Fot. Saul Leiter, 1950
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jueves, 23 de enero de 2020
miércoles, 1 de agosto de 2018
Un poco que sí importa
"Un poco que sí importa... y mucho que no"
1
El viento se levantó por la noche
Y se llevó todos nuestros planes.
(Proverbio chino)
2
Los pobres no tienen morada. Tienen hogares porque recuerdan a sus madres o a sus abuelos o a una tía que los crió. Una morada es una fortaleza, no un relato; mantiene a raya el viento. Una morada necesita paredes. Prácticamente todos los que son pobres sueñan con tener una pequeña morada, que es como soñar con el descanso. Por más aglomeración que haya, los pobres viven a la intemperie, donde improvisan, no moradas, sino sitios para ellos. Estos sitios son tan protagonistas como sus ocupantes; los sitios tienen una vida propia que vivir y no sirven a otros, como hacen las moradas. Los pobres viven con el viento, la humedad, el polvo del aire, el silencio, el ruido insoportable (a veces con ambas cosas, ¡es posible!), con hormigas, con animales grandes, con olores que suben de la tierra, con ratas, humo, lluvia, vibraciones de otras partes, rumores, con el anochecer, y con todos los demás. Entre los habitantes y estas presencias no hay líneas divisorias claras. Indisolublemente unidos, constituyen juntos la vida del sitio.
La felicidad no es algo que se busque, es algo que se encuentra, un hallazgo. Todo está allí instantáneamente.
Los poderosos no pueden contar historias: las bravatas son lo contrario de las historias.
Cuando las personas viven unas encima de otras cualquier acción emprendida por uno tiene repercusiones sobre los otros.
Los jóvenes son más flagrantemente jóvenes al otro lado del muro. El don se presenta como un don de la naturaleza, con toda su imperiosidad.
Todo sitio dentro de los muros es rentable, y eso incluye cada metro cuadrado; todo sitio fuera de ellos tiene el peligro de convertirse en ruina.
“La penumbra empezaba a establecerse; el cielo, envuelto en fría niebla gris, se estaba ya cerrando a la oscuridad; y el viento, tras haberse pasado el día haciendo susurrar a los rastrojos y los arbustos desnudos que se habían adormecido en preparación para el invierno, se acostó ahora sobre los lugares humildes e inmóviles de la tierra”.
A los pobres no se les puede apresar colectivamente. No sólo son mayoría en el planeta, sino que están por todas partes y hasta el más insignificante de los acontecimientos habla de ellos. Ésta es la razón de que la actividad básica de los ricos sea hoy la construcción de muros: muros de hormigón, de vigilancia electrónica, de bombardeo de misiles, campos de minas, controles fronterizos, y las pantallas opacas de los medios de comunicación.
3
Las vidas de los pobres son en su mayor parte aflicción, interrumpida por momentos de iluminación. Cada vida tiene su propia tendencia a la iluminación y no hay dos que sean iguales. (El conformismo es un hábito cultivado por los pudientes). Los momentos iluminados llegan en forma de ternura y amor: ¡el consuelo de ser reconocido, y necesario, y aceptado por ser lo que uno inesperadamente es! Otros momentos son iluminados por la intuición de que, a pesar de todo, la especie humana sirve para algo.
“Nazar cuéntame algo, algo que sea más importante que nada”.
Aidym bajó la mecha de la lámpara para gastar menos parafina. Ella comprendía que, dado que había algo en la vida que era más importante que nada, era esencial cuidar todos los bienes que había.
“Yo no sé qué importa de verdad, Aidym”, dijo Chagataev. “No he pensado en ello, nunca he tenido tiempo. Pero si los dos hemos nacido, entonces debe de haber algo en nosotros que importa de verdad”.
Aidym asintió: “Un poco que sí importa… y mucho que no”.
Aidym preparó la cena. Sacó una torta de pan de un saco, la untó con grasa de oveja y la partió por la mitad. Le dio a Chagataev la mitad grande y ella se quedó con la pequeña. Masticaron su comida en silencio a la débil luz de la lámpara. En la yurta y en el desierto todo era tranquilo, incierto y oscuro".
4
De vez en cuando, la desesperación se introduce en las vidas que son en su mayor parte aflicción. La desesperación es el sentimiento que sigue a la sensación de haber sido traicionado. Una esperanza contra toda esperanza (que aún está lejos de ser una promesa) se derrumba o la derrumban; la desesperación llena el espacio del alma que estaba ocupado por esa esperanza. La desesperación no tiene nada que ver con el nihilismo.
El nihilismo, en el sentido contemporáneo, es la negativa a creer en ninguna escala de prioridades más allá de la búsqueda del lucro, considerado como el fin último de la actividad social, de modo que, precisamente, todo tiene su precio. El nihilismo es resignación ante el argumento de que el Precio lo es todo. Es la forma más actual de cobardía humana. Pero no una ante la que los pobres sucumban con frecuencia.
“Él empezó a compadecerse de su cuerpo y de sus huesos; su madre los había reunido una vez para él a partir de la pobreza de su carne, no por amor y pasión, no por el placer, sino por la necesidad más cotidiana. Sentía como si perteneciera a otros, como si él fuera la última posesión de los que no tienen posesiones, a punto de ser malgastado para nada, y se apoderó de él la furia más grande y más vital de toda su vida”.
[Una palabra de explicación sobre estas citas. Son de los relatos del gran escritor ruso Andréi Platónov (1899-1951). Escribió sobre la pobreza que se produjo durante la Guerra Civil y después, durante la colectivización forzosa de la agricultura soviética a principios de la década de 1930. Lo que hacía que esta pobreza no se pareciera a pobrezas más antiguas era el hecho de que su desolación contenía esperanzas echadas por tierra. Cayó exhausta al suelo, se puso de pie, se tambaleó, y siguió avanzando entre fragmentos de promesas rotas y palabras aplastadas. Platónov usaba con frecuencia el término dushevny bednyak, que significa literalmente pobres almas. Se refería a aquellos a los que se les había quitado todo, de forma que su vacío interior era inmenso y en aquella inmensidad solamente quedaba su alma, es decir, su capacidad de sentir y sufrir. Sus relatos no aumentan la aflicción en que se vive, sino que salvan algo. “De nuestra fealdad crecerá el corazón del mundo”, escribió a principios de los años veinte.(…)
5
El secreto de contar historias entre los pobres está en la convicción de que los relatos se cuentan para que puedan ser escuchados en otros sitios, donde alguien, o quizá una legión de personas, sepan mejor que el narrador o los protagonistas de la historia qué significa la vida. Los poderosos no pueden contar historias: las bravatas son lo contrario de las historias, y cualquier historia, por plácida que sea, tiene que carecer de temor, y los poderosos viven hoy con nerviosismo.
Una historia remite la vida a un juez alternativo y más definitivo que está lejos. Puede que el juez esté situado en el futuro, o en un pasado que aún presta atención, o puede que en algún lugar más allá de la montaña, donde la suerte del día ha cambiado (los pobres tienen que referirse a menudo a la buena o mala suerte) de forma que los últimos se han convertido en los primeros.
El tiempo de la historia (el tiempo dentro de una historia) no es lineal. Los vivos y los muertos se encuentran como oyentes y jueces dentro de ese tiempo, y cuanto mayor sea el número de oyentes que parecen estar allí, más íntima se hace la historia para cada oyente. Las historias son una forma de compartir la creencia de que la justicia es inminente. Y por esa creencia, los niños, mujeres y hombres lucharán en un momento dado con asombrosa ferocidad. Por eso los tiranos tienen miedo a que se narren historias: toda historia remite de alguna forma a la historia de su caída.
“Dondequiera que fuese, sólo tenía que prometer una historia y la gente le acogía para pasar la noche; una historia es más fuerte que un zar. Sólo había una cosa: si empezaba a contar historias antes de la cena, nadie sentía nunca hambre y no le daban nada de comer. Así que el viejo soldado siempre pedía antes un cuenco de sopa”.
6
Las peores crueldades de la vida son sus aniquiladoras injusticias. Casi todas las promesas se rompen. La aceptación de la adversidad de los pobres no es pasiva ni resignada. Es una aceptación que atisba detrás de la adversidad y descubre allí algo innominado. No una promesa, porque (casi) todas las promesas se rompen; más bien algo parecido a un corchete, un paréntesis en el, por lo demás, implacable fluir de la historia. Y la suma total de esos paréntesis es la eternidad.
Esto también se puede explicar al revés: en esta tierra no hay felicidad sin un vivo deseo de justicia.
La felicidad no es algo que se busque, es algo que se encuentra, un hallazgo. La mayoría de los hallazgos, sin embargo, tienen una continuación; ésta es su promesa. El encuentro con la felicidad no tiene continuación. Todo está allí instantáneamente. La felicidad es lo que perfora la aflicción.
“Pensábamos que no quedaba nada en el mundo, que todo había desaparecido hacía mucho tiempo. Y si nosotros éramos los únicos que quedábamos, ¿para qué servía la vida?”.
“Fuimos a comprobar”, dijo Allah. “¿Había alguna otra persona en algún sitio? Queríamos saber”.
Chagataev les entendió y preguntó si esto significaba que ahora estaban convencidos sobre la vida y no morirían nunca más.
“Morir no sirve”, dijo Cherkezov. “Ahora podrías pensar que morir una vez es algo útil y necesario. Pero morir una vez no te ayuda a entender tu propia felicidad, y nadie tiene la oportunidad de morir dos veces. Así que morir no te lleva a ninguna parte”.
7
“Mientras los ricos bebían té y comían cordero, los pobres estaban esperando el calor y a que crecieran las plantas”.
La diferencia entre estaciones, como también la diferencia entre el día y la noche, el buen tiempo y la lluvia, es vital. El flujo del tiempo es turbulento. La turbulencia hace que el tiempo de la vida se acorte, tanto de hecho como subjetivamente. El plazo es breve. Nada perdura. Esto es tanto una plegaria como un lamento.
“(La madre) estaba pesarosa de haber muerto y haber obligado a sus hijos a llevar luto por ella; si hubiera podido, ella habría seguido viviendo para siempre para que nadie sufriera por ella, o malgastara, por ella, el corazón y el cuerpo que ella había dado a luz, pero la madre no había podido mantenerse viva mucho tiempo”.
La muerte se produce cuando a la vida ya no le queda ni una migaja que defender.
8
“… era como si estuviera sola en el mundo, libre de felicidad y de pesar, y quería bailar un poco, allí mismo, escuchar música, estrechar la mano a otra gente…”.
Están acostumbrados a vivir en estrecha proximidad unos con otros, y esto crea un sentido del espacio propio; el espacio no es tanto un vacío como un intercambio. Cuando las personas viven unas encima de otras cualquier acción emprendida por uno tiene repercusiones sobre los otros. Repercusiones físicas inmediatas. Todo niño aprende esto.
Hay una incesante negociación espacial que puede ser considerada o cruel, conciliadora o dominante, irreflexiva o calculada, pero que reconoce que un intercambio no es algo abstracto, sino un acuerdo físico. Sus elaborados lenguajes de signos de gestos y manos son una expresión de este compartir físico. Fuera de los muros la colaboración es tan natural como la lucha; los chanchullos son corrientes y la intriga, que depende de la posibilidad de mantener las distancias, es rara. La palabra privado tiene un timbre completamente distinto en uno y otro lado del muro. En un lado denota propiedad, en el otro un reconocimiento de la necesidad transitoria de otro de que se le deje, como si estuviera solo, durante un rato. Todo sitio dentro de los muros es rentable, y eso incluye cada metro cuadrado; todo sitio fuera de ellos tiene el peligro de convertirse en una ruina, y eso incluye todo rincón que sirva para resguardarse.
El margen de elección es también limitado. Ellos eligen tanto como los ricos, tal vez más, porque cada opción es más rígida que la anterior. No hay cartas de colores que den a elegir entre ciento setenta tonos distintos. La opción no da para mucho: o esto o aquello. A menudo se hace de forma vehemente porque conlleva el rechazo de lo que no se ha elegido. Cada elección está muy próxima al sacrificio. Y la suma de las elecciones es el destino de una persona.
9
No hay desarrollo (la palabra lleva D mayúscula, como si fuera un artículo de fe, al otro lado de los muros), no hay seguros. No existe ni un futuro abierto ni un futuro garantizado. El futuro no se aguarda. Y sin embargo hay continuidad, una generación se enlaza con otra. De ahí el respeto por la edad, porque los viejos son una prueba de esta continuidad, o incluso una demostración de que una vez, hace mucho tiempo, existió un futuro. Los niños son el futuro. El futuro es la lucha incesante por conseguir que tengan bastante para comer y a veces la posibilidad de que aprendan en la escuela lo que los padres no aprendieron nunca.
“Cuando terminaron de hablar, se arrojaron en brazos del otro. Querían ser felices ya mismo, ahora, antes de que su futuro y su trabajo entusiasta cosechara frutos en felicidad personal y general. El corazón no admite demora, se enferma, como si no creyera en nada”.
Aquí la única ofrenda del futuro es el deseo. El futuro induce al deseo a brotar hacia sí mismo. Los jóvenes son más flagrantemente jóvenes que al otro lado del muro. El don se presenta como un don de la naturaleza, con toda su imperiosidad y convicción suprema. Las leyes religiosas y comunales siguen estando vigentes. De hecho, es en medio del caos, más aparente que real, donde estas leyes se hacen reales. Pero el silencioso deseo de procreación es innegable y abrumador. Es el mismo deseo que irá en busca de comida para los niños y después intentará conseguir, antes o después (mejor antes) el consuelo de volver a joder. Éste es el don del futuro.
10
Las multitudes tienen respuestas a preguntas que aún no se han preguntado, y la capacidad de sobrevivir a los muros. Recorre esta noche con tus dedos la línea del nacimiento del pelo de ella (de él) antes de dormirte.
Fot. Roberto Donetta
'Portrait of Cesarina Andreazzi Lazzari, Bleniotal'
martes, 17 de julio de 2018
El tacto mudo
Vuelvo a los pájaros posados en las ramas desnudas del manzano. Esta mañana antes de abrir la farmacia me quedé un rato mirándolo y pensando en los estragos que causó el misil de la semana pasada. La casa de Gassan, el barbero, quedó completamente destruida, entre otras.
Uno a uno fueron apareciendo los pájaros; no volaban ni se ocultaban en el árbol, sino que se posaban como oraciones en sus ramas. El misil que destruyó la casa de Gassan apuntaba, alegan, a un refugio clandestino. Los pájaros venían a posarse como respuestas a unas preguntas que no tienen palabras. Mirando los pájaros, por fin lloré.
Gassan no estaba allí cuando destruyeron su casa. Había ido al mercado y estaba jugando a las cartas con sus amigotes. Cuando se enteró, se desmoronó y cayó al suelo, sin ruido.
Al día siguiente le acompañé a la ruina. Había varios epicentros, donde todo había quedado reducido a un montón de polvo bordeado de fragmentos minúsculos. A excepción de las tuberías y de los cables, no quedaban objetos reconocibles. Los objetos de toda una vida habían desaparecido sin dejar rastro, habían perdido su nombre. No era una amnesia de la mente, sino de lo tangible.
Se fue andando por la carretera hasta una de las casas abandonadas, antiguas ruinas en las que una ventana seguía siendo una ventana, aunque no tuviera cristal, y una silla, una silla, aunque le faltaran dos patas. Allí, en un cobertizo, encontró lo que buscaba: una escoba.
Entonces volvimos a lo que unos días antes había sido su casa y empezó a barrer, sin mirar al suelo, los ojos fijos en la distancia. Por instinto, no intervine; lo dejé actuar como si fuera un sonámbulo. No sé cuánto tiempo duró aquello. Abarcó toda una vida.
Barría sin moverse del sitio, sin mover los pies. Por fin, dejó de barrer y me miró, y esto es lo que me dijo: Cuando corto el pelo a un cliente, siempre barro después. Es una de las primeras reglas que aprendes en el oficio de barbero.
Lo tomé por el brazo, y Gassan no soltó la escoba. Me decía a mí misma que, tal vez, debería darle una dosis de valeriana officinalis. Así respondía mi oficio a la miseria que le había sobrevenido. ¡Qué poca cosa son nuestros oficios!
Tal vez, en los oscuros pliegues del tiempo no haya más que el tacto mudo de
nuestros dedos.
Y nuestras acciones.
John Berger
De A para X
Ed. Alfaguara, 2016
Traducción Pilar Vázquez
Fot. Josef Bartuška
martes, 1 de mayo de 2018
Instantánea
¿Que si soy feliz? La verdad es que no creo que la felicidad sea un “estado” del ser humano. La infelicidad puede serlo, pero la felicidad es, por naturaleza, un instante. El instante puede durar unos segundos, un minuto, una hora, un día y una noche, pero no creo que pueda llegar a durar nunca una semana entera. La infelicidad suele parecerse a una novela larga. La felicidad se parece más a una foto.
John Berger
Fot. de Martine Franck en
Para entender la fotografía
Ed. Gustavo Gili, 2015
Trad. Pilar Vázquez
jueves, 19 de abril de 2018
Intimidad
Tendemos a asociar intimidad con cercanía y cercanía con cierta cantidad de experiencias compartidas. Sin embargo, en realidad, dos completos desconocidos, que nunca se van a decir una palabra, pueden compartir una intimidad. Una intimidad contenida en el intercambio de miradas, en un asentimiento con la cabeza, una sonrisa, un encogerse de hombros. Una cercanía que dura minutos o lo que dura una canción que se canta o que se escucha juntos. Un acuerdo respecto de la vida. Un acuerdo sin cláusulas. Una conclusión espontáneamente compartida entre las historias no contadas que se reúnen en torno a la canción.
John Berger
Apuntes sobre una canción
sábado, 14 de abril de 2018
Distancias
La perturbación de las distancias. Una perturbación a la que sólo se puede acomodar uno adoptando una visión aérea, conforme a la cual los kilómetros se transforman en milímetros, pero el tamaño del corazón humano no se reduce nunca.
John Berger
El cuaderno de Bento
Ed. Alfaguara, 2016
Trad. Pilar Vázquez
Fot. John Berger, 1950s
martes, 20 de marzo de 2018
Esa belleza
Cuando las observo, las figuras que están quietas o moviéndose en la piscina de Fresnes son tan difusas como las figuras quietas y en movimiento de Giacometti en una de las fotos de Marc.
Un hombre joven y alto se enjabona bajo la ducha sus largas piernas. Una mujer madura se agarra al borde y mira atentamente el agua que le llega a la clavícula, como si fuera un libro que está leyendo. Un hombre de mi edad nada en estilo crol lentamente hacia su pasado. Una adolescente de once años camina por el borde de la piscina gozando el tesoro de sus caderas.
No hay cabida para el sexo aquí, el lugar no lo permite. Es un sitio con mucho deseo, gran cantidad de deseos, pero el sexo está de más.
Imagino al hombre joven, la mujer corpulenta, el septuagenario, la adolescente de once años que acabo de describir, volviendo a sus vidas privadas, reconocidos, recibidos por alguien con quien comparten la intimidad.
Esa belleza.
John Berger / Marc Trivier
Esa belleza
Bartleby Editores, 2005
Prólogo y traducción de Jaime Priede
Fot. Ralph Crane
Vikki Dougan para LIFE magazine, 1950s
viernes, 1 de diciembre de 2017
El Arte de Ver
Lo que sabemos o lo que creemos afecta al modo en que vemos las cosas
Modos de ver
Ed. Gustavo Gili, 2000
Trad. Justo González.
Vídeo: Excelente reportaje documental de 54 minutos
sobre John Berger y su manera de ver y mirar.
En inglés con subtítulos en castellano.
sábado, 23 de septiembre de 2017
Efímero y eterno
Lo efímero no es lo opuesto a lo eterno. Lo opuesto a lo eterno es lo olvidado. Hay quienes viven pensando que lo olvidado y lo eterno son la misma cosa. Se equivocan. Otros dicen que lo eterno nos necesita: y ésos están en lo cierto. Lo eterno te necesita a ti, en tu celda, y a mí aquí, escribiéndote y enviándote pistachos y chocolate.
John Berger
De A para X
Edit. Alfaguara
Trad. Pilar Vázquez
jueves, 14 de septiembre de 2017
Soportales
Para los habitantes de la ciudad, los soportales constituyen una especie de agenda personal de piedra, ladrillo y adoquines. Uno puede ir a ver a sus acreedores, a su amor secreto, a su acérrimo enemigo, a su madre, al dentista, o a su amigo más antiguo; puede ir a su tienda de café favorita, a la oficina de empleo local, o a ese banco en el que se suele sentar profundamente solo, donde, tal vez, se recoloca la tirita que se ha puesto en el dedo para cubrir una verruga abierta y, adondequiera que vaya, irá siempre a cubierto. ¿Y en qué cambia eso nuestra vida? En nada. Pero bajo los soportales, el eco de la vida suena de otra forma. Y al caer la tarde, el Placer y la Desolación pasean de la mano por ellos.
John Berger
El toldo rojo de Bolonia
Edit. Abada, 2011
Trad. Pilar Vázquez
lunes, 4 de septiembre de 2017
Hacer un agujero
Hacer un agujero
a través de
una piedra
hilvanarla
llevarla colgada
anuncia inmortalidad
la piedra puede ser
lenguaje
el agujero, poesía.
Poesía (1955-2008).
Traducción de Pilar Vázquez,
José María Parreño y Nacho Fernández Rocafort.
Círculo de Bellas Artes. Madrid, 2014.
Fot, Man Ray
Portrait, Port Lligat, Cadaqués, Nature morte à la plage , ca. 1933
sábado, 2 de septiembre de 2017
Lo que nos asombra
Lo que nos asombra
no puede ser el vestigio
de lo que ha sido.
El mañana aún ciego
avanza lentamente.
La luz y la visión
corren a encontrarse
y de su abrazo
nace el día,
con los ojos abiertos
alto como un potro
Lo asombroso llega
hasta nosotros,
escoltando a la muerte y a la vida
Lo que nos asombra
Poesía (1955-2008).
Traducción de Pilar Vázquez,
José María Parreño y Nacho Fernández Rocafort
Ed. Círculo de Bellas Artes. Madrid, 2014.
Vid. Michal Lukasiewicz
Mús. Bruno Sanfilippo
Introvoices, Intropassion
Vid. Michal Lukasiewicz
Mús. Bruno Sanfilippo
Introvoices, Intropassion
jueves, 20 de julio de 2017
Amor, pasión, vida
Los amantes incorporan el mundo entero a su totalidad. Todas las imágenes clásicas de la poesía amorosa lo confirman. El río, el bosque, el cielo, los minerales de la tierra, el gusano de seda, las estrellas, la rana, el búho, la luna, demuestran el amor del poeta. La poesía expresa la aspiración a esa correspondencia, pero es la pasión la que la crea. La pasión aspira a incluir el mundo entero en el acto de amar. El hecho de querer hacer el amor en el mar, volando por el cielo, en esta ciudad, en aquel campo, sobre la arena, entre las hojas caídas, con sal, con aceite, con frutas, en la nieve, etc., no significa que se precisen nuevos estímulos, sino que expresa una verdad que es inseparable de la pasión. La totalidad de los amantes se extiende, de manera diferente, a fin de incluir el mundo social. Todos los actos, cuando son voluntarios, se llevan a cabo en nombre de la persona amada. Lo que el amante cambia entonces en el mundo es una expresión de su pasión.
(...)
La totalidad de la pasión oprime (o socava) al mundo. Los amantes se aman con el mundo. (Al igual se podría decir que con todo su corazón o con sus caricias). El mundo es la forma de su pasión, y todos los sucesos que experimentan o imaginan constituyen la iconografía de su pasión. Por eso la pasión está dispuesta a arriesgar la vida. Se diría que la vida es tan sólo la forma de la pasión.
John Berger
El sentido de la vista
Ed. Alianza, 2006
Trad. Pilar Vázquez
Fot. Vivian Maier
New York April 1953
sábado, 8 de julio de 2017
La vida se hizo dura y cruel
La vida se hizo dura y cruel. Tan cruel que los hombres, y en particular las mujeres, se resistían a imponer la vida a los otros. Era mejor no nacer, era mejor, decían, no dar a luz; y así lo harían. Fue entonces cuando Dios tuvo que inventar todos los actos que prometen placer sexual. Los inventó todos, uno a uno. Y desde entonces, cuando hacen el amor, hombres y mujeres se reconcilían con esta vida y vislumbran otra…
John Berger
Fotocopias
Fot. Takahiko Iimura
Japan, 1962
martes, 6 de junio de 2017
Dibujo
Estoy dibujando unos lirios que crecen pegados al muro de cierta casa [...]. Dibujo con tinta negra (Shaeffer), aguada y saliva, utilizando un dedo como pincel. A mi lado, en la hierba, donde estoy sentado, tengo unas cuantas hojas de papel de arroz chino, que es ligeramente coloreado. [...]
En un momento dado, si no decides abandonar el dibujo que estás haciendo y empezar uno nuevo, la mirada contenida en lo que estás midiendo e invocando en el papel cambia.
Al principio, interrogas al modelo (los siete lirios) a fin de descubrir líneas, formas y tonos que puedas trazar en el papel. El dibujo acumula las respuestas. Asimismo, conforme vas interrogando a las primeras respuestas, el dibujo va acumulando, claro está, correcciones. Dibujar es corregir. Ahora empiezo a utilizar los papeles de arroz chinos; en ellos, las líneas de tinta se convierten en venas.
Si tienes suerte, llegará un momento en el que la acumulación se convierta en una imagen, es decir, que dejará de ser un montón de signos y se transformará en una presencia. Una presencia un tanto tosca, pero una presencia. Es entonces cuando cambia tu mirada. Y empiezas a inquirir de esa presencia tanto como del modelo.
¿Cómo te pide que la modifiques para ser menos tosca? Miras atentamente el dibujo y vuelves una y otra vez a recorrer con la mirada los siete lirios buscando no ya su estructura, sino lo que irradian, su energía. ¿Cómo interaccionan con el aire que los envuelve, con el sol, con el calor que se desprende del muro de la casa?
John Berger
El cuaderno de Bento
Ed. Alfaguara, 2016
Trad. Pilar Vázquez Álvarez
Fot. Shuichi Machimoto
Nacer mujer
Nacer mujer ha sido nacer para ser mantenida por los hombres dentro de un espacio limitado y previamente asignado. La presencia social de la mujer se ha desarrollado como resultado de su ingenio para vivir sometida a esa tutela y dentro de tan limitado espacio. Pero ello ha sido posible a costa de partir en dos el ser de la mujer. Una mujer debe contemplarse continuamente. Ha de ir acompañada casi constantemente por la imagen que tiene de sí misma. Cuando cruza una habitación o llora por la muerte de su padre, a duras penas evita imaginarse a sí misma caminando o llorando. Desde su más temprana infancia se le ha enseñado a examinarse continuamente.
Y así llega a considerar que la examinante y la examinada que hay en ella son dos elementos constituyentes, pero siempre distintos, de su identidad como mujer.
Tiene que supervisar todo lo que es y todo lo que hace porque el modo en que aparezca ante los demás, y en último término ante los hombres, es de importancia crucial para lo que normalmente se considera para ella éxito en la vida. Su propio sentido de ser ella misma es suplantado por el sentido de ser apreciada como tal por otro.
Los hombres examinan a las mujeres antes de tratarlas. En consecuencia, el aspecto o apariencia que tenga una mujer para un hombre puede determinar el modo en que este la trate. Para adquirir cierto control sobre este proceso, la mujer debe abarcarlo e interiorizarlo. La parte examinante del yo de una mujer trata a la parte examinada de tal manera que demuestre a los otros cómo le gustaría a todo su yo que le tratasen. Y este tratamiento ejemplar de sí misma por sí misma constituye su presencia. La presencia de toda mujer regula lo que es y no es “permisible” en su presencia. Cada una de sus acciones —sea cual fuere su propósito o motivación directa— es interpretada también como un indicador de cómo le gustaría ser tratada. Si una mujer tira un vaso al suelo, esto es un ejemplo de cómo trata sus propias emociones y, por tanto, de cómo desearía que la trataran otros. Si un hombre hace lo mismo, su acción se interpreta simplemente como una expresión de cólera. Si una mujer gasta una broma, esto constituye un ejemplo de cómo trata a la bromista que lleva dentro y, por tanto, de cómo le gustaría ser tratada por otros en cuanto mujer bromista. Solamente los hombres pueden permitirse el lujo de gastar una broma por el mero placer de hacerlo.
Todo lo anterior puede resumirse diciendo: los hombres actúan y las mujeres aparecen. Los hombres miran a las mujeres. Las mujeres se contemplan a sí mismas mientras son miradas. Esto determina no sólo la mayoría de las relaciones entre hombre y mujeres sino también la relación de las mujeres consigo mismas. El supervisor que lleva la mujer dentro de sí es masculino: la supervisada es femenina. De este modo se convierte a sí misma en un objeto, y particularmente en un objeto visual, en una visión.
John Berger
Modos de ver
Ed. Gustavo Gili, 2000
Trad. Justo González Baramendi
Fot. Juan Bautista Nieto
lunes, 24 de abril de 2017
Epifanía
Con tu aparición todo cambió. Todo. Desde el paso subterráneo hacia los andenes hasta la puesta del sol, los números en la pizarra que anunciaban el horario de los trenes, las gaviotas encaramadas en un tejado, desde las estrellas invisibles hasta el sabor del café en mi paladar. El mundo de la circunstancia y la contingencia, en el que, mucho antes, yo había nacido, se convirtió en una habitación. Estaba en casa.
Fot. Nino Oxilia
Rapsodia Satanica, 1915
sábado, 15 de abril de 2017
Separación
Lo opuesto a amar no es odiar, sino separarse. Si el amor y el odio tienen algo en común es porque, en ambos casos, su energía es la de atraer y mantener unidos, el amante con el amado, el que odia con el odiado. Ambas pasiones se someten a prueba con la separación.
Fot. Dave Heath, 1957
martes, 10 de enero de 2017
El deseo
El deseo sexual, si es recíproco, origina un complot de dos personas que hacen frente al resto de los complots que hay en el mundo. Es una conspiración de dos.
El plan es ofrecer al otro un respiro ante el dolor del mundo. No la felicidad sino un descanso físico ante la enorme responsabilidad de los cuerpos hacia el dolor.
En todo deseo hay tanta compasión como apetito. Sea cual sea la proporción, las dos cosas se ensartan juntas. El deseo es inconcebible sin una herida. Si hubiera alguien sin heridas en este mundo, viviría sin deseo.
El cuerpo humano realiza proezas, posee gracia, picardía, dignidad y otras muchas capacidades, pero también resulta intrínsecamente trágico como no lo es ningún cuerpo de animal (ningún animal está desnudo).
El deseo anhela proteger al cuerpo amado de la tragedia que encarna y, lo que es más, se cree capaz. La conspiración consiste en crear juntos un espacio, un lugar de exención, necesariamente temporal, de la herida incurable de la que es depositaria la carne. Ese lugar es el interior del otro cuerpo. La conspiración consiste en deslizarse al interior del otro, allí donde no se les pueda encontrar. El deseo es un intercambio de escondites. (hablar de "volver al útero" es una vulgar simplificación).
Tocar una pierna con mano de amante. Que sea para excitar o para relajar no supone diferencia alguna. El tacto aspira a alcanzar, más allá del fémur, la tibia o el peroné, el propio corazón de la pierna, y el amante completo espera acompañar ese gesto y habitar en él. No hay altruismo en el deseo. Al principio están implicados dos cuerpos y la exención, siempre y cuando se logre, los protege a ambos. La exención es inevitablemente breve, y sin embargo, lo promete todo. La exención suprime la brevedad y con ella las penas asociadas a la angustia de lo efímero.
Ante la mirada de una tercera persona, el deseo es un breve paréntesis. Desde dentro, una inmanencia y una entrada en la plenitud. Normalmente la plenitud se considera una acumulación. El deseo revela que es un despojamiento: la plenitud de un silencio, de una oscuridad.
John Berger Esa belleza
Ed. Bartleby, 2005
Fot. Egon Schiele Manos
domingo, 8 de enero de 2017
Deseo
El deseo sexual, si es recíproco, origina un complot de dos personas que hacen frente al resto de los complots que hay en el mundo. Es una conspiración de dos.
El plan es ofrecer al otro un respiro ante el dolor del mundo. No la felicidad sino un descanso físico ante la enorme responsabilidad de los cuerpos hacia el dolor.
En todo deseo hay tanta compasión como apetito. Sea cual sea la proporción, las dos cosas se ensartan juntas. El deseo es inconcebible sin una herida. Si hubiera alguien sin heridas en este mundo, viviría sin deseo.
El cuerpo humano realiza proezas, posee gracia, picardía, dignidad y otras muchas capacidades, pero también resulta intrínsecamente trágico como no lo es ningún cuerpo de animal (ningún animal está desnudo).
El deseo anhela proteger al cuerpo amado de la tragedia que encarna y, lo que es más, se cree capaz. La conspiración consiste en crear juntos un espacio, un lugar de exención, necesariamente temporal, de la herida incurable de la que es depositaria la carne. Ese lugar es el interior del otro cuerpo. La conspiración consiste en deslizarse al interior del otro, allí donde no se les pueda encontrar. El deseo es un intercambio de escondites. (hablar de "volver al útero" es una vulgar simplificación).
Tocar una pierna con mano de amante. Que sea para excitar o para relajar no supone diferencia alguna. El tacto aspira a alcanzar, más allá del fémur, la tibia o el peroné, el propio corazón de la pierna, y el amante completo espera acompañar ese gesto y habitar en él. No hay altruismo en el deseo. Al principio están implicados dos cuerpos y la exención, siempre y cuando se logre, los protege a ambos. La exención es inevitablemente breve, y sin embargo, lo promete todo. La exención suprime la brevedad y con ella las penas asociadas a la angustia de lo efímero.
Ante la mirada de una tercera persona, el deseo es un breve paréntesis. Desde dentro, una inmanencia y una entrada en la plenitud. Normalmente la plenitud se considera una acumulación. El deseo revela que es un despojamiento: la plenitud de un silencio, de una oscuridad.
John Berger Esa belleza
Ed. Bartleby, 2005
Fot. Egon Schiele Manos
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