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miércoles, 5 de diciembre de 2018

Felicidad


A pesar de sus treinta años, Berta Young tenía momentos como éste de ahora, en los que hubiera deseado correr en vez de andar; deslizarse por los suelos relucientes de su casa, marcando pasos de danza; rodar un aro; tirar alguna cosa al aire para volverla a coger, o quedarse quieta y reír... simplemente por nada.

¿Qué pude hacer uno si, aún contando treinta años, al volver la esquina de su calle le domina de repente una sensación de felicidad..., de felicidad plena..., como si de repente se hubiese tragado un trozo brillante del sol crepuscular y éste le abrasara el pecho, lanzando una lluvia de chispas por todo su cuerpo?

¿Es que no puede haber una forma de manifestarlo sin parecer “beodo o trastornado”?

La civilización es una estupidez.

¿Para qué se nos ha dado un cuerpo, si hemos de mantenerlo encerrado en un estuche como si fuera algún valioso Stradivarius?

Katherine Mansfield
Felicidad
Ed. Cátedra, 1991
Trad. Esther de Andreis

Collage de Federico Hurtado

martes, 12 de diciembre de 2017

Descuentos


A veces ando errante en la niebla y en mil vacilaciones y confusiones y, a menudo, me siento miserablemente abandonado. Pero pienso que es bello luchar. Un hombre no se siente orgulloso de las alegrías y del placer. En el fondo lo único que da orgullo y alegría al espíritu son los esfuerzos superados con bravura y los sufrimientos soportados con paciencia. Pero no gusta derrochar palabras a este respecto. ¿Qué hombre honrado ha mantenido por completo intactos a lo largo de los años sus esperanzas, planes, sueños? ¿Dónde está el alma cuyos anhelos, osados deseos, dulces y elevadas concepciones de la felicidad se cumplieron, sin tener que hacer descuentos en ellas?

Robert Walser
El paseo 
Siruela
Trad. Carlos Fortea

lunes, 31 de julio de 2017

Condiciones



El error [...] consiste en creer [...] que existen determinadas condiciones para la felicidad. Lo único que cuenta es la voluntad de ser feliz.

Albert Camus
Breviario de la dignidad humana
Ed. Plataforma Editorial, 2013
Trad. Elisenda Julibert

viernes, 14 de julio de 2017

Felicidad


Cuando hemos visto una sola vez resplandecer la felicidad en el rostro de un ser querido, descubrimos que no puede existir para el hombre otra vocación que la de originar esa luz en los rostros que nos rodean [...]

Albert Camus
Carnets II

Fot. anónima de Albert Camus joven

viernes, 9 de junio de 2017

jueves, 6 de abril de 2017

El último intento de ser feliz


A M.

El último intento de ser feliz
ciñéndome a todas tus curvas, todas tus sinuosidades,
a la blancura trémula y balbuceante
y a las bayas con el opio del saúco.

El último intento de ser feliz
como si mi fantasma, al filo del abismo,
quisiera saltar huyendo de todas las ofensas,
allá donde hace mucho estaba yo arruinado.

Allí sobre mis huesos rotos
se posa una libélula,
y las hormigas visitan tranquilamente
las cuencas de lo que ayer fueron mis ojos.

Ya me hice alma. Ya no estoy en mi cuerpo. 
Escapé a mi prisión de huesos
pero me hastían los fantasmas
y otra vez me llaman los abismos. 

Un fantasma enamorado ahuyenta más que un cadáver.
Pero tú no te asustaste sino que comprendiste
y juntos nos hemos arrojado como a un abismo
y el abismo desplegó unas blancas alas
que nos levantó sobre la niebla.

Y estamos tendidos juntos, no en la cama
sino en la niebla que apenas nos sostiene.
Soy un fantasma. Ya no se quiebra mi cuerpo
pero tú estás viva y temo por ti.

Otra vez revolotea el cuervo fúnebre
en espera de carne fresca, como en el campo de batalla.
El último intento de ser feliz.
El último intento de amar.

El último intento

The mask, 1926

domingo, 5 de marzo de 2017

¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?


Parecía que comprendía y pensé, de verdad, por un instante, que iba a cambiar de opinión, que hablaríamos, que estaríamos al mismo lado del muro de cristal. Esperé. Al final me soltó: —¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?
(...)
Buscar la felicidad, algo que hice y todavía hago, no es lo mismo que ser feliz, algo que considero fugaz, dependiente de las circunstancias y un poco soso. Si el sol brilla, deja que te dé —sí, sí, sí—. Los tiempos felices son maravillosos, pero los tiempos felices pasan —así tiene que ser— porque el tiempo pasa. La búsqueda de la felicidad es algo más difícil.
(...)
Los finales felices son solo una pausa. Hay tres tipos de grandes finales: Venganza. Tragedia. Perdón. La Venganza y la Tragedia suelen suceder juntas. El Perdón redime el pasado. El Perdón desbloquea el futuro.

Jeanette Winterson ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?
Ed. Lumen, 2015
Trad. Álvaro Abella Villar

viernes, 12 de agosto de 2016

De pronto


Me preguntas por qué y cuándo
te respondo que fue así
reparar simplemente en un atardecer cualquiera
pongamos por caso -ya que ni siquiera sabemos cuál- de octubre
en cómo golpeaba la luz del sol el rosáceo
e inaccesible flanco sudeste del palacio
Sacchetti
-la luz golpeaba y al tiempo bañaba no sé si me
entiendes?-
reparar en las hojitas negras y agudas de la hiedra -hacía viento
¿comprendes?- recorridas a trechos
hacia arriba en el sendero de obscuras ramificaciones por una especie de
descarga eléctrica reiterada que simultáneamente
estuviese empapada sabe Dios cómo de auténtico y líquido
oro
y sentir deseos de pronto después de infinitos años
de reír reír y a la vez todo lo
contrario

Me preguntas por qué y cuándo
De Epitafio
Ed. Visor
Trad. Carlos Manzano
Fot. Retrato de Giorgio Bassani, anónimo

lunes, 8 de agosto de 2016

Límites


Tarde o temprano en la vida cada uno descubre que la felicidad perfecta es irrealizable, pero pocos son los que nos detenemos a considerar la antítesis: que la infelicidad perfecta es igual de inalcanzable. Los obstáculos que impiden la realización de estos dos estados extremos son de la misma naturaleza: derivan de nuestra condición humana, que se opone a todo lo infinito. Nuestro cada vez más insuficiente conocimiento del futuro se opone a ello: y esto se llama, en un caso, esperanza y en el otro caso, la incertidumbre del día siguiente. La certeza de la muerte se opone a ello: porque establece un límite en cada alegría, pero también en cada duelo.

Ed. El Aleph, 2013
Trad. Pilar Gómez Bedate

lunes, 18 de julio de 2016

Los solitarios


En aquel tiempo, los Solitarios aún eran amados. Así conocí la felicidad, en el frescor de los árboles. Embellecí mi vida con días que no había vivido.

Pascal Quignard, Albucius
Ed. El cuenco de plata, 2010
Trad. Betina Keizman

Fot. Helen Levitt. New York , 1938

martes, 12 de julio de 2016

Modestia

Fred Stein


Lo que al día le pido ya no es
que me cumpla los sueños, que me entregue
los deseos cumplidos de otros días
porque al fin he aprendido que los sueños
son igual que las alas de un insecto
y al tocarlos el hombre se deshacen;
y es que un sueño al cumplirse es otra cosa
(...)
Lo que al día le pido es solamente
un poco de esperanza, esa forma modesta
de la felicidad.

Vicente Gallego


Jordi Savall et les voix de la viole, Hespèrion XXI

miércoles, 6 de julio de 2016

Es mucho


Y, sin embargo, es mucho haber amado,
haber sido feliz, haber tocado
el viviente Jardín, siquiera un día.

lunes, 20 de junio de 2016

Emoción



Cosas que emocionan:
Pichones de gorrión. Pasar por un lugar donde juegan niños de pecho. Ver un espejo extranjero con su luna manchada. Encender un incienso muy bueno, y acostarme sola. Lavarme el cabello, maquillarme y vestir ropas perfumadas. En este caso me siento feliz y noble, aun cuando nadie me observe. Una noche que espero a mi amante, al escuchar el ruido de la lluvia en mi puerta y el golpeteo del viento, sin motivo, y de repente, me sobresalto.

Sei Shonagon, El Libro de la almohada
Ed. Alianza, 2004
Trad. Jorge Luis Borges y María Kodama

Dibujo: Kikuchi Yōsai

sábado, 4 de junio de 2016

Un poco de sueño


Porque son ya seis años desde entonces,
porque no hay en la tierra, todavía,
nada que sea tan dulce como una habitación
para dos, si es tuya y mía;
porque hasta el tiempo, ese pariente pobre
que conoció mejores días,
parece hoy partidario de la felicidad,
cantemos, alegría!

Y luego levantémonos más tarde,
como en domingo. Que la mañana plena
se nos vaya otra vez en hacer el amor,
pero mejor: de otra manera
que la noche no puede imaginarse,
mientras el cuarto se nos puebla
de sol y vecindad tranquila, igual que el tiempo,
y de historia serena.

El eco de los días de placer,
el deseo, la música acordada
dentro en el corazón, y que yo he puesto apenas
en mis poemas, por romántica;
todo el perfume, todo el pasado infiel,
lo que fue dulce y da nostalgia,
¿no ves cómo se sume en la realidad que entonces
soñabas y soñaba?

La realidad --no demasiado hermosa-
con sus inconvenientes de ser dos,
sus vergonzosas noches de amor sin deseo
y de deseo sin amor,
que ni en seis siglos de dormir a solas
las pagaríamos. Y con
sus transiciones vagas, de la traición al tedio,
del tedio a la traición.

La vida no es un sueño, tú ya sabes
que tenemos tendencia a olvidarlo.
Pero un poco de sueño, no más, un si es no es
por esta vez, callándonos
el resto de la historia, y un instante
--mientras que tú y yo nos deseamos
feliz y larga vida en común-- , estoy seguro
que no puede hacer daño.

Canción de aniversario

martes, 24 de mayo de 2016

Son niños




Vuelvo a Mayo de 1937

Los veo parados en los portones de sus universidades.
Veo a mi padre saliendo bajo el arco de arenisca ocre,
las tejas rojas brillando como platos doblados de sangre tras su cabeza.
Veo a mi madre con libros ligeros en su cadera,
parada en la columna de ladrillos con los portones de hierro forjado,
aún abiertos detras de ella, con las puntas de espada.
Están a punto de casarse.
Son niños. Son tontos.
Sólo saben que son inocentes y que jamás lastimarían a nadie.
Quiero ir y decirles que no lo hagan.
Que ella es la mujer equivocada, que él es el hombre equivocado.
Que harán cosas que ni se imaginan.
Que le harán daño a los niños.
Que sufrirán de forma inimaginable.
Que van a querer morirse.
Quiero ir y decírselos en la luz de Mayo.
Pero no lo hago.
Quiero vivir.
Los tomo como muñecos de papel,
y los froto uno contra el otro por las caderas como pedernal,
como si quisiera sacarles chispas.
Y digo: Hagan lo que van a hacer, que yo lo contaré

I go back to May 1937

I see them standing at the formal gates of their colleges,
I see my father strolling out
under the ochre sandstone arch, the
red tiles glinting like bent
plates of blood behind his head, I
see my mother with a few light books at her hip
standing at the pillar made of tiny bricks,
the wrought-iron gate still open behind her, its
sword-tips aglow in the May air,
they are about to graduate, they are about to get married,
they are kids, they are dumb, all they know is they are
innocent, they would never hurt anybody.
I want to go up to them and say Stop,
don’t do it—she’s the wrong woman,
he’s the wrong man, you are going to do things
you cannot imagine you would ever do,
you are going to do bad things to children,
you are going to suffer in ways you have not heard of,
you are going to want to die. I want to go
up to them there in the late May sunlight and say it,
her hungry pretty face turning to me,
her pitiful beautiful untouched body,
his arrogant handsome face turning to me,
his pitiful beautiful untouched body,
but I don’t do it. I want to live. I
take them up like the male and female
paper dolls and bang them together
at the hips, like chips of flint, as if to
strike sparks from them, I say
Do what you are going to do, and I will tell about it.

Sharon Olds
The Gold Cell, 1987

sábado, 7 de mayo de 2016

Desasimiento


La felicidad o la desdicha era una simple cuestión de elasticidad de nuestra facultad de desasimiento. La vida transcurría en un equilibrio constante entre el toma y el deja. Y lo difícil no era tomar, sino dejar, desasirnos de las cosas que merecen nuestro aprecio. Aquí estribaban las posibilidades de felicidad de cada humano: en que su facultad de desasimiento fuese más o menos elástica, en que el hombre estuviese más o menos aferrado a las cosas materiales. Por ello tal vez el secreto básico estuviese contenido en el hecho de no tomar nunca para no tener que dejar nada. Era un remedio negativo, de renunciación, pero, con certeza, el adecuado a mi calidad humana, desprovista de reservas y de capacidad de sacrificio. Lo cuestionable consistía en saber si el hombre tiene alguna probabilidad de subsistir sin aprehender nada, desasido de todo, desconectado de los seres y las cosas que le rodean; si el individuo es capaz de desarrollar su individualidad propia y primitiva sin necesidad de echar mano de recursos extraños a sí. 

La cabeza empezaba a calentárseme restregada por el decurso de los primeros razonamientos. Quise imaginarme a un grano de trigo aislado de los demás granos, sin rozarse con ninguno, dentro de un saco; deseé poder concebir un punto de arena en una playa sin conexión alguna con otros puntos; quise aislar una molécula de agua en el seno de la mar, y no me fue posible. La realidad se me imponía con las armas de la lógica. Nada puede existir en el mundo sin una relación de dependencia, de coordinación o de mando. Todo está incrustado en un orden preestablecido, sometido a leyes fatales o voluntarias, pero que por sí hablan ya de una coordinación y un nexo al menos relativos. Deseé imaginarme a un hombre autónomo, independiente de otros hombres y de las cosas en un grado absoluto. Voló mi imaginación a un peñasco solitario del mar mayor del universo. Allí situé a mi hombre imaginario. Le di por oficio el de torrero del faro. Al momento se me impuso de nuevo, implacable, la fuerza de la realidad. Ese hombre venía de algún punto; naturalmente, de otro hombre. El faro debería arder de noche para evitar el naufragio de otros hombres. Sobre esto el torrero había de atender a sus necesidades ineludibles: comer, vestir, cultivar su espíritu. Ya estaba mi hombre encadenado; sujeto a la ráfaga interminable de la dependencia, de la conexión, de la fatal coordinación a otros hombres y a otras cosas. El hombre absolutamente aislado era inconcebible. En ese equilibrio entre el toma y el deja, no era solución posible el no tomar nada para no tener que dejar nada. La encrucijada del desasimiento, en más o en menos, había de llegar forzosamente para todos.

Miguel Delibes  La sombra del ciprés es alargada, 1947
Ed. Destino, 2003

viernes, 25 de marzo de 2016

El amor, por ejemplo


Soy de la misma opinión que Dante, y no comparto la de Stendhal ni la de Mérimée, que decían ser siempre felices: los recuerdos de las cosas felices envenenan la vida cuando éstas ya no se pueden tener. El amor, por ejemplo.

Paul Léautaud

Fot. Henri Cartier-Bresson, Paul Léautaud [Fontenay-aux-Roses], 1952

domingo, 21 de febrero de 2016

Presente


No nos atenemos nunca al momento presente. (…) De ordinario el presente nos hiere. Lo ocultamos a muestra mirada porque nos aflige y, si nos resulta grato, lamentamos verlo escapar. Intentamos mantenerlo recurriendo al porvenir, y pensamos disponer las cosas que no están en nuestro poder mediante un tiempo al que no tenemos ninguna seguridad de llegar. (…) El presente no es jamás nuestro fin. Así, no vivimos nunca, pero esperamos vivir, y disponiéndonos siempre a ser felices, resulta inevitable que no lo seamos jamás.

Blaise Pascal, Pensamientos
Ed. Valdemar, 2001
Trad. Mauro Armiño

Fot. Lewis W. Hine
Slovak Woman Immigrant Taking Nap In Baggage, 1905

George Eastman House Collection

martes, 2 de febrero de 2016

Cuando casi


La desgracia sólo alcanza su punto más alto cuando hemos visto, lo bastante cerca, la posibilidad práctica de la felicidad.

Michel Houellebecq,  Las partículas elementales
Ed. Anagrama, 2006
Trad. Encarna Castejón

lunes, 1 de febrero de 2016

Felicidad


Durante la primera parte de tu vida, no te das cuenta de tu felicidad hasta que la has perdido. Luego llega una edad, una segunda edad, en que sabes, en cuanto empiezas a vivir algo feliz, que acabaras perdiéndolo. Cuando conocí a Belle, comprendí que acababa de entrar en esa segunda edad. También comprendí que no había llegado todavía a la tercera, la de la autentica vejez, cuando el hecho de prever la pérdida de la felicidad impide incluso llegar a sentirla.

Michel Houellebecq, La posibilidad de una isla
Ed. Alfaguara, 2005
Trad. Encarna Castejón

Fot.  Roberto Frankenberg, Michel Houellebecq