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domingo, 4 de febrero de 2018

Memoria


Hay una ciudad del placer
bajo la piel de la otra ciudad.
Hay una geografía prohibida
tras los muros opacos de las casas.
En ocasiones, como el viejo diablo cojo,
volamos dichosos, sobre los techos de cristal
y espiamos los secretos de la memoria:
aquí gocé, estoy seguro;
aquí fui feliz, creo;
aquí me divertí, supongo;
aquí, por lo que todavía siento,
diría que el amor dejó su rastro.

Rafael Argullol

Fot. Sant Felip Neri, Barcelona

jueves, 3 de agosto de 2017

Conocer


Querer conocer es aceptar introducirse en un laberinto en el que ninguna de las salidas es inocente.

Rafael Argullol
El cazador de instantes
Ed. Acantilado, 2007

Pint. Hieronymus Bosch
El Jardín de las Delicias (detalle), hacia 1500

lunes, 31 de julio de 2017

El sueño


El sueño es como una partida de ajedrez conmigo mismo, pero sin reglas. El alfil hace de torre, el caballo avanza verticalmente, e incluso los peones pueden declararse reyes. Cada noche los tronos de la razón son usurpados por advenedizos y nouveaux riches. Y en cada despertar fingimos que el antiguo régimen ha sido restaurado.

Rafael Argullol
El cazador de instantes
Ed. Acantilado, 2007

Fot. John Baldessari
Kiss, Hair, Hands, 1986

martes, 27 de junio de 2017

Lo que perdura


El rasgo esencial de lo erótico es la drástica modificación del curso del tiempo. Eros alumbra nuestros momentos áureos y, simétricamente, estos entretejen nuestra constelación erótica. Se exige, así, una suerte de doble nacimiento según el cual la fuerza de un instante, siendo imprescindible como acción, todavía es más importante si logra traspasar el filtro de la evocación. Lo erótico conlleva deseo y poder, pero estos únicamente sobreviven si son capaces de superar la prueba de la memoria.
La tensa espera de un determinado acontecimiento, la caricia sobre un cuerpo, la contemplación de algo bello o terrible, sólo llegan a incorporarse a nuestro espacio mítico si permanecen y crecen en nuestro recuerdo. A este respecto la criba es gigantesca: aquello que pareció único y singular, aquello que al ocurrir parecía que marcaba para siempre nuestras vidas puede desvanecerse frecuentemente en el olvido más absoluto. Para que el poder perdure se necesita que continúe ensanchándose la onda expansiva, se necesita que continúe escuchándose el eco. La pasión no radica en lo que sucedió sino en lo que, salvando las trampas del laberinto, sigue sucediendo.

El cazador de instantes.Cuaderno de travesía 1990-1995
Ed. Destino

Lo que perdura


El rasgo esencial de lo erótico es la drástica modificación del curso del tiempo. Eros alumbra nuestros momentos áureos y, simétricamente, estos entretejen nuestra constelación erótica. Se exige, así, una suerte de doble nacimiento según el cual la fuerza de un instante, siendo imprescindible como acción, todavía es más importante si logra traspasar el filtro de la evocación. Lo erótico conlleva deseo y poder, pero estos únicamente sobreviven si son capaces de superar la prueba de la memoria.
La tensa espera de un determinado acontecimiento, la caricia sobre un cuerpo, la contemplación de algo bello o terrible, sólo llegan a incorporarse a nuestro espacio mítico si permanecen y crecen en nuestro recuerdo. A este respecto la criba es gigantesca: aquello que pareció único y singular, aquello que al ocurrir parecía que marcaba para siempre nuestras vidas puede desvanecerse frecuentemente en el olvido más absoluto. Para que el poder perdure se necesita que continúe ensanchándose la onda expansiva, se necesita que continúe escuchándose el eco. La pasión no radica en lo que sucedió sino en lo que, salvando las trampas del laberinto, sigue sucediendo.

El cazador de instantes.Cuaderno de travesía 1990-1995
Ed. Destino