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miércoles, 14 de octubre de 2020

País secreto


Toda auténtica mujer, 
posee un país secreto, 
más real para ella 
que todo este pálido mundo exterior: 

a medianoche, 
cuando la casa cae en silencio, 
deja de lado agujas o libros 
y lo visita a escondidas. 

Cerrando los ojos se deja llevar, 
imagina una verja de cinco barrotes 
entre altos abedules: 
la salta y toma posesión. 

Luego corre, o vuela, 
o bien cabalga un caballo 
que acude al trote a recibirla, 
y viaja allí donde quiere; 

sabe hacer que la hierba crezca, 
que el lirio florezca al mirarlo 
y que los peces coman de su mano; 

ha fundado aldeas, plantado arboledas 
y vaciado valles para que los arroyos fluyan, 
fríos, hacia una bahía cerrada al mar. 

Nunca me atreví a preguntar a mi amor 
por el gobierno de su reino, 
ni por su geografía, 
ni la he seguido entre esos abedules, 
o escalando esa verja 
para espiarla en la niebla. 

Y aún así me ha prometido, cuando yo muera, 
darme cobijo al pie de su palacio, 
en un claro en medio de la espesura, 
donde crece la genciana y el alhelí 
y donde a veces podremos encontrarnos. 


Robert Graves
País secreto

Fot: František Drtikol

viernes, 20 de octubre de 2017

País secreto


Toda mujer, real de verdad,
posee un país secreto, 
más real para ella
que este pálido mundo exterior:

a medianoche,
cuando la casa cae en silencio,
deja de lado la aguja o el libro
y lo visita en secreto.

Cerrando los ojos, improvisa, 
imagina una verja de cinco barrotes
entre altos abedules:
salta la barrera y toma posesión.

Luego corre, o vuela, 
o bien cabalga un caballo 
que acude a recibirla,
y viaja allí donde quiere;

sabe hacer que la hierba crezca,
que el lirio se entreabra al mirarlo
y que los peces coman de su mano;

ha fundado aldeas, plantado arboledas
y vaciado valles para que los arroyos fluyan,
fríos, hacia una bahía cerrada al mar.

Nunca me atreví a preguntar a mi amor
por el gobierno de su reino,
ni por su geografía,
ni la he seguido entre esos abedules,
o escalando esa verja
para espiarla en la niebla.

Y aún así, me ha prometido, cuando yo muera,
un pabellón al pie de su palacio,
en un claro en medio de la espesura,
donde crece la genciana y el alhelí
y donde a veces podremos encontrarnos.

País secreto

Fot. André de Dienes, 1940

sábado, 2 de septiembre de 2017

La Diosa Blanca


«¿Cuál es la utilidad o la función de la poesía en la actualidad?» es una pregunta no menos dolorosa aunque la hagan con insolencia tanta gente estúpida o la respondan con disculpas tanta gente necia. La función de la poesía es la invocación religiosa de la Musa; su utilidad es la experiencia de una mezcla de exaltación y de horror que su presencia suscita.
(...)
La Diosa es una mujer bella y esbelta con nariz aguileña, rostro pálido como la muerte, labios rojos como bayas de serbal silvestre, ojos pasmosamente azules y larga cabellera rubia; se transformará súbitamente en cerda, yegua, perra, zorra, burra, comadreja, serpiente, lechuza, loba, tigresa, sirena o vieja repugnante. Sus nombres y títulos son innumerables. En los relatos de fantasmas aparece con frecuencia con el nombre de la «Dama Blanca», y en las antiguas religiones, desde las Islas Británicas hasta el Cáucaso, como la «Diosa Blanca». No recuerdo ningún verdadero poeta, desde Homero en adelante, que, independientemente, no haya dejado constancia de su experiencia de ella. Se podría decir que la prueba de la visión de un poeta es la exactitud de su descripción de la Diosa Blanca y de la isla sobre la que gobierna. La razón por la cual los pelos se erizan, los ojos se humedecen, la garganta se contrae, la piel hormiguea y un escalofrío recorre la espina dorsal cuando se escribe o se lee un verdadero poema es porque un verdadero poema es por necesidad una invocación a la Diosa Blanca, o Musa, la Madre de Todo Viviente, el antiguo poder del terror y la lujuria -la araña hembra o la abeja reina cuyo abrazo significa la muerte.

Robert Graves
La Diosa Blanca

Ed. Alianza, 2014
Traducción de William Graves

Fot. Jordi Clotas