sábado, 2 de septiembre de 2017

Yo busco


Yo busco el sentimiento de un presente olvidado:
los días y las horas que no quieren volver

El peregrino
Ed. La Isla de Siltolá

Fot. Michal Lukasiewicz

viernes, 1 de septiembre de 2017

Eclipse


Eclipse
Para Arturo Martínez

Gregor Sotanovsky se asumía distraído, se gustaba especial, se odiaba diez minutos al día.
Excepto los jueves.
Porque los jueves sacaba de paseo a los relojes, y al verlos trotar alegres por el parque, olvidaba controlar el momento en que le tocaba comenzar a odiarse y después ya no había manera.

Gladys Repolletti se temía aburrida, se sospechaba lujuriosa, se convertía en ruiseñor cuando el otoño desnudaba árboles. Y luego los bomberos tenían que venir a bajarla, porque desafinaba bastante y sufría de vértigo.
Se enamoraba siempre de un bombero diferente, que correspondía a su pasión durante seis peldaños, y luego, aburrido, la dejaba caer.

Él era apocado, achatado en los polos, oblongo en la melancolía, suspiraba hacia adentro y se alimentaba de cáscaras de pipas.
Ella era oronda por parte de padre y ubicua por parte de madre, lloraba cuando le venía la risa, y volvía a llorar cuando la risa se le iba.

Él hubiera sido un sabio muy famoso si su distracción no lo hubiera dejado en el estado de anónimo ignorante. Pero como no sabía ni siquiera eso, era feliz. Y cuando tocaban el timbre de su casa para venderle tranvías, primaveras o vientos alísios embotellados, siempre creía que el que llamaba era un sueco que venía a entregarle el Nobel.
Ella hubiera sido una amante de novela si su tendencia a aburrir a quien se acercara a menos de un metro de distancia no la hubiera condenado al estado de excitación frustrada. Y cuando por su ventana abierta a la noche cantaba un búho, ella creía que era un fornido bombero que ardía de deseo por su cuerpo, y tenía un orgasmo de grado siete en la escala Mercalli, o un ataque de acidez estomacal, nunca estaba segura.

Él vivía en un edificio de amplios ventanales, pero como estaba enfadado con el sol desde que era niño, a cuenta de no sé qué historia de un rayo perdido en el arroyo, nunca se asomaba a la ventana antes del crepúsculo, momento en que aprovechaba para hacer al astro rey unos energéticos cortes de manga hasta verlo desaparecer tras el horizonte.
Ella vivía en el edificio de enfrente y, como detestaba a la luna desde que su primer novio la dejó con la excusa de una dudosa licantropía, sólo se asomaba al amanecer, celebraba la derrota de la luna y soplaba sonores besos al sol, que en alguna ocasión se ruborizó, aunque torpes astrónomos adjudicaron el fenómeno a una prosaica tormenta cósmica.

Nunca se habían visto.

Pero un jueves a él se le escaparon los relojes en el parque y comenzó a confundir las horas y odiarse a destiempo. Por eso cierto amanecer que supuso crepúsculo, mientras creía increpar la despedida del sol con sus cortes de manga, creyó percibir un ruiseñor enorme en el árbol de la otra acera.
Y ella, que era miope pero oía peor, creyó distinguir a un apuesto bombero que la saludaba desde la ventana. Olvidó que era un ruiseñor y cayó del árbol.

Él trató de detenerla al vuelo y cayó también.

En ese momento comenzó el eclipse.

Y se vieron.

Y se amaron entre la oscuridad repentina, eufóricos por la muerte del sol y de la luna.

Cuando llegaron los suecos a entregarle el Nobel, él no les abrió la puerta porque estaba dentro de ella. Y tranvías ya tenía.
Cuando un camión repleto de bomberos enamorados se detuvo frente al árbol de ella, ella no estaba, porque volaba en la penumbra de las manos de él y sus manos nunca se aburrían de tocarla.

Juraron amarse todo el tiempo que durase el eclipse.
Dura todavía.

Carlos Salem
Eclipse
De Yo también puedo escribir una jodida historia de amor
Ed. Escalera, 2008

Fot. Total solar eclipse on January 24, 1925, NY

Para escribir un solo verso


Para escribir un solo verso, es necesario haber visto muchas ciudades, hombres y cosas; hace falta conocer a los animales, hay que sentir cómo vuelan los pájaros y saber qué movimiento hacen las pequeñas flores al abrirse por la mañana. Es necesario poder pensar en caminos de regiones desconocidas, en encuentros inesperados, en despedidas que hacía tiempo se veían llegar; en días de infancia cuyo misterio no está aún aclarado; [...] en mañanas al borde del mar, en la mar misma, en mares, en noches de viaje que temblaban muy alto y volaban con todas las estrellas -y no es suficiente incluso saber pensar en todo esto. Es necesario tener recuerdos de muchas noches de amor, en las que ninguna se parece a la otra, [...] Es necesario aún haber estado al lado de los moribundos, haber permanecido sentado junto a los muertos, en la habitación, con la ventana abierta y los ruidos que vienen a golpes. Y tampoco basta tener recuerdos. Es necesario saber olvidarlos cuando son muchos, y hay que tener la paciencia de esperar que vuelvan. Pues, los recuerdos mismos, no son aún esto. Hasta que no se convierten en nosotros, sangre, mirada, gesto, cuando ya no tienen nombre y no se les distingue de nosotros mismos, hasta entonces no puede suceder que en una hora muy rara, del centro de ellos se eleve la primera palabra de un verso.

Rainer Maria Rilke
"Los cuadernos de Malte Laurids Brigge"
Ed. Losada, 2009
Trad. Francisco Ayala

Foto: Anna Malina

Soledad


La soledad no viene de no tener gente alrededor de uno, sino de ser incapaz de comunicar lo que para uno es importante, o de mantener ciertos puntos de vista que otros consideran inadmisibles.

Carl Gustav Jung

Fot. Francesca Woodman

Informe sobre falsarios


Informe sobre falsarios (acerca de la verdadera naturaleza de los escritores y su tarea).

Advierten los autores del informe, consternados, que se trata de una de las cepas más virulentas de su raza. Taimados, astutos, diestros para la manipulación y el disimulo, esconden su brutalidad bajo una fachada pusilánime, casi inofensiva. Camaleones. Pese a los incontables esfuerzos por eliminarlos -no seremos los primeros-, hasta ahora han resistido toda suerte de ataques y vacunas, bien encerrándose en sus madrigueras, bien fingiendo una vida anodina como sus congéneres. Su capacidad de adaptación solo tiene equivalente en cucarachas y bichos semejantes. ¿Cómo sobreviven? Parasitan las vidas de los otros. Allí yace su amenaza: infectan a sus huéspedes cuando nadie los observa -criaturas etéreas y noctámbulas-, se introducen inadvertidamente en sus cerebros y de un día para otro, sin desatar síntomas, se apoderan de sus víctimas. Cuando los miserables al fin reconocen la patología -respiración entrecortada, taquicardia, cefalea, aunque hay reportes de asfixia, embolias y paros cardíacos- es ya tarde. Algunos especialistas los comparan, no sin razón, con escorpiones. Su veneno no solo es tóxico sino, la mayor parte de las veces, incurable. Y lo peor: su mal es altamente contagioso. Una vez que se desata, no hay otra solución sino el aislamiento o la muerte.

(...) ¿Por qué hacen lo que hacen? ¿Qué impulsa a una raza inteligente a dotarse de falsedades cotidianas, a tramar historias inconcebibles, a regodearse en las mentiras? ¿Y por qué alguien querría consagrar sus días a tan estúpida tarea? A nosotros nos cuesta imaginar lo que sería vivir maquinando fantasías con el único deseo de contaminar al mayor número posible de personas.

La modestia no es uno de sus rasgos: los infames se piensan elegidos, creen que sus ideas deben contaminar mente tras mente y no dudan en llamarse "geniales". ¿Cuál es su provecho? ¿Qué buscan, por qué perseveran con sus densas artimañas? Los autores del informe incluyen una casuística tan amplia que resulta inútil. Unos lo hacen por dinero -debilidad humana-, pero otros se creen instrumentos de los dioses, defensores del "arte" o la "poesía", o son solitarios incurables: sujetos que no toleran el azar que gobierna las estrellas y buscan sustituirlo con el orden natural sus patrañas. (...) Cuando se sienten en peligro, se fingen locos -enfermos involuntarios- o de plano acaban espectacularmente con su suerte. Y entonces el resto de los humanos los venera, les consagra mausoleos y les confía la inmortalidad sólo por acomodar bien que mal unas cuantas frases y palabras.

¿Por qué su obra -y su vida, para colmo- desata tanto interés, tanta curiosidad, tantos homenajes? ¿Acaso no son tan viles o egregios como otros? ¿Por qué los humanos aprecian tanto sus sueños y temores, sus retratos deformados, sus paisajes truncos y su descarada invención del inconsciente y las torturas entrañables? Los autores del informe recomiendan unánimemente exterminarlos. Han de convertirse en los primeros objetivos de la guerra, antes que soldados y políticos. ¿La urgencia? Son culpables de esas invenciones que hacen más humanos a los humanos: la idea de que cada uno es como cualquiera, de que pueden llegar a comprenderse -aproximarse a la distancia-, de que en esencia no son tan diferentes. La opinión final de los autores del informe resulta ineluctable: si en verdad queremos conquistarlos, tenemos que liquidar esta perversa plaga. O, en último caso -como siempre han hecho sus tiranos-, obligarlos a trabajar de nuestro lado.

Jorge Volpi
Informe sobre falsarios

Fot. The Fly
from Robert Hooke’s Micrographia, 1665

Palabras


Él sabía palabras que nadie más sabía y se las murmuraba entre los cabellos, en los dos pabellones de carne rosada, como una respiración recóndita, casi inaudible, pero que dentro de ella crecía inmediatamente en trueno y estrépito de amor.

Gesualdo Bufalino
El hombre invadido
Ed. Anagrama, 1988
Trad. Joaquín Jordá

Fot. Robin Isely

Conveniencia


“Así empieza lo malo y lo peor queda atrás”, eso es lo que dice la cita de Shakespeare que Muriel había parafraseado para referirse al beneficio o la conveniencia, al perjuicio comparativamente menor, de renunciar a saber lo que no se puede saber.

Javier Marías
Así empieza lo malo
Alfaguara, 2014

Fot. Yuri Kurnosov