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jueves, 21 de julio de 2016

Cuando el amor es ciego

Emmet Gowin

B de te amo

A Beatriz  le falta un ojo.
Un lacito en el pelo.
La teta izquierda.

Le faltan cuatro dedos de una mano y una pierna. Tenía dos.
Media oreja, tres costillas, un riñón  y la sonrisa en el carné de identidad.
La vida a veces.
A veces las palabras.

(Beatriz estaba allí).

Le falta el aliento y su bolso marrón. Era bonito.
...y un kilo de arroz y unas manzanas que llevaba colgando del brazo aquel martes.

Y a veces le sobran las horas del día.

Le falta la regla-del susto-,
todas las perlas del collar.
Le faltan las ganas de pintarse las uñas.

(En el sitio equivocado).

Pero yo la quiero así.  Toda entera. 

Porque es la puta reina de mi vida.





Giuseppe Tartini
Concerto for violin, strings and basso continuo in G major (D 77), 1750

sábado, 30 de abril de 2016

Kramgasse 49


Me acostumbré a echarte de menos porque era la única manera de no olvidarte nunca. Venías conmigo al mar y en mis largos paseos por la playa siempre había una gaviota que decía tu nombre y una ola más ola que rompía en mis pies, como tu lengua entre mis dedos. No quiero morir, pensaba, sin haberte vivido hasta el final. Y entonces encendía un cigarrillo y maldecía entre dientes al mundo por haberte apartado de mí de aquella forma. Tan muerta. Tan debajo de todos los kilos de toda esa tierra mojada de tantos otoños. Tan “no podemos hacer nada”. ¿Y quién podía? Recé lo que sabía. Busqué en el cielo con los ojos. Arañaba las puertas con las uñas, lo recuerdo, implorando un diablo que quisiera mi alma para algo a cambio de un minuto más contigo. Un minuto en silencio diciéndolo todo. Y había, no creas, muchas cosas bonitas en el mundo: el ruido del grifo gota a gota como corcheas cayendo al vacío de la noche cada siete segundos. Las galletas rellenas de chocolate. Todo relleno de chocolate. El chocolate. Las vías de los trenes y ese momento donde todas las cigarras se callaban. Los caracoles. Las ranas y los rinocerontes y las cartas escritas a mano; los paraguas; la sonrisa de los maniquís; el viento entre los árboles; las telenovelas; las naranjas; los aviones. Tan altos. Tan pequeños como estrellas fugaces que atravesaran el cielo en las noches de verano a alguna parte, muy despacito. Daba tiempo a pedir un montón de deseos. Pero yo siempre pedía el mismo.

Me sentaba a los pies de la cama de cualquier motel sin galones ni agua caliente y volvía a preguntarme qué. Cómo. Cuándo. Ese tipo de estúpidas preguntas sin respuesta de quien se ha acostumbrado a vivir del fracaso. Y fue entonces que pasó que de pronto tal vez tomé la decisión de darte forma. ¿Por qué no? Lo único que tenía que perder era la cordura. Tal vez la única manera era perder la cordura. Así empezaste a veces a estar dentro de la almohada y otras pintada en el techo y otras en una canción. A contarme tus días de muerta, mientras tu voz como la brisa movía las cortinas.
A veces bailamos. Todavía hueles. Y a pesar de que nunca firmamos ninguna promesa, recuerdo exactamente el sabor tus labios.

sábado, 30 de enero de 2016

El pez fuera del agua

Gustav Klimt, El pantano

Trabajaba hacía poco en la barra de un céntrico bar de la Avenida Welis por entonces pero ya conocía de a diario a bastantes clientes cuando apareció con un carrito de la compra y un bastón con cabeza de galgo plateado la señora aquella que desde luego había visto varías veces y vendía, a la puerta del mercado, tabaco de contrabando. Nadie sabía su nombre. Siempre pedía un café. Pagaba con monedas pequeñas y se ponía otra vez a pregonar el Winston y el Marlboro.

Aquel día hacía mucho frío:

“-Ponme un cafelito, hijo, muy calentito, que hace hoy mucho frío.”

Había mucha gente, las prisas del trabajo, yo qué sé. Y le puse un café que mataría a un caballo. Agua con algo. Frío como el día. Sin ningún amor. Sólo le faltaba una mosca flotando.

Al rato, la mujer seguía allí. Con el café intacto. Con las cara intacta. Como si el tiempo se hubiera congelado. Y con la mano, me hizo así. Y me acerqué, y procurando que nadie se enterara excepto yo, me dijo, muy bajito, que “a lo mejor esto es lo único caliente que me voy a tomar hoy”. Que su marido se gastaba en putas malas el dinero de la chatarra, que tenía un hijo en la cárcel y otro enterrado en Santa Fe y otro casado con una paraguaya a saber dónde y en qué y otro tirado en un sofá porque le había faltado oxígeno en el parto y...; que de joven había sido muy bonita, pero que tanta paliza y tanto parir para nada la habían dejado en el pellejo.
Que si no me daba pena ponerle aquello.

Y después se marchó. Y dejó allí su dinerito. Moneda por moneda. Y yo me quedé allí, como un pez fuera del agua agonizando de vergüenza.

Y desde entonces me sobran las palabras.

Historiadero


Mozart: Clarinet Concerto in A Major, K. 622: II. Adagio
Wolfgang Amadeus Mozart, Varios Artistas

lunes, 25 de enero de 2016

A vueltas con el diario


Querido diario: A veces la vida es una mierda pinchada en un palo. Se te cae la tostada del revés al suelo; un coche te salpica de barro; se muere tu perro; te quedas sin trabajo; se te acaba el amor; suspendes sociales; o el mundo es invadido por los alienígenas o el arbitro anula un gol o se quema tu casa o el médico te dice que si quieres un cigarro, que ya da igual, que para lo que te queda, o las pisas a todas bailando, o te ha salido un grano en la punta de la nariz, rooooooojo, enorrrrrrrrme, o ves a tu novio con otra, o cae un meteorito en el cuarto de baño, o cualquier otra cosa entre un millón de millones de otras cosas horribles que pueden pasarte. En cualquier momento. Así, como suena.

Puedes cerrar los ojos muy muy fuerte mientras pones rumbo a mitad del desierto sin mirar atrás, por supuesto. No está mal. Si no fuera porque en mitad del desierto no hay agua. Ni estancos.

Puedes pegarte un tiro.

Y puedes armarte hasta los dientes y luchar hasta el final. Porque si quieres estar mañana aquí, en este sitio donde crecen las margaritas y las lagartijas se pasean al sol y las olas del mar traen hasta tus pies cosas bonitas y barquitos de papel de periódico, a este sitio con estrellas y pájaros y la risa de los niños y tantos, tantos colores, si quieres, tienes que ganártelo.

Así se juega a esto.

Historiadero


Say What You Want
Texas

sábado, 23 de enero de 2016

Sombras

Sevron

Querido diario: a veces cierro los ojos y escucho el mundo. Eso son pájaros. Pío-pío. O sólo pío. O seis píos seguidos. Dos píos juntos, silencio cuatro píos, significá te quiero. Cuatro píos, silencio, dos píos, silencio, un pío largo, significa me voy a por tabaco.
Eso es un coche que acaba de pasar y eso, un perro ladrando desde un balcón. Lo sé porque viene de lo alto. A no ser que sea un perro volador. De una ventana sale la voz de un locutor hablando de Gettisburg.
Esto es el Sol. El Sol en la cara. Y este el color naranja. Por dentro. Como si no hubieras nacido todavía.
Acaba de pasar un helicóptero.
Los tickes de los parkings rodando por el suelo; el pum pum de un martillo; los carritos de la compra; las gotitas que caen sobre los paraguas; Alguien que tose; el camión del butano, el clinck clink de las cucharas de café. Y a lo lejos el mar. Pintado a mano. Bordado de pesqueros. Azul.

Cierro los ojos, y te espero.

Siempre apareces de una esquina. Con un vestido blanco de flores amarillas, y en el pelo una tormenta.

Historiadero


Serse, HWV 40 / Act 1: "Ombra mai fu"
Cecilia Bartoli

jueves, 14 de enero de 2016

Tareas


Lindsey tenía nueve años la primera vez que un hombre la llamó puta en un portal del barrio. Volvió a casa sin braguitas, pasó junto a su madre que le acarició el pelo mientras freía unas patatas sin apartar la vista del fuego: ¿De dónde vienes?. De jugar mami. Y se metió en el baño a llorar delante del espejo.

Norris tenía quince años. Era amigo de su hermano Thomas. Lindsey se secó la cara con una toalla y decidió que de ahora en adelante todo iba a ser maravilloso. Primero tenía que matar a Norris, claro. No sabía muy bien cómo, hasta ahora, sólo había matado ranas con una piedra gorda en el jardín. Exactamente con la misma piedra que le partió en dos la cabeza a Norris en el patio del recreo delante de todo el mundo. 

Lindsey estuvo en algún lugar que sus padres nunca nombraron, unos seis años, y cuando volvió, subió a su habitación, hizo la maleta y sin decir ni una sola palabra se escapó por la ventana, sin apartar la vista del fuego.
La casa ardía en la distancia como una bonita estrella. Tomó un autobús, y cuando pisó tierra de nuevo, llevaba los labios pintados de rojo y un cigarrillo entre los labios. Esa noche durmió en el banco de un parque de algún lugar del mundo, y al día siguiente, robó una manzana de un puesto de verduras y mientras le daba el primer mordisco se puso a caminar hacia el resto de su vida completamente convencida de que iba a ser, muy feliz.



Janis Joplin

miércoles, 23 de diciembre de 2015

El viaje

Masao Yamamoto

Ahora mismo, ahí fuera, hay alguien buscándote. A ti. Aunque todavía no lo sepa. Porque sobra mucha cama; porque hace frío en invierno; porque tiene que haber alguien en el mundo al que le guste, como a ti, tanto tanto tanto tanto tanto Bruce Springsteen. Encender el mechero. Cantar desafinando.

“-Ha estado aquí antes una chica preguntando por ti.

-¿Emmmm? ¿Una chica? ¿Seguro? ¿Aquí? ¿En el trabajo? ¿A mí?

-Sí coño.

-¿Y qué quería?

-Tu teléfono.

-¿cómo-cómo-cómo-cómo-cómo? ¿Para qué? ¿Y se lo has dado?

-Es que era tan...

-¿Tan qué? ¿Tan qué? Me cago en la puta, no me puedo creer que le hayas dado mi teléfono a una desconocida. ¿Y si es una psicópata? ¿Y si quiere matarme? O peor. ¿Por qué coño le has dado mi teléfono? Porque era tan...¿Tan qué, Ramón?

-Bonita.

-¿Y por eso le has dado mi teléfono?

-Verás, entró, por la puerta y se puso una sonrisa y me dijo, oye, oye, ¿tú sabes un chico que trabaja aquí que es, así de alto y que nunca se ríe, con el pelo moreno, con los ojos muy negros, de mirar muy lejos, un chico que...bla bla y bla? Y yo le dije, tal. Y ella me dijo, ese. Y yo le dije, sí, ¿por qué? Y ella me dijo: porque es muy guapo.

-Tu puta madre Ramón. ¿Como le has dado mi teléfono a esa tía?

-Y sacó un papelito del bolso, coño y, me puso por delante un bolígrafo para que le apuntara tu número allí. Y lo pidió por favor. Con aquella sonrisa. Y además le brillaban los ojos, mira Paco, yo, no sé decir que no cuando me, cuando me...Total, que me vio muy apurado y entonces me dijo que es que le gustas. Y que te va a llamar.

-¿Que me va a llamar?

-Sí coño, ¿si no para qué quiere el teléfono?

-Que mal rollo. ¿Y de qué me conoce? Eso es que me ha estado espiando. Eso no es normal ¿no Ramón? Digo yo. No sé. Pues nada, cuando me llame le digo que no.

-¿Que no a qué? Si no sabes lo que quiere.

-Que soy muy guapo, coño, Paco, que soy muy guapo, ¿qué va a querer? Destrozarme la vida. Me cago en la mierda.

-Lo más seguro es que te invite a café. Tú le dices que sí, y si intenta matarte le dices que no te interesa. Y ya está.

-¿Y te ha dicho su nombre?

-Nop.

-Esta no te la perdono. Te va a cambiar el turno un guardia. De verdad que no me lo puedo...¿Ringggggg-ringggggggg? ¿Ringgggg-ringggggg? ¿Qué hago Ramón? ¿Lo cojo? Dime algo hijoputa. No lo cojo. Ya está. Solucionado. Joder. No para. ¿Qué hago Ramón?
...¿Sí? ¿Quién es?

-Yo”.

Historiadero

Francesco Durante

jueves, 3 de diciembre de 2015

Las gafas

Valentina D'Accardi, 2009

Está amaneciendo y pienso en ti. Se ha posado un pájaro en la ventana. Y todo es tan perfecto porque pienso en ti, y el ruido de los coches me parece la banda sonora de una película japonesa con cerezos en flor meciéndose al viento.
Las nubes son hoy malvas.
Nunca entendiste que cuando miraba las nubes pensaba en ti. O sí, pero eras tan práctica que preferías que en mi último aliento, incluso, te estuviera mirando a la cara.
¿De qué coño sirve mirar nubes? Bueno, a mí me ha salvado la vida un par de veces, pero en general, para nada, excepto para terminar de fumarse el cigarrillo mientras te esperaba salir de la tienda de zapatos subida a unos tacones desde los que podías mirarme desde arriba.
Y sí: me gusta estar solo. Pero también contigo. O contigo sólo. No lo sé. Es un lío.
A ti te gustaba ir a misa los domingos y nunca dije nada.
Tu dios me gustaba.
Creo que ese era el brillo de tus ojos.

Las farolas aún siguen encendidas. Hay gente en la calle. Es jueves.

Yo no estaba primero en tu listas de cosas favoritas. Lo supuse. Tampoco me importaba. Pero esperar a que acabaras de rezar para follar, la verdad, era una putada.

Cómo pasa el tiempo, siete años ya, y aún duermes conmigo en la cama.
¿Con quién dormirás tú mientras tanto? ¿Quién olerá en tu cuello a mermelada? Y acunará tus tetas frías en sus manos. Y será contigo una perfecta maquinaria. Un engranaje. Una sola pieza. Por supuesto cóncava.

Hay un hombre subido a la azotea, montando una antena parabólica.
Ya no hay farolas, y el cielo es amarillo.

Podría perdonarme cualquier cosa a estas alturas de mi vida. Estoy cansado. Viejo. Calvo. Pero no ver como doblabas una esquina, sin hacer nada.
Parecías un pollito.
La vida no ha sido lo mismo desde entonces.

No veo sin las gafas...¿qué pone aquí?, ah, sí, que soy idiota.

Historiadero

martes, 1 de diciembre de 2015

Bones



-Recuerdo aquella noche. Se había puesto un vestido de lunares muy pequeños, pequeñísimos, azules, sobre un fondo de tul blanco porque a mí me gustaba contarlos y llevaba el pelo recogido en un moño con dos golondrinas y y un lazo y recuerdo que cenamos, caballitos de mar y de postre la fruta prohibida que había entre sus piernas.

-¿Podría explicarme, cuando deje de hablar solo por supuesto, cuando dice- justo en las primeras líneas de esta entrevista, donde la periodista le pregunta al entrevistado que si podría explicarle, cuando deje de hablar solo por supuesto, qué quiere decir exactamente cuando dice que su corazón es tannnnnn bonito-, que su corazón es tannnnnnn bonito? Porque así, suena a que tenga el pecho lleno de estrellas fugaces o sea usted una Inmaculada del Greco, da, pie a observar posibilidades como el uso por ejemplo de algún tipo de droga o, la perdida parcial de la memoria, ya sabe, aunque algunos episodios de su vida no están llenos precisamente de amapolas, si no precisamente de cosas que a nadie le gustaría guardar en el trastero, entiendo pero- como aquel Tsunami que se lo llevó todo por delante o la no tan lejana y radical postura que tomó usted frente al pelotón de fusilamiento pidiendo como último deseo, en vez de otra oportunidad, un cigarro-, ¿no debería recordarlos también? No sé si me explico.¿ O ha borrado los malos momentos de su base de datos?. Cuando deje de hablar solo, por supuesto. No hay prisa.

-¿Tiene un lápiz?

-¿Le da igual este bolígrafo?

-Prefiero los lápices, porque cuando los muerdes, saben a madera; pero déjeme, que le haga...un boceto...de lo que...sería, más o menos, mi corazón. ¿Ve? Los cajones son de diferente color, cada uno el suyo, como ve, los hay verdes y también azules o naranjas o amarillos, cada uno, con su etiqueta, cada uno con su pomo blanco y cada uno, desde los más pequeños hasta estos enormes, guarda algo en su interior. Algo importante. Algo hermoso. Algo único. Cada uno. Abra el que quiera.

-No sé si...vale. ¿Este?

-Uno cualquiera. Menos ese.

-Mire, por ejemplo en este de aquí guardo el día que mi padre me enseño a montar en bicicleta. Era roja y tenía, unas ruedecitas a los lados para que no me cayera. Mi padre me agarraba del cinturón por detrás y a los dos días me dijo, vamos a quitarle las ruedecitas de los lados, tú, no te preocupes que, yo te agarro.
Los pájaros empujan a las crías de sus nidos. Mi padre me solo. Decía, levanta la cabeza, no mires la rueda, no mires la...pum. Contra un árbol.
Hasta que levanté la cabeza y no miré nunca más la rueda y, aquello era como volar, tenía, el mundo entero para mí, y aquella bicicleta. Me sentía un Carlomagno.
Y mi padre estuvo ahí, todos aquellos días.

O este otro: verano del, puffffff, ni me acuerdo, yo, era un chaval y me mandaron de vacaciones a casa de un tío que vivía en el pueblo.
No volví virgen. Fue mi verano azul. Mi Odisea. Salía de muy mañana a ver el campo, como un explorador, una vez, me metí en un nido de arañas que era más grande que yo y volví con picaduras a la casa, todo rojo y con fiebre, y otro, nos comimos unos cuantos y yo un montón de ciruelas de un árbol que había en la plaza, y volvimos con casi diarreas, y otro, aquellos cuantos me buscaron una novia para que hiciera juego con el resto, y subiéramos de noche al castillo a ver el pueblo desde arriba, todo encendido para las fiestas.
¿Sabe? No hay nada más dulce que el primer beso.

O este pequeñito. Mire, aún late.
O este otro: ¿No son preciosas? Son lagrimas de Sirena. De un valor incalculable.

-¿Puedo abrir uno entonces?

-Ese no. No insista.

-¿Podría al menos decirme por qué?

-Porque tiene un candado.

-Por eso quiero abrir ese.

-Por eso tiene un candado. 

Historiadero

viernes, 6 de noviembre de 2015

Bola 8



Todas juraron escupir sobre mi tumba. Alguna ni siquiera esperó a que me muriera.
Es un paquete. Cuadrado. Ni pequeño ni grande. Cuadrado. Una paquete cuadrado envuelto en papel de regalo. Con ositos. Ositos con alas.
Pom pom: “Firme aquí”. Y he cerrado la puerta y me he sentado al filo del sofá a mirar el paquete cuadrado envuelto en papel de regalo con ositos con alas y un lazo rojo rojo de raso grande grande grande.
Lo miro por un lado y lo miro por el otro y lo miro por arriba y lo miro por abajo.
Tengo cuarenta y seis años, y estoy seguro de que no es una tarta.
No tiene remitente. Ninguna tarjetita. Ni siquiera una nota escrita a mano, sobre el estúpido papel de regalo con ositos mamones con alas. Sólo un ridículo y enorme y fantástico y rojo lazo rojo rojo grande grande.
Quiero abrirlo.
Quiero tirar con dos dedos de una punta del lazo y de la otra con los otros dos dedos.
Quiero rascar con las uñas el papel.
Quiero romper las solapas de cartón.
Y quiero mirar dentro.
“Cuando encuentre la luz, tú serás el primero en saberlo”. Eso me dijo, hace ya mucho Manuel Alejo el iluminado.
Creo que le vi, subir al autobús con tres niños de la mano y una india bengalí colgada del brazo, con el pelo muy negro y los ojos muy tordos. No tenía, buen aspecto, tras sus gafas de pasta, gruesas y negras.
Aunque él lo hubiera envuelto en algún tipo de papel reciclado, con el logo de alguna ong, y olería seguramente a mirto o especias mozárabes, quién sabe, si a mierda de ñu.
No es la luz.
No suena. Lo agito y no suena. Lo agito más y no suena más porque es que no suena y no suena y mi ceño se frunce y mi boca se aprieta y lo pongo otra vez sobre la mesa.
Ojalá fuera de mi padre. Pero mi padre está muerto, y eso hace prácticamente imposible que alguien corrija sus errores.
Si lo abro y es de Marta lloraré y será asqueroso y húmedo y me picará la cara y para qué, si Marta se casó con un dentista y tiene una pista de tenis para ella sola.
Si lo abro y es de Alicia lloraré y será también asqueroso e inútil y además lloraré sobre mojado y me iré a por chocolate a la nevera y apagaré todas las luces y me saldrán granos.
Si lo abro y es de la mujer topo, después de llorar abriré el cajón de la mesilla, le quitaré el seguro al Magnun y apretaré el gatillo. Han pintado el salón hace muy poco. Me gustaba ese color.
Si lo abro y es-Dios mío de Ana-Dios mío, de Ana-, me tiraré también al suelo. Me dejaré los dientes en el suelo y mis tripas resbalarán entre las juntas de las baldosas y cruzarán por debajo la puerta y caerán escalón por escalón hasta el portal y hasta la acera y hasta el cruce de Armitach con Pérez de Laguna donde un coche gama alta con las ruedas muy limpias las aplastará hasta convertirlas en un bonito cromo sobre el asfalto que la lluvia cuando llueva arrastrará hasta la autopista.
Tampoco es de Cecile. Todas juraron escupir sobre mi tumba. Alguna ni siquiera esperó a que me muriera.
En los últimos diez años me he mudado quince veces sin contar los hoteles, los bancos de los parques, ni las casas de putas.
Y no creo que esta ciudad sepa que existo.
¿Por qué no te relajas jimmy Boy-me digo- y te vas a mear y cuando vuelvas te haces un porro de los gordos, y piensas en cómo has llegado hasta aquí?
Yo quería tener una familia. Pagar una hipoteca. Celebrar el día de reyes.
La culpa es del tipo del espejo.
Me la sacudo y cuando vuelvo de mear, ahí está, claro, ¿dónde, si no?, encima de la mesa, con su puto lazo rojo.
Si fuera una bomba haría tic tac. Digo yo.
Si fuera un tomate haría…haría…
Un tomate no creo.
Si fuera un…necesito otra copa antes de abrirlo.
Slurp slurp slurp. Ahsssssssssssss…Toc.
A la mierda el lacito rojo rojo.
A la mierda los ositos con alitas.
A la mierda el papel de burbujitas.
¿Te conozco, maldito hijo de puta?, me pregunto en voz alta, con la bola ocho entre las manos, de una mesa de billar.

Historiadero

Seasick Steve