martes, 23 de mayo de 2017

Convicciones


Nuestras convicciones más arraigadas, más indubitables, son las más sospechosas. Ellas constituyen nuestro límite, nuestros confines, nuestra prisión.

José Ortega y Gasset

Fot. Michael Ryerson
Pittsburgh, 1940

El deseo de estar en otro sitio



He soñado primaveras lejanas, un sol que no alumbraba más que la espuma de las olas y el olvido de mi nacimiento, un sol enemigo del sol y de ese mal de no encontrar más que el deseo de estar en otro sitio.

Emil Cioran
Breviario de podredumbre
Ed. Taurus, 2014
Trad. Fernando Savater

Fot. Dorothea Lange

El aire



(...) para Nietzsche, el aire es la sustancia misma de nuestra libertad, la sustancia de la alegría sobrehumana. El aire es una especie de materia superada, como la alegría nietzscheana es una alegría humana superada. La alegría "terrestre" es riqueza y gravedad -la alegría "acuática" es blandura y reposo- la alegría "ígnea" es amor y deseo -la alegría aérea es libertad. 
El aire nietzscheano es entonces una extraña sustancia, es la sustancia sin cualidades sustanciales. Puede, por lo tanto, caracterizar al ser como adecuado a una filosofía del devenir total. En el reino de la imaginación, el aire nos libera de las ensoñaciones sustanciales, íntimas, digestivas. Nos libera de nuestra adhesión a las materias: es, pues, la materia de nuestra libertad. A Nietzsche el aire no le trae "nada". No le da "nada". Es la inmensa gloria de una Nada. Pero no "dar nada" ¿no es el más grande de los dones? El gran donador de las manos vacías nos libera de los deseos de la mano tendida. Nos acostumbra a no recibir nada, en consecuencia a tomarlo todo. ¿No es el donador, pregunta Nietzsche, quien debe dar gracias al que se ha dignado a recibir?" (...) Pero desde ahora ya se comprende que el aire es esa "sustancia infinita " que se atraviesa de una vez, en una libertad ofensiva y triunfante como el rayo, como el águila, como la flecha, como la mirada soberana e imperiosa. En el aire arrebata uno a su víctima en pleno día, sin ocultarse.

Gaston Bachelard
El aire y los sueños. Ensayo sobre la imaginación del movimiento
Ed. FCE
Trad. Ernestina de Champourcin

lunes, 22 de mayo de 2017

Fetichismo



-Creo -dijo Brown- que de niños estamos muchos más inclinados a ser fetichistas de una forma u otra. Recuerdo que me escondí en el guardarropa de mi madre y me extasiaba oliendo y tocando sus vestidos. Aún hoy no puedo resistir a una mujer que lleve un velo, un tul o unos adornos de plumas, porque despierta en mí las extrañas sensaciones que experimentaba en el guardarropa.
Mientras contaba aquello recordé que también yo, cuando contaba trece años, me escondí en el guardarropa de un joven, y por la misma razón. Él tenía veinticinco años y me trataba como a una chiquilla, pero yo estaba enamorada de él. Sentada a su lado en el coche en el que nos llevaba a dar largos paseos, el simple contacto de su pierna con la mía me producía el éxtasis. Por la noche me metía en la cama, apagaba la luz y sacaba una lata de leche condensada en la que había practicado un orificio. Me sentaba a oscuras chupando la leche dulce con una inexplicable sensación voluptuosa en todo el cuerpo. Pensé entonces que estar enamorada y sorber leche dulce guardaba relación. Lo recordé mucho tiempo después cuando probé el semen por primera vez.

Anaïs Nin
Delta de Venus

Fot. Nobuyoshi Araki

Más allá



La luz entra por la ventana
y crea un vacío lleno de sombra
que se proyecta a partir de tu cuerpo.
Allí se alojan todos los recuerdos
rotos sobre los que construir el futuro.
Solo se puede oír ese susurro interno,
ese opaco y débil sonido que da sentido
a lo que está más allá de todas las palabras.



Azar



Lo atroz —y también lo maravilloso— de nuestras vidas, es que están parapetadas sobre lo aleatorio, lo gratuito, lo caprichoso.

Piedad Bonnett
Lo que no tiene nombre
Ed. Alfaguara, 2013

Fot. Edward Steichen
Three Apples. France, 1921

Tiembla


Ella extiende la seda negra sobre su rostro. Tiembla. Él dice que se excusa. Ella dice que no es nada, que es aquella palabra, pronunciada aquí, en esta habitación. Ella dice además que el amor puede llegar también de este modo, escuchando decir de alguien desconocido cómo eran sus ojos.

Marguerite Duras
Los ojos azules pelo negro
Ed. Tusquets, 1997
Trad. Clara Janés

Fot. Elysa Obscura