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martes, 13 de noviembre de 2018

Alma


Me gustan las personas cuya belleza implica algo individualmente cautivador; las personas cuya belleza es tan pura como las lágrimas. Oh, ¡cuán glorioso puede ser el corazón humano! Y cuán aterrador, si también está ligado al alma (el corazón por sí solo no significa nada para mí).
Esta idea sobre el “alma” me persigue constantemente. Me sigo preguntando si puedo amar por completo a las personas y la idea del alma permanece como una eterna pregunta abierta para mí. No sé si a lo que llamo “alma” existe o no, pero si lo hace, la imagino como un rescoldo que muere lentamente. La imagino como algo oscuro, atormentado y asquerosamente magnífico.

Ed. Siruela, 2014
Trad. José Luis Fernández-Villanueva

Fot. Kansuke Yamamoto, 1970

lunes, 28 de mayo de 2018

Elogio al aburrimiento III


Cyril Connolly, minucioso lector de Pascal, que de tanto probar el sabor del hastío lo acabó por encontrar no tanto dulce, sino estimulante y propicio, y que en La tumba sin sosiego -esa obra suprema sobre los peligros del embotamiento de la sensibilidad, sobre la pesantez de una vida entregada a la queja y al exceso de whisky- se describió a sí mismo como una "carroña corpulenta y holgazana" que flotaba a la deriva como el plancton, un día se las arregló para volver a cruzar aquella línea imperceptible, aquella línea que, de la tristeza de quien llora en un cuarto oscuro, lo reconduciría a la dicha de no estar demasiado distante de sí mismo:
¡Oh sagradas mañanas solitarias y vacuas, meditaciones tranquilas: fruto de los estantes de libros y el tic-tac del reloj: silencio dorado y letificante, influencia del follaje de los plátanos salpicados de sol, rumores lejanos de pájaros y de caballos, posesión inestimable de unos pocos metros cúbicos de aire y unas horas de ocio! Este vacío de paz es el estado del que debería proceder el arte, porque el arte está hecho por el solitario para el solitario, y actualmente esta atmósfera cerúlea, que debería ser para nosotros cosa natural, es punto menos que inasequible.


Ed. Sexto Piso, 2012

Buddhist Temple’s Birdcage, 1940

Elogio al aburrimiento III


Cyril Connolly, minucioso lector de Pascal, que de tanto probar el sabor del hastío lo acabó por encontrar no tanto dulce, sino estimulante y propicio, y que en La tumba sin sosiego -esa obra suprema sobre los peligros del embotamiento de la sensibilidad, sobre la pesantez de una vida entregada a la queja y al exceso de whisky- se describió a sí mismo como una "carroña corpulenta y holgazana" que flotaba a la deriva como el plancton, un día se las arregló para volver a cruzar aquella línea imperceptible, aquella línea que, de la tristeza de quien llora en un cuarto oscuro, lo reconduciría a la dicha de no estar demasiado distante de sí mismo:
¡Oh sagradas mañanas solitarias y vacuas, meditaciones tranquilas: fruto de los estantes de libros y el tic-tac del reloj: silencio dorado y letificante, influencia del follaje de los plátanos salpicados de sol, rumores lejanos de pájaros y de caballos, posesión inestimable de unos pocos metros cúbicos de aire y unas horas de ocio! Este vacío de paz es el estado del que debería proceder el arte, porque el arte está hecho por el solitario para el solitario, y actualmente esta atmósfera cerúlea, que debería ser para nosotros cosa natural, es punto menos que inasequible.


Ed. Sexto Piso, 2012

Buddhist Temple’s Birdcage, 1940

domingo, 13 de mayo de 2018

Árbol


Caminas por el desierto. Escuchas un pájaro que canta. Por más que sea increíble el revoloteo de un pájaro en el desierto, tú, sin embargo, estás obligado a hacerle un árbol. Eso es el poema.

Árbol


Caminas por el desierto. Escuchas un pájaro que canta. Por más que sea increíble el revoloteo de un pájaro en el desierto, tú, sin embargo, estás obligado a hacerle un árbol. Eso es el poema.

viernes, 4 de mayo de 2018

Sombra y hueco


La sombra del amor es lo que puebla 
el hueco que albergó mi corazón. 

Ed. Adamar Ediciones, 2004

Femme anniversaire, 1940

lunes, 15 de enero de 2018

Hay alguien en mí


Hay alguien en mí que no conozco: 
habla conmigo para saber quién soy.

Perros en la playa
Ed. La Oficina, 2011

A sleepless view, 1955

Tu secreto


…que tu nombre
la herida o el fruto de tu nombre
nos dé lo que nos falta”
ACP

“Tu secreto”

exactamente ahora
he abierto la puerta
y gritado tu nombre varias veces

pero tampoco hoy nadie
ha respondido a mi llamada

traía tantas cosas que contarte
que me he sentado solo
en el sofá de mimbre de la abuela
ahí frente al chinero
que guarda todavía
la porcelana del día de tu boda
y me he puesto a decírselas
a tu lugar vacío

aunque hablara con lengua equivocada
tú asentías con la benevolencia
y el placer del que ignora
las palabras ajenas que no entiende

pero tú eras la sabiduría
y tu secreto
una efímera calma
sobre el mantel de hilo

me ofrecías café y yo seguía
conversando en silencio con tus ojos
buscaba una respuesta que tardaba en llegar

procura ser feliz con lo que hagas

ya ves la voz elige siempre
el golpe justo
su propio asentamiento

en la carencia
en la desposesión


De: “La semilla en la nieve” – 2004
Recogido en “La vida de otro modo” 
Poesía 1998 – 2008
Ed. Calambur Editorial


martes, 19 de diciembre de 2017

Ella


Ella se desnuda en el paraíso
de su memoria
ella desconoce el feroz destino
de sus visiones
ella tiene miedo de no saber nombrar
lo que no existe.


Nude, 1953

martes, 22 de agosto de 2017

En esencia


Soy, en esencia, un recluso y tengo muy poco que ver con la gente me rodea. La gente me pone nervioso y solo por accidente y muy pocas veces, me encuentro con alguien con quien me sienta bien.

H. P Lovecraft

Fot. Kansuke Yamamoto

Oscuridad


24 de Septiembre de 1962

…amo hacer el amor en la oscuridad, ámbito de transmutaciones, donde tu rostro es todos los rostros y tu cuerpo es el cuerpo en general, demencialmente puro.

Alejandra Pizarnik
Diarios
Ed. Lumen, 2003

Fot. Kansuke Yamamoto
Morality
From Map of Labyrinth, ca. 1950

viernes, 7 de julio de 2017

La importancia de la puntuación


Sedúceme con tus comas, con tus caricias espaciadas, tu aliento respirable y tus atrevimientos continuos; colócame el punto y coma para cambiar las caricias por largos besos y frases susurradas boca a boca. Haz un punto y seguido para desatarte de mí y contemplar mi desnudez sobre tu cama, ahora interrumpe con guiones para soltar un halago sobre mi cuerpo y su huella en el tuyo —recorrer con la mirada el talle y el hundimiento en la cintura, el ascenso en la cadera, la larga prolongación de las piernas rematadas por un pie que no resistes besar—. Embísteme sin mi rechazo y tortúrame con la altivez de tu deseo arrastrándome muy lejos (al borde del abismo entre paréntesis y sin comas por favor), ahora desenvaina tus puntos suspensivos… —maldito trío de puntos— ese espacio sin nombre no se alcanza.
Un punto y aparte para calmar el temblor de mi cuerpo y sonreírte al tiempo que me das de beber del vino espumoso en una copa. Borro mis interrogaciones. Toda una antesala para retomar tus comas y regalarme la humedad de tu boca y la suavidad de tu respiración en mis orejas, cuello, nuca, hombros; atacar con puntos y comas nuevamente para buscar con tu dedo un clítoris congestionado, pasar tu lengua entre esos labios escondidos y saborear mis secreciones —robármelas entre guiones— y atizar de nuevo en mi centro ardiente ocupándolo, sosteniendo el ascenso ¡inminente! con signos de exclamación, la eyaculación inevitable… hasta acabar con los puntos suspensivos y vaciarte todo en mí y desplomarte extenuado, aliviado y amoroso en mi cuerpo complacido.
De nuevo un punto y aparte para dormir sobre mi pecho y poner punto final al entrecomillado “acto” que en este caso es un hecho amoroso sin ningún viso de actuación.
Si estoy equivocada, felicito tu dominio de la puntuación.
Punto final.

Mónica Lavín
Dos puntos
de Retazos
Ed. Praxis, 2007

Fot. Kansuke Yamamoto, 1950

martes, 13 de junio de 2017

Ni más ni menos


Son tus pechos pequeños,
son tus ojos confusos,
lo que no tiene nombre
y no comprendo, adoro.

Son tus muslos largos
y es tu cabello corto;
lo que siempre me escapa
y no comprendo, adoro.

Tu cintura, tu risa,
tus equívocos locos,
tu mirada que burla
y no comprendo, adoro.

¡Tú que estás tan cerca!
¡Tú que estás tan lejos!
Lo que beso, y no tengo,
y no comprendo, adoro.

Ni más ni menos

Fot. Kansuke Yamamoto, 1955

Ni más ni menos


Son tus pechos pequeños,
son tus ojos confusos,
lo que no tiene nombre
y no comprendo, adoro.

Son tus muslos largos
y es tu cabello corto;
lo que siempre me escapa
y no comprendo, adoro.

Tu cintura, tu risa,
tus equívocos locos,
tu mirada que burla
y no comprendo, adoro.

¡Tú que estás tan cerca!
¡Tú que estás tan lejos!
Lo que beso, y no tengo,
y no comprendo, adoro.

Ni más ni menos

Fot. Kansuke Yamamoto, 1955

viernes, 28 de abril de 2017

La tumba de mi madre



Un domingo, ya hacia el atardecer, fui al cementerio, que está a pocos pasos del lugar donde vivo. Justo antes había llovido y todo estaba aún húmedo: el camino, los árboles. Entré en el camposanto, donde reposan las tumbas antiguas, calladas, sagradas, y, como si se tratara de un abrazo dulce, cariñoso, casto, fui recibido por el verde más bello y lozano que había visto hasta entonces. Avancé por el camino de gravilla con pasos sigilosos. El silencio era absoluto. No se movía ni una hoja, ninguna agitación, ni el más leve temblor. Era como si todo estuviera alerta. Como si el verdor percibiera la solemnidad que lo envolvía y estuviera inmerso en una larga y profunda meditación sobre el misterio, remoto y a la vez eternamente joven, de la vida y de la muerte; así flotaba y yacía con su belleza húmeda y maravillosa. Nunca he visto nada igual. Mucho me debió de afectar el sentir que el lugar del silencio y la implacable muerte fuera tan dulce, tan verde, tan cálido. No había nadie aparte de mí. No había nada aparte del verdor y de las lápidas. Apenas me atrevía a respirar en la quietud, y tenía la impresión de que mis pasos resultaban inoportunos y groseros en medio de aquel silencio sagrado, severo y delicado. El rico verdor de una acacia colgaba con bondad risueña e infinita por encima de una tumba ante la que me acababa de detener. Era la tumba de mi madre. Todo allí parecía murmurar y balbucir, conversar y comentar. La viva imagen de los seres queridos y adorados se elevaba con su propio rostro, un rostro de expresión noble, desde la inconcebible hondura de la verde y silenciosa tumba. Permanecí allí largo tiempo. Pero sin tristeza. También tú y yo, nosotros, todos nosotros llegaremos allí alguna vez, allí donde todo enmudece, donde todo ha concluido ya, donde todo culmina y se disuelve hasta convertirse en silencio.

Robert Walser   La tumba de mi madre, 1914
En “ La eternidad de un día
Clásicos del periodismo literario alemán (1823-1934) a cargo de Francisco Uzcanga Meinecke.
Edit. Acantilado

viernes, 17 de marzo de 2017

El sistema



Produce vértigo contemplar el mundo conocido desnudo de nombres. Porque en cuanto algo es nombrado se le otorga un poder, pero en cuanto pierde su nombre se convierte en algo temible.

Ricardo Menéndez Salmón,   El Sistema
Ed. Seix Barral, 2016

Fot. Kansuke Yamamoto

domingo, 11 de diciembre de 2016

La mirada que salva


La mirada que salva

Un ciervo a solas
en la distancia
una cierva lo mira
con tal deseo
que el cazador oculto
entre las hojas recuerda
a la mujer que amó
y deja caer el arco.

Poemas de la Antigua India
Traducción del inglés: Jorge Esquinca
El poeta y su trabajo, no. 28, primavera 2008.

From Anxious Corridor, 1935

sábado, 10 de diciembre de 2016

Sombra, luz


Me abismo en la hondura. Recuerdo la primera vez que supe de la Sombra. Fue en aquella casa primera, grande y destartalada. En la alcoba había unas cortinas que de noche temblaban sin motivo y en las que yo veía, medroso, figuras imprecisas e indescriptibles. O en el gran desván, al que nunca me gustaba subir. Pero también en aquella casa supe lo que era la luz: en la yuca del patio empedrado, en la gran pila en la que nos bañábamos en verano, en el jilguero que dejé escapar de la jaula, en un cuaderno que compré en secreto y que no sabía para qué, porque lo abría a solas en el soleado corredor, tumbado sobre un colchón de hojas de maíz, que crujía dulcemente. No sabía qué escribir aún en aquel cuaderno porque me vaciaba la soledad y el silencio de la hora de la siesta, que había que guardar religiosamente; o porque la palabra todavía no se me había revelado. Pero en aquel momento descubrí la luz y era como si la luz, que descendía del Monte Urba, escribiera por mí palabras de luz en aquel cuaderno. Algunas noches subía al templo para robar algunas de las flores de su jardín para el altarcito que había instalado debajo de la escalera, o para escuchar el sonido de la lechuza en la torre.

Antonio Colinas   Memorias del estanque
Ed. Siruela, 2016

Fot. Kansuke Yamamoto

viernes, 4 de noviembre de 2016