jueves, 3 de diciembre de 2015

Las gafas

Valentina D'Accardi, 2009

Está amaneciendo y pienso en ti. Se ha posado un pájaro en la ventana. Y todo es tan perfecto porque pienso en ti, y el ruido de los coches me parece la banda sonora de una película japonesa con cerezos en flor meciéndose al viento.
Las nubes son hoy malvas.
Nunca entendiste que cuando miraba las nubes pensaba en ti. O sí, pero eras tan práctica que preferías que en mi último aliento, incluso, te estuviera mirando a la cara.
¿De qué coño sirve mirar nubes? Bueno, a mí me ha salvado la vida un par de veces, pero en general, para nada, excepto para terminar de fumarse el cigarrillo mientras te esperaba salir de la tienda de zapatos subida a unos tacones desde los que podías mirarme desde arriba.
Y sí: me gusta estar solo. Pero también contigo. O contigo sólo. No lo sé. Es un lío.
A ti te gustaba ir a misa los domingos y nunca dije nada.
Tu dios me gustaba.
Creo que ese era el brillo de tus ojos.

Las farolas aún siguen encendidas. Hay gente en la calle. Es jueves.

Yo no estaba primero en tu listas de cosas favoritas. Lo supuse. Tampoco me importaba. Pero esperar a que acabaras de rezar para follar, la verdad, era una putada.

Cómo pasa el tiempo, siete años ya, y aún duermes conmigo en la cama.
¿Con quién dormirás tú mientras tanto? ¿Quién olerá en tu cuello a mermelada? Y acunará tus tetas frías en sus manos. Y será contigo una perfecta maquinaria. Un engranaje. Una sola pieza. Por supuesto cóncava.

Hay un hombre subido a la azotea, montando una antena parabólica.
Ya no hay farolas, y el cielo es amarillo.

Podría perdonarme cualquier cosa a estas alturas de mi vida. Estoy cansado. Viejo. Calvo. Pero no ver como doblabas una esquina, sin hacer nada.
Parecías un pollito.
La vida no ha sido lo mismo desde entonces.

No veo sin las gafas...¿qué pone aquí?, ah, sí, que soy idiota.

Historiadero

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Escalera


Al parecer, huir es poco glorioso. Lástima, porque es muy agradable. La huida proporciona la más formidable sensación de libertad que se pueda experimentar . Te sientes más libre huyendo que si no tienes nada de lo que huir. El fugitivo tiene los músculos de las piernas en trance, la piel temblorosa, las fosas nasales palpitantes, los ojos abiertos.
El concepto de libertad es un tema tan manido que las primeras palabras me hacen bostezar. La experiencia de la libertad es otra cosa. Uno debería tener siempre algo de lo que huir, para cultivar esa maravillosa posibilidad. De hecho, siempre hay algo de lo que huir, aunque sólo sea de uno mismo.

Anagrama, 2009
Trad. Sergi Pàmies


Officium defunctorum: Parce mihi Domine
John Eliot Gardiner

martes, 1 de diciembre de 2015

Bones



-Recuerdo aquella noche. Se había puesto un vestido de lunares muy pequeños, pequeñísimos, azules, sobre un fondo de tul blanco porque a mí me gustaba contarlos y llevaba el pelo recogido en un moño con dos golondrinas y y un lazo y recuerdo que cenamos, caballitos de mar y de postre la fruta prohibida que había entre sus piernas.

-¿Podría explicarme, cuando deje de hablar solo por supuesto, cuando dice- justo en las primeras líneas de esta entrevista, donde la periodista le pregunta al entrevistado que si podría explicarle, cuando deje de hablar solo por supuesto, qué quiere decir exactamente cuando dice que su corazón es tannnnnn bonito-, que su corazón es tannnnnnn bonito? Porque así, suena a que tenga el pecho lleno de estrellas fugaces o sea usted una Inmaculada del Greco, da, pie a observar posibilidades como el uso por ejemplo de algún tipo de droga o, la perdida parcial de la memoria, ya sabe, aunque algunos episodios de su vida no están llenos precisamente de amapolas, si no precisamente de cosas que a nadie le gustaría guardar en el trastero, entiendo pero- como aquel Tsunami que se lo llevó todo por delante o la no tan lejana y radical postura que tomó usted frente al pelotón de fusilamiento pidiendo como último deseo, en vez de otra oportunidad, un cigarro-, ¿no debería recordarlos también? No sé si me explico.¿ O ha borrado los malos momentos de su base de datos?. Cuando deje de hablar solo, por supuesto. No hay prisa.

-¿Tiene un lápiz?

-¿Le da igual este bolígrafo?

-Prefiero los lápices, porque cuando los muerdes, saben a madera; pero déjeme, que le haga...un boceto...de lo que...sería, más o menos, mi corazón. ¿Ve? Los cajones son de diferente color, cada uno el suyo, como ve, los hay verdes y también azules o naranjas o amarillos, cada uno, con su etiqueta, cada uno con su pomo blanco y cada uno, desde los más pequeños hasta estos enormes, guarda algo en su interior. Algo importante. Algo hermoso. Algo único. Cada uno. Abra el que quiera.

-No sé si...vale. ¿Este?

-Uno cualquiera. Menos ese.

-Mire, por ejemplo en este de aquí guardo el día que mi padre me enseño a montar en bicicleta. Era roja y tenía, unas ruedecitas a los lados para que no me cayera. Mi padre me agarraba del cinturón por detrás y a los dos días me dijo, vamos a quitarle las ruedecitas de los lados, tú, no te preocupes que, yo te agarro.
Los pájaros empujan a las crías de sus nidos. Mi padre me solo. Decía, levanta la cabeza, no mires la rueda, no mires la...pum. Contra un árbol.
Hasta que levanté la cabeza y no miré nunca más la rueda y, aquello era como volar, tenía, el mundo entero para mí, y aquella bicicleta. Me sentía un Carlomagno.
Y mi padre estuvo ahí, todos aquellos días.

O este otro: verano del, puffffff, ni me acuerdo, yo, era un chaval y me mandaron de vacaciones a casa de un tío que vivía en el pueblo.
No volví virgen. Fue mi verano azul. Mi Odisea. Salía de muy mañana a ver el campo, como un explorador, una vez, me metí en un nido de arañas que era más grande que yo y volví con picaduras a la casa, todo rojo y con fiebre, y otro, nos comimos unos cuantos y yo un montón de ciruelas de un árbol que había en la plaza, y volvimos con casi diarreas, y otro, aquellos cuantos me buscaron una novia para que hiciera juego con el resto, y subiéramos de noche al castillo a ver el pueblo desde arriba, todo encendido para las fiestas.
¿Sabe? No hay nada más dulce que el primer beso.

O este pequeñito. Mire, aún late.
O este otro: ¿No son preciosas? Son lagrimas de Sirena. De un valor incalculable.

-¿Puedo abrir uno entonces?

-Ese no. No insista.

-¿Podría al menos decirme por qué?

-Porque tiene un candado.

-Por eso quiero abrir ese.

-Por eso tiene un candado. 

Historiadero

lunes, 30 de noviembre de 2015

No es igual


No es igual a cuando te gusta algo
-una imagen, una música, un fragmento-
y te estremece de gusto.
Es más como una desazón en las encías.
Cuanto más aprietas la carne que late, menos duele.
Y sueltas y aprietas.
Y deseas aflojar para que duela.
Y vuelves a presionar.


Ray LaMontagne
Let It Be Me

martes, 24 de noviembre de 2015

La visita


Hoy me ha venido a visitar
la muerte en sueños.
Solo era una visita, 
me ha advertido,
aunque no sé
si uno debe fiarse
de lo que te diga la muerte.
Creo que sí.
¿Para qué va a engañarte?
Fue lo único que dijo.
Era una mujer,
nadie diría que fuera
quien decía que era.
Más bien alta,
pelo rojo, precioso,
llevaba una falda larga,
verde, blusa blanca,
sin mangas, sandalias planas.
Olía bien.
No podía ser de otra manera.
Me miraba y sonreía.
Despreocupada,
despreocupante.
Caminaba en círculo
alrededor mío.
Yo me iba girando
para tenerla siempre de cara.
De pronto me hizo un gesto,
cruzó los dedos,
inclinó hacia un lado la cabeza.
Y desapareció.
Lo peor de todo
es que me han quedado ganas
de que vuelva.

Pint. Balthus
La blusa blanca

jueves, 19 de noviembre de 2015

Ellas


ELLAS

Súbitamente desperté en medio de la noche, con una presión en el pecho, o sea en medio del alma. Primero tuve la revelación en un sueño de que soy perseguido por una mujer flaca, de pelo largo y claro. Muy flaca y casi albina. Y luego recordé con claridad varios eventos durante el día de hoy: me crucé con una mujer joven, muy flaca, las piernas como palos, con un pantalón rojo, dos palos pintados de rojo, el pelo larguísimo y casi blanco. Nunca le ví la cara. El pelo siempre la ocultó. Pero también en el sueño soy informado que me persigue otra mujer, hermosa, de pelo oscuro, hermosísima, de ojos negros. Conozco la cara de esta mujer, la he visto muchas veces. En la calle, esperando el semáforo, entre la multitud de un concierto, doblando el pasillo de una guardia de hospital. Muchos ojos en otros rostros han sido sus ojos tristes y vitales que me han preguntado cosas sin mover los labios. Estoy acechado de cerca por dos mujeres, una clara y otra oscura, una anónima y la otra reconocible en mil caras de la ciudad pero única en esencia. ¿Quiénes son? Le doy vueltas y no acierto una respuesta. El sueño de hoy me dió una pista y eso me despertó en el acto: una de las dos es la muerte. ¿Pero, cuál? La rubia me inquieta físicamente, no veo su rostro, su pelo inusualmente blanco y sus patitas de palo de escoba me estremecen. No veo músculos que muevan esos huesos. Y su ropa roja destaca entre la multitud. La otra me preocupa más. O, mejor dicho, me preocupa de forma diferente. No puedo dejar de mirarla. Es decir, la veo en todas las caras bonitas que veo durante el día. Como un virus, ha clonado su ser en muchos y ahora está en todos lados. A esta no hay manera de describirla. Los ojos son su característica más sobresaliente. Son particularmente negros, como pozos profundos y húmedos. Han visto demasiado, han conocido las cosas antes de tiempo, probado la fruta mientras está verde. Y eso los ha marcado profundamente. La boca es estrecha, un beso podría ahogarla. Pero es a un beso a lo que invitan. La piel es pálida o clara clara. Y llama la atención que no tiene casi pliegues ni arrugas, el tejido está bien torneado, bien humectado. La cejas son casi altivas, livianas pero con carácter fuerte, están manteniendo a raya lo que otras partes de ese cuerpo invitan a acercarse. Dual. Contradictoria. Ombligo del mundo. ¿Qué decir del cabello? Me deja sin palabras. Suelto es irresistible. Invitan a las manos a desaparecer buscando algún tesoro, quizás el alma. Dos mujeres. Una de las dos me va a matar. Me está avisando que es mi ángel exterminador. Pero, si una es la muerte, la otra me está salvando la vida, está contrapesando la condena y la tortura de la idea del final. ¿Cómo saberlo? ¿Cómo estar seguro? Me incorporo en la cama, las primeras luces van vistiendo el cielo frío de la ciudad. Hay movimiento en la casa. Se abre la puerta del dormitorio y entra una mujer con el pelo trenzado, vestida de negro. Me trae un té, como a Juan Pablo I. Mientras lo tomo le miro la cara. Y me doy cuenta de que no eran dos las mujeres que me rondaban, sino tres. Una era la Muerte. Esta era la Muerte. 

Fot. William Mortensen
The Carmelite Nun, 1920

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Náufragos


Sobre la mesa, las conchas vacías de las ostras flotan a la deriva en lo que, horas antes, fue un arisco mar de algas y hielo picado. Junto a ellas bucea, del revés, una botella de champagne, ya inútil, en el fondo de la cubitera derretida. 
Frente a la chimenea, como si de un madero flotante se tratase, la mesa dónde todavía se aprecian restos del naufragio. Baja, robusta, salpicada de cera y envuelta, aún, en la tormentosa bruma de los deseos. 
Ecos de tempestad en el pasillo, prendas arrancadas con dedos de viento, gritos y lamentos, jadeos ahogados, súplicas anhelantes que se desdibujan bajo nubarrones preñados de oscuras pasiones. 
Olas de deseo baten con fiereza contra la piel, la arrastran al fondo de la locura ahogando cualquier atisbo de razón. Las mismas olas embravecidas que escriben, de su puño y letra, una historia de lujuria renglón a renglón. 
La oscuridad envuelve todo, sofoca, oprime, somete voluntad y carne. Imposible luchar, enfrentarse a esa fuerza que arrasa el espíritu combativo. Pelea desigual e inútil. 
La tormenta se cierne descarnada y perseverante, por momentos cruel y desatada, otros parece amainar y dar respiro al alma sometida. Son sólo instantes en que el cuerpo boquea ansioso y castigado, busca a ciegas dónde asirse y tomar aliento para alzar la mirada, enfrentarla al ojo del huracán, y cerrar de nuevo los ojos para abandonarse. 
Una dulce sonrisa se escapa de los labios, los gemidos se ahogan al sentir las tempestuosas manos que asemejan sargazos enredándose en la piel. Tiran y arrastran hacia el fondo deseado, hacia una luz cálida, distinta, llena de paz. 
Los cuerpos embarrancan en la orilla de las sábanas. Agotados, jadeantes, con la piel húmeda de sal y las bocas hambrientas de besos. Salivas dulces, cómplices miradas mientras las manos se convierten en dedos ciegos y ávidos de aprender, dedos que recorren cada marca escrita, cada renglón, cada sello. 
La tormenta ha dejado su historia en la piel, grabada con su oleaje, con la fiereza del deseo, con la furia desatada y feroz de la pasión. La calma que sucede al temporal les mece ahora, les acuna entre su propios brazos. La ronca voz de la tormenta es ahora pausada y profunda, llena sus oídos de nuevas palabras, de suaves y cálidos matices. 
Son náufragos.

Fot. Gilles Berquet
Le Festin Nu