeres


Esta mujer había tenido una infancia terrible, trabajando en una granja desde los siete años entre semibrutos alcohólicos. Su adolescencia fue demasiado breve para que pudiera acordarse. Tras la muerte de su marido trabajó en una fábrica para sacar adelante a sus cuatro hijos; en pleno invierno iba a buscar agua al patio para que toda la familia se lavara. Con más de sesenta años, recién jubilada, accedió a ocuparse otra vez de un niño, el hijo de su hijo. A él tampoco le había faltado de nada, ni ropa, ni buenas comidas los domingos, ni amor. Ella le había dado todo eso. Un examen mínimamente exhaustivo de la humanidad debe tener en cuenta necesariamente este tipo de fenómenos. En la historia siempre han existido seres humanos así. Seres humanos que trabajaron toda su vida, y que trabajaron mucho, sólo por amor y entrega; que dieron literalmente su vida a los demás con un espíritu de amor y de entrega; que sin embargo no lo consideraban un sacrificio; que en realidad no concebían otro modo de vida más que el de dar su vida a los demás con un espíritu de entrega y de amor. En la práctica, estos seres humanos casi siempre han sido mujeres.

Michel Houellebecq,  Las partículas elementales
Ed. Anagrama, 2006
Trad. Encarna Castejón

Fot. Juan Rulfo, Paisajes mexicanos

miércoles, 5 de agosto de 2015

Cuerpo


Conocer el cuerpo de una mujer es una tarea tan lenta y tan encomiable como aprender una lengua muerta. Cada noche se añade una nueva comarca a nuestro placer y un nuevo signo a nuestro ya cuantioso vocabulario. Pero siempre quedarán misterios por desvelar. El cuerpo de una mujer, todo cuerpo humano, es por definición infinito. Uno empieza por tener acceso a la mano, ese apéndice utilitario, instrumental, del cuerpo, siempre descubierto, siempre dispuesto a entregarse a no importa quién, que trafica con toda suerte de objetos y ha adquirido, a fuerza de sociabilidad, un carácter casi impersonal y anodino, como el del funcionario o portero del palacio humano. Pero es lo que primero se conoce: cada dedo se va individualizando, adquiere un nombre de familia, y luego cada uña, cada vena, cada arruga, cada imperceptible lunar. Además no es sólo la mano la que conoce la mano: también los labios conocen la mano y entonces se añade un sabor, un olor, una consistencia, una temperatura, un grado de suavidad o de aspereza, una comestibilidad. Hay manos que se devoran como el ala de un pájaro; otras se atracan en la garganta como un eterno cadalso. ¿Y qué decir del brazo, del hombro, del seno, del muslo, de…? Apollinaire habla de las Siete Puertas del cuerpo de una mujer. Apreciación arbitraria. El cuerpo de una mujer no tiene puertas, como el mar.

Julio R. Ribeyro
Prosas apátridas

Fot:María Salomé

Concerto n°5 en la majeur pour 2 violons, cordes & clavecin: Largo
Antonio Vivaldi,

martes, 29 de abril de 2008

Vamos a dejarnos de puñetas.



El mujeriego

Demás de esto conviene guardar con diligencia todos los sentidos, mayormente los ojos, de ver cosas que te pueden causar peligro. Porque muchas veces mira el hombre sencillamente, y por la sola vista queda el ánima herida. Y porque el mirar inconsideradamente las mujeres, o inclina o ablanda la constancia del que las mira (...) Huye, pues, toda sospechosa compañía de mujeres, porque verlas daña los corazones; oírlas, los atrae; hablarles, los inflama; tocarlas, los estimula, y, finalmente, todo lo de ellas es lazo para los que tratan con ellas.

Fray Luis de Granada
Guía de pecadores


He amado a las mujeres, y debo confesar
que en muchas ocasiones
con ellas yo pequé de pensamiento,
palabra y omisión, pues con el tacto
he librado tan sólo las batallas corrientes,
-y alguna escaramuza, a qué mentir,
de muy dudoso gusto y gloria escasa-,
pero mi amor más fiel, el verdadero,
el que nunca me aburre, el que termina
amenazando un día mi constancia,
es siempre esa mujer, esa desconocida
de la que habla un amigo en un poema,
y que tantos dejamos, por desidia,
porque vamos con otra o por vergüenza,
pasar siempre de largo,
tan diferente siempre y siempre hermosa.
Y cuando alguna vez nos acercamos,
vencidos los temores, con qué prisa
su nombre cambia, baja y se concreta,
toma su rostro forma exacta, olvidan
muy pronto nuestros ojos su misterio,
pues la mano lo toca, y se deshace.

He amado a las mujeres, todavía las amo,
y sufro mucho al verlas alejarse,
espléndidas y ajenas, con sus hijos
de la mano, o aún con uniforme,
casi niñas -la nuca entre sudada
y el olor a colonia tras los juegos-,
o adolescentes casi, en esa edad
en que duermen inquietas si es verano.
Y todas con olores que nos hacen soñar,
en su belleza crueles, pues sólo esos olores,
extraños y envolventes,
al cabo han de dejar, si pasan cerca,
como un camino abierto en nuestras vidas.
Pero fui terco en el amor de algunas,
y es difícil así frecuentarlas a todas.

He amado a las mujeres, y por ellas sospecho
que quisiera perderme,
si tuviera dinero, y ayudaran un poco.

Vicente Gallego

Pint: Quentin Massys 
El cambista y su mujer, 1514