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jueves, 28 de marzo de 2019

La rosa más roja se abre



¿Por qué viniste a perturbar mi decadencia?

Soy vieja (era vieja hasta que llegaste);

la rosa más roja se abre

(qué ridículo, en esta época, en este lugar,
imposible, impropio, hasta ligeramente escandaloso),

la rosa más roja se abre;

(nadie puede detener, ninguna amenaza inmanente del aire,
ni siquiera el clima, que marchita nuestra fruta veraniega),

la rosa más roja se abre

(tienen que tomarlo en cuenta).

Por qué viniste

domingo, 16 de diciembre de 2018

La vara en flor


LA VARA EN FLOR

Voy donde amo y soy amada
hacia la nieve;

Voy hacia aquello que amo
sin ningún pensamiento de deber o piedad;

Voy hacia donde pertenezco, inexorable,
como la lluvia que no ha cesado de caer

hacia los surcos; he dado
o podría haber dado

vida al grano;
pero si éste no crece o madura

con la lluvia de la hermosura,
la lluvia retornará a la nube,

quien cosecha afila su acero sobre piedra;
pero éste no es nuestro campo,

no lo hemos sembrado;
impiadosos, impiadosos, dejemos

el sitio de la calavera
para aquellos que lo compusieron.
...

Satisfechos, insatisfechos,
saciados o entumecidos de hambre,

he aquí la urgencia eterna,
la desesperación, el deseo de equilibrar

la variante eterna;
tú percibes este llamado insistente,

esta demanda de un cierto instante,
la vocación de gozar, de vivir,

no el mero afán de perdurar,
la vocación de vuelo, de consecución,

la vocación de reposo tras un largo vuelo;
pero ¿quién conoce la desesperada urgencia

de esos otros –verdaderos tal vez ahora
míticos pájaros—que buscan, infructuosos, reposo

hasta que se desploman desde el punto más alto de
la espiral
o caen del centro mismo de un círculo cada vez más estrecho?

pues ellos recuerdan, recuerdan, al mecerse y revolotear
lo que existió una vez –recuerdan, recuerdan—

ellos no se desviarán –han conocido la bienaventuranza
el fruto que satisface –han retornado—

¿y si las islas se perdiesen? ¿si las aguas
cubrieran las Hespérides? Mejor es que recuerden—

recuerden las manzanas doradas del árbol;
Oh, no los compadezcas, mientras los ves caer uno por uno,

pues caen exhaustos, adormecidos, ciegos,
pero en un cierto éxtasis,

pues de ellos es el hambre
del Paraíso.

De Trilogía, 1944-1946
Traducción: María Negroni y Sophie Black

jueves, 27 de septiembre de 2018

Por qué viniste


Por qué viniste

¿Por qué viniste
a perturbar mi decadencia?
Soy vieja (era vieja hasta que llegaste);
la rosa más roja se abre
(qué ridículo,
en esta época, en este lugar,
imposible, impropio,
hasta ligeramente escandaloso),
la rosa más roja se abre;
(nadie puede detener,
ninguna amenaza inmanente del aire,
ni siquiera el clima,
que marchita nuestra fruta veraniega),
la rosa más roja se abre
(tienen que tomarlo en cuenta).

Fot. Man Ray
Retrato de Hilde, 1922

viernes, 24 de noviembre de 2017

El templo del acantilado


EL TEMPLO DEL ACANTILADO

I

Amplio portal brillante,
borde de roca,
rocas fijadas en salientes largos,
fijadas al oscuro, plateado granito,
a una roca más clara
-un corte limpio, blanco contra blanco.

Ninguna cabra, arriba
-arriba-, trepa, ni oveja alguna
pisa tu suave hierba;
te alzas, borde del mundo,
pilar celeste.

El mundo se elevó:
estamos junto al cielo;
sobre nosotros chillan los halcones,
planean las gaviotas
-el terrible oleaje queda mudo
desde este lugar.

Abajo, al filo de la roca,
donde la tierra es presa de fisuras
del roto acantilado,
un arbusto resiste al vendaval,
se dobla -pero huelen
sus blancas flores a esta altura.

Y bien abajo,
ruge el viento:
silba, retumba,
gruñe -aplasta la hierba
con su gran pie.

II

Dije:
¿debo seguirte siempre, siempre,
a través de las piedras?
Casi te alcanzo. Escapas:
corres más que mi mano.

Me asombraste.
Grité: querido, bello, misterioso
-pulpa blanca de mirto.

Me astillé y desgarré:
el sendero ascendía
más veloz que mis pies.

Si un demonio pudiera vengar este dolor,
le lloraría -si un fantasma pudiera,
gritaría, oh maldad,
sigue a este dios,
ríete de su mal y de su vicio.


III

¿Me tiro desde aquí,
salto, y así estaré contigo?
¿Me dejaré caer, amado, amado,
unidos los tobillos?
¿Te daría yo pena, oh pecho blanco?

Si despertara, ¿te daría pena,
se encontrarían nuestros ojos?

¿Te has dado cuenta,
sabes cómo subí por esta roca?
Falta de aliento, me incliné hacia fuera,
tambaleante entre los arrayanes.

Dios del acantilado, ¿te das cuenta
de lo lejos que están los bordes de tu casa,
cuánto tuve que andar?

IV

Sobre mí gira el viento.
Estuve ante tu puerta
y yo sé
que tú estás más allá,
más lejos todavía, en otro acantilado.




lunes, 14 de agosto de 2017

Ni piel ni cuero ni vellón


Ni piel ni cuero ni vellón
te cubrirán,
Ni cortina de seda ni refugio
de cedro hallarás sobre ti,
Ni pino
Ni abeto.

Ni visión de aliaga o de espino
Ni de tejo de río,
Ni la fragancia del arbusto en flor,
ni la queja del tordo al despertar,
ni la del zorzal
ni la del pardillo.

Ni la palabra ni el contacto ni la vista
del amante en la noche
anhelarás sino ésto:
el rodar de la marea entera para cubrirte
sin preguntas
sin besos.

Leteo

Fot. anónima de la autora

lunes, 15 de febrero de 2016

Esquívame


No una fantasía poética
sino un hecho biológico,

constatación: soy una entidad
como un pájaro, un insecto, una planta

o una célula de alga;
vivo; estoy viva;

cuidado, ni te acerques,
niégame, no me reconozcas,

esquívame; pues esta realidad
es contagiosa -el éxtasis.

Poemas de Helena en Egipto

Fot. Hilda Doolittle in Egypt, 1923