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viernes, 14 de diciembre de 2018

Una tregua


En general la soledad no me aterra. Y en pequeñas dosis hasta me distiende: las presencias que me son caras me fatigan el corazón. Me inquieto por un gesto, por un bostezo. Y para no ser inoportuna -o ridícula- debo callar mis aprensiones, reprimir mis impulsos. Pensar en ellos, de lejos, constituye una tregua que descansa.

Simone de Beauvoir
La mujer rota
Ed. Edhasa, 2001
Trad. Dolores Sierra

Fot. Laura Makabresku

viernes, 8 de diciembre de 2017

Generosidad


Eso es lo que yo considero verdadera generosidad: das todo de ti y aún así siempre sientes que no te cuesta nada.

Simone de Beauvoir

Fot. White tulip by stonelantern

domingo, 30 de julio de 2017

Carta




Querido pequeño ser:

Quiero contarle algo extremadamente placentero e inesperado que me pasó: hace tres días me acosté con el pequeño Bost. Naturalmente fui yo quien lo propuso, el deseo era de ambos y durante el día manteníamos serias conversaciones mientras que las noches se hacían intolerablemente pesadas. Una noche lluviosa, en una granja de Tignes, estábamos tumbados de espaldas a diez centímetros uno del otro y nos estuvimos observando más de una hora, alargando con diversos pretextos el momento de ir a dormir. Al final me puse a reír tontamente mirándolo y él me dijo: “¿De que se ríe?”. Y le contesté: “Me estaba preguntando qué cara pondría si le propusiera acostarse conmigo”. Y replicó: “Yo estaba pensando que usted pensaba que tenía ganas de besarla y no me atrevía”. Remoloneamos aún un cuarto de hora más antes de que se atreviera a besarme. Le sorprendió muchísimo que le dijera que siempre había sentido muchísima ternura por él y anoche acabó por confesarme que hacía tiempo que me amaba. Le he tomado mucho cariño. Estamos pasando unos días idílicos y unas noches apasionadas. Me parece una cosa preciosa e intensa, pero es leve y tiene un lugar muy determinado en mi vida: la feliz consecuencia de una relación que siempre me había sido grata. Hasta la vista querido pequeño ser; el sábado estaré en el andén y si no estoy en el andén estaré en la cantina. Tengo ganas de pasar unas interminables semanas a solas contigo.

Te beso tiernamente,
tu Castor.


Simone de Beauvoir (1945)

jueves, 29 de junio de 2017

La mujer rota


La juventud y eso que los italianos designan con una palabra tan bella: la stamina. La savia, el fuego que permite amar y crear. Cuando has perdido eso, lo has perdido todo.

Simone de Beauvoir
La edad de la discreción
en "La mujer rota".
Trad. Dolores Sierra y Neus Sánchez

miércoles, 24 de mayo de 2017

Venus y Marte


El varón realiza el aprendizaje de los juegos, de su existencia, como un libre movimiento hacia el mundo; rivaliza en dureza e independencia con los otros varones y desprecia a las niñas. Cuando trepa a los árboles, como cuando pelea con sus amigos o los enfrenta en juegos violentos, capta su cuerpo como un medio de dominar a la naturaleza y un instrumento de combate; se enorgullece tanto de sus músculos como de su sexo y, a través de los juegos, deportes, luchas, desafíos, pruebas, encuentra un empleo equilibrado de sus fuerzas; conoce al mismo tiempo las lecciones severas de la violencia, y aprende a recibir los golpes y despreciar el dolor y las lágrimas de la primera edad. Emprende, inventa, se atreve. Se hace ser al hacer, con un solo movimiento. En la mujer, por el contrario, hay desde el principio un conflicto entre su existencia autónoma y su «ser-otro»; le han enseñado que para agradar hay que hacerse objeto, por lo cual tiene que renunciar a su autonomía. Es tratada como una muñeca viviente y le niegan su libertad, con lo que se anula en un círculo vicioso, pues cuanto menos ejerza su libertad para comprender, captar y descubrir el mundo que la rodea, menos recursos encontrará en sí misma y menos se atreverá a afirmarse como sujeto.

Simone de Beauvoir
El segundo sexo
Ed. Cátedra, 1998
Trad. Alicia Martorell

Fot. Antigone Kourakou

sábado, 2 de abril de 2016

La Maison des Amis des Livres


La Rue de l’Odéon poseía la tranquilidad de un pueblo. Allí se encontraba la librería La Maison des Amis des Livres. Si uno observaba con detenimiento, podía ver en la entrada a su propietaria, Adrienne Monnier, con su pelo corto y su largo vestido suelto. 

En mi época de estudiante esa librería representaba ese mundo fascinante , tan cercano,y aún así tan lejano, de la literatura moderna: lejano porque todavía no conocía ni a uno solo de de los autores ; cercano porque devoraba muchísimos de sus libros, que pedía prestados de la biblioteca de Adrienne. Además descubrí los rostros de algunos de ellos a través de los retratos con dedicatoria que tapizaban las paredes de la librería. Escuchaba a escondidas a la dueña de aquel santuario - que me intimidaba con su ropa distinta y sus amigos nobles- hablando de la forma más natural e íntima de gente muy conocida cuyos nombres me dejaban algo aturdida. Podía estar contándole a algún cliente, por ejemplo, que había visto a Válery justo la noche anterior o que Gide no se encontraba muy bien. León Paul Fargue y Jacques Prévost eran otros de los autores a los que muy a menudo se veía conversar con Adrienne. Y a veces, con el corazón en un puño, veía de repente materializarse ante mí en carne y hueso al más distante e inaccesible de todos: James Joyce, cuyo Ulises había leído en francés con gran asombro. 

Extraído del prólogo de James Joyce in París : His final years 
Cassel and Company Ltd.,1965

Fot. James Joyce y Adrienne Monnier en la calle de l'Odéon, París

jueves, 31 de marzo de 2016

Hipótesis no verificada


A veces me dormía tan pesadamente sobre el diván que al despertar experimentaba un estupor angustiado: como si mi conciencia, al emerger anónimamente de la noche, dudara antes de reencarnarse. O contemplaba con mirada incrédula el decorado familiar: reverso ilusorio y tornasolado del vacío donde me había sumergido. Mi mirada se detenía sorprendida en los objetos que había traído de los cuatro rincones de Europa. Mis viajes, el espacio no conservaba huella de ellos, mi memoria desdeñaba evocarlos; y las muñecas, los vasos, las baratijas estaban allí. Una nada me fascinaba, me obsesionaba. Encontrar un pañuelo de seda roja y un almohadón violeta: ¿cuándo he visto por última vez fucsias, su vestido de obispo y cardenal, su largo sexo frágil? La campanilla luminosa, la simple rosa silvestre, la madreselva desgreñada, los narcisos, abriendo en su blancura grandes ojos atónitos, ¿cuándo? Podían no existir ya en el mundo y no lo sabría. Ni nenúfares en los estanques, ni trigo sarraceno en la campiña. La tierra está a mi alrededor como una vasta hipótesis que ya no verifico.

Simone de BeauvoirLa edad de la discreción
Incluido en La mujer rota
Ed. Edhasa, 2007
Trad: Dolores Sierra y Neus Sánchez

miércoles, 30 de marzo de 2016

Los libros


[…] los libros me salvaron de la desesperación; eso me ha persuadido de que la cultura es el más alto de los valores, y no logro considerar esta convicción con mirada crítica.

Simone de BeauvoirLa edad de la discreción
Incluido en La mujer rota
Ed. Edhasa, 2007
Trad: Dolores Sierra y Neus Sánchez

Fot. Gisèle Freund, Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre, Paris, 1963

martes, 12 de enero de 2016

EL ser humano


El hombre no es ni una piedra ni una planta, y no puede justificarse a sí mismo por su mera presencia en el mundo. El hombre es hombre sólo por su negación a permanecer pasivo, por el impulso que lo proyecta desde el presente hacia el futuro y lo dirige hacía cosas con el propósito de dominarlas y darles forma. Para el hombre, existir significa remodelar la existencia. Vivir es la voluntad de vivir.

Simone de Beauvoir
El segundo sexo
Ed. Cátedra. 2005
Trad. Alicia Martorell

Fot. Denise Bellon
Simone de Beauvoir, Paris, 1930s

domingo, 30 de agosto de 2015

Carta de Simone de Beauvoir


Prefiero la tristeza seca que el enojo frío, por eso mis ojos se han mantenido secos hasta ahora, tan secos como el pescado ahumado, pero mi corazón es como una sucia y suave natilla por dentro.

[...]

No estoy triste. Más bien me siento aturdida, muy lejos de mí misma, sin creer que realmente estés tan pero tan lejos estando tan cerca. Quiero decirte dos cosas antes de partir, y después no volveré a hablar jamás de ello, lo prometo. Primero, tengo muchas esperanzas, quiero y necesito demasiado volver a verte… algún día. Pero, recuerda, por favor, yo nunca volveré a pedirte que nos veamos -no por orgullo, que ya sabes que no tengo ninguno cuando estoy contigo, pero nuestro encuentro sólo significará algo si es que tú eres quien desea que nos veamos. Así que esperaré, cuando lo desees, sólo dilo. No asumiré que me amarás de nuevo, ni siquiera que dormirás conmigo, y ni siquiera tenemos que estar juntos por mucho tiempo- Sólo cuánto tú quieras y cuando quieras. Pero ten presente que siempre estaré esperando que me lo pidas. No, no puedo pensar que no volveré a verte de nuevo. He perdido tu amor y fue (es) doloroso, pero no quiero perderte. De cualquier modo, me diste demasiado, Nelson, y lo que diste significó tanto para mí que no podrías tenerlo de vuelta jamás. Y tu ternura y tu amistad fueron tan preciadas para mí que aún puedo sentirme cálida y feliz e injustamente agradecida cuando te veo a ti dentro de mí. Espero que esta ternura y esta amistad nunca me abandonen.

En cuanto a mí, me siento desconcertada y avergonzada, pero esta es la única verdad: Te amo tanto como en aquel día en que aterricé entre tus brazos decepcionados, es decir, con todo mi ser y sucio corazón. No puedo hacer menos. Pero eso no te molestará, cariño, y no hagas del escribir cartas una obligación, sólo escríbeme cuando lo sientas, sabiendo en cada momento que recibirlas me hará muy feliz. 

Bueno, todas estas palabras parecen tontas. Parece que estás cerca, tan cerca, déjame acercar a ti, como en los viejos tiempos, déjame estar dentro de tu corazón por siempre.

Tu Simone.

Carta escrita por Simone de Beauvoir en septiembre de 1950 a Nelson Algren, con quien había sostenido un romance a larga distancia, a través del Atlántico. En 1953 volvió a casarse con su ex-esposa Amanda Kontowicz.