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viernes, 2 de marzo de 2018

Un beso


Una escena de la que no me olvidaré nunca, y eso que han pasado varios años, fue ésta:
Me encontraba en un vagón del convoy que va de Córdoba a Río Cuarto.
Faltaban tres minutos para la salida del tren, cuando llegó una cupletista que había estado trabajando en un teatro de esa ciudad. La acompañaba el administrador del mismo, y de pronto, delante de todos los pasajeros, el hombre tomó la cabeza de la mujer y le dio un beso; pero uno de esos besos largos, desesperados; un beso donde se adivina el lanzamiento del alma en una caricia definitiva. Todos los pasajeros nos quedamos perplejos, bajo una impresión casi dolorosa.
Luego el tren partió…
Cuarenta y ocho horas después, en Río Cuarto, estando en un café, tomo un diario del día anterior. Leo y de pronto quedo inmóvil. A tres columnas, el periódico traía la noticia del suicidio del administrador del teatro donde había trabajado la cupletista. Dejé el diario, y me quedé pensando. Ahora se explicaba ese beso. El hombre, al concurrir a la estación, sabía que era la última, la última y definitiva vez en que miraba y besaba ese rostro que quizá por cuantas tierras más aún iría esparciendo su vida fácil y musical.
Y de pronto, ese espectáculo tomó tal vida en mi imaginación, que durante mucho tiempo no pude apartarlo de mis cavilaciones. Había asistido a los últimos momentos de un suicida, de un hombre que se mató sin dejar una línea escrita.

Roberto Arlt
Un beso
Secretos femeninos: Aguafuertes inéditas 
Ed. La Página, 1996

Fot. Henri Cartier-Bresson
Quais, Paris, 1959

martes, 19 de diciembre de 2017

Vivir como el tonto


Vivir como el tonto entre los hombres, como aquel al que todos miran con lástima y desprecio. Vivir sin explorar causa alguna, sin meter las manos en el fondo de ninguna cuestión. Y fingir, sobre todo el mudo placer de fingir. Fingir que nunca estuvimos hambrientos de certezas, que jamás nos dimos de bruces con el desencanto más absoluto. Vivir como iletrados, como seres indolentes que nunca supieron el dolor y la locura de todos los inquietos.

Javier Vicedo Alós

Fot. Henri Cartier-Bresson
Valencia, Espagne, 1933

sábado, 21 de octubre de 2017

Entonces escribo


DESGARRA

Cuando un hilo corta mis dedos
y el estado salvaje se rinde
ante su veneno civilizador,
mi vestido se desgarra y de sus heridas
brota otro vestido. Entonces escribo,
para que la muerte no sea tan natural.


domingo, 30 de julio de 2017

Carta




Querido pequeño ser:

Quiero contarle algo extremadamente placentero e inesperado que me pasó: hace tres días me acosté con el pequeño Bost. Naturalmente fui yo quien lo propuso, el deseo era de ambos y durante el día manteníamos serias conversaciones mientras que las noches se hacían intolerablemente pesadas. Una noche lluviosa, en una granja de Tignes, estábamos tumbados de espaldas a diez centímetros uno del otro y nos estuvimos observando más de una hora, alargando con diversos pretextos el momento de ir a dormir. Al final me puse a reír tontamente mirándolo y él me dijo: “¿De que se ríe?”. Y le contesté: “Me estaba preguntando qué cara pondría si le propusiera acostarse conmigo”. Y replicó: “Yo estaba pensando que usted pensaba que tenía ganas de besarla y no me atrevía”. Remoloneamos aún un cuarto de hora más antes de que se atreviera a besarme. Le sorprendió muchísimo que le dijera que siempre había sentido muchísima ternura por él y anoche acabó por confesarme que hacía tiempo que me amaba. Le he tomado mucho cariño. Estamos pasando unos días idílicos y unas noches apasionadas. Me parece una cosa preciosa e intensa, pero es leve y tiene un lugar muy determinado en mi vida: la feliz consecuencia de una relación que siempre me había sido grata. Hasta la vista querido pequeño ser; el sábado estaré en el andén y si no estoy en el andén estaré en la cantina. Tengo ganas de pasar unas interminables semanas a solas contigo.

Te beso tiernamente,
tu Castor.


Simone de Beauvoir (1945)

miércoles, 5 de julio de 2017

Nada


Dijo Dios: Brote la Nada.
Y alzó su mano derecha
hasta ocultar su mirada.
Y quedó la Nada hecha.


Fot. Henri Cartier-Bresson
Lisbon, 1954

lunes, 25 de abril de 2016

De la nada a la nada


Suelo sentir asco por ese hombre que se mata para no tener que afeitarse cada mañana y, sin embargo, es lo cotidiano, y sólo lo cotidiano logra hacerme aferrar a la existencia. Estas obligaciones menudas, estos ritmos son formadores. Me son necesarios. Me liberan porque me sujetan. Es así: necesito esclavitud, reglas de vida, ritmos. Mi libertad sólo sobrevive dentro de esos marcos. Entonces, ¿Por qué este asco? ¿Podría ser que mi espíritu de verdad no desea vivir? ¿Es que no está allí el lejano rumor de una tentación profunda de todo hombre, la tentación del suicidio? Cada minuto oculta esa extraña dualidad. El cuerpo es vida, el espíritu es muerte. La materia es el ser, el intelecto la nada. Y el secreto absoluto del pensamiento es, sin duda, ese deseo nunca olvidado de volver a hundirse en la más extática fusión con la materia, en lo concreto tan concreto que se vuelve abstracto. La vida es, tal vez, ese pasaje, esa situación trágica e inestable, ese nudo, ese punto movedizo en la línea de la evolución de la nada a la nada.

Jean-Marie Gustave Le Clézio
El éxtasis material, 1967
Ed. Adriana Hidalgo Editora, 2010
Traducción: Juana Bignozzi

Jean-Marie Gustave Le Clézio y su mujer, Paris, 1965

viernes, 25 de marzo de 2016

El amor, por ejemplo


Soy de la misma opinión que Dante, y no comparto la de Stendhal ni la de Mérimée, que decían ser siempre felices: los recuerdos de las cosas felices envenenan la vida cuando éstas ya no se pueden tener. El amor, por ejemplo.

Paul Léautaud

Fot. Henri Cartier-Bresson, Paul Léautaud [Fontenay-aux-Roses], 1952