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domingo, 11 de junio de 2017

Las peras de Dios


Sucedió, entonces, que las peras empezaron a ser más que peras. Sucedió el verano de las tetas, ya no sé si estas eran un símbolo de las peras o las peras una metáfora de las tetas. "Las blanquillas son un fruto deleitoso, algo alargado y con la piel muy suave y perfumada alrededor del pezón.” “La mantecosa francesa es en disminución hacia el pezón y allí se termina en punta, no así el pezón de la mantecosa dorada que es grueso y protuberante…” Yo no creo que muchos adolescentes en el mundo se hayan escondido con el catálogo de unos viveros entre las manos pecadoras. Y era imposible tropezarse con una mujer sin entrar en las equivalencias. A las primas les vigilábamos el escote. Yo había calculado por mi cuenta que deben ser muy hermosos los pechos de las primas temblando en los desvanes, pero el primo Carlos aleccionó que nunca puede adivinarse cómo los tienen y que mejor aún que la realidad era la duda. Hay peras de Dondingo en troncos de cono y, según mostraban las ilustraciones del catálogo, “con el pezón graciosamente salido”. Justo como la profesorita que venía de ayuda para los suspensos en junio, cuando le orientábamos el ventilador hacia la blusa sin que ella se maliciase de nada. Pero la Gran Duquesa de invierno. La Gran Duquesa de invierno a una doble página del catálogo era muy ofrecida por su fruto voluminoso. El pezón de la gran Duquesa bajo los viveros de Aranjuez, con medalla en varias exposiciones, es “delicadamente moreno”…

Antonio Pereira
Las peras de Dios
Todos los cuentos
Ed. Siruela.

Fot. Masao Yamamoto

jueves, 13 de octubre de 2016

Todos los cuentos


«...tú, esencialmente, eres poeta, y, precisamente porque eres poeta, escribes una prodigiosa narrativa breve.» 

Del prólogo de Antonio Gamoneda a esta edición.

Cuentos, relatos, narraciones breves, las historias de Antonio Pereira, el viajero visionario y vitalista por los vasos comunicantes de la memoria y el sueño. Desde el deslumbramiento juvenil por Rimbaud y la literatura francesa al diálogo amistoso con sus pares, Borges o Cunqueiro. En cada página un huésped conmovedor, la emoción compasiva por los humildes, la sonriente raíz cervantina del elogio de la libertad. Un maestro de la brevedad intensa en la frontera de los géneros, con la delicadeza cómplice de quien entiende la escritura como otra forma civil de la felicidad. Esta es su iluminación tolerante, la desnuda toma de verdad como dejó escrito Vicente Aleixandre refiriéndose a la poética de Pereira.

Reseña del editor

Antonio Pereira Todos los cuentos
Ed. Siruela 2012

martes, 4 de octubre de 2016

Miradas


A veces viene a la provincia la Sinfónica de Bratislava o una lejanía así.
Es una novedad, pero no toda la novedad está en la música.
Esa chica del violín que en la orquesta está lánguida de melena y a lo mejor se llama María o Claudia, educada para la vibración casi celeste, trémolos, pizzicatos, a esa mujer vestida de raso ni se le ocurre que en la sala hay ojos codiciosos de hombres que la apartan a ella del conjunto e imaginan juegos de amor para sus manos, dedos.

Antonio Pereira   La violinista
Incluido en Todos los cuentos
Ed. Siruela, 2012

Fot. Jean-François Lepage

miércoles, 10 de agosto de 2016

Pudor


El pudor era un meteoro
el pudor era un meteoro como la lluvia y el viento
el pudor era un meteoro como la lluvia y el viento y el fuego de santelmo
el pudor era un meteoro como la lluvia y el viento y el fuego de santelmo y la nieve y el rayo
el pudor era impredecible más que todos los meteoros juntos
porque no hay cabañuelas para el pudor,
sabes que va a llegar,
no dónde, cuándo,
si con la furia de la tormenta,
si en el agua sumisa de las lágrimas.

… Y la tarde pasaba larga larga,
jugando a un botón más, oh riesgo hermoso.

Antonio Pereira  Sesenta y cuatro caballos
Ed. Calambur, 2011

lunes, 27 de junio de 2016

Creí morir


La plaza estaba oscura, y yo caminaba indiferente por el interior de los soportales. De pronto se acabaron los soportales y giré la cabeza, y encima de mí, aplastándome con su belleza y también con su enormidad, estaba la catedral. Creí morir. Nadie me había dicho que un ángel hermoso puede matarnos con su sombra, nadie me había hablado de Rilke.

Antonio Pereira, La belleza terrible
Incluido en Antonio Pereira, Todos los cuentos
Ed. Siruela, 2012
Prólogo de Antonio Gamoneda

Fot. Charles Nègre
Henri Le Secq et Le Stryge
Notre Dame de Paris, 1853

viernes, 15 de enero de 2016

Palabras, palabras para una rusa


Pocas veces he tratado de cerca a una rusa. Pero una vez, en Moscú, tuve una relación tan íntima que no he lle­gado a olvidarla. La historia empezó con la llegada de unos turistas argentinos. Regresaban al hotel a medianoche, alborotando de­lante de la gran puerta de cristal, y bastó que supieran que era español para molerme con sus abrazos. Les adver­tí que en Rusia no se anduviesen con bromas. No acababa de decirlo cuando apareció una pareja de milicianos. Los gauchos cantaban, bebían de botellines que llevaban en los bolsillos de sus abrigos demasiado delgados, un baila­rín arrastraba los pasos de un tango brindándoselo a los rusos. Vino un coche patrulla. Los policías rusos se man­tenían a una distancia que me pareció diplomática. Si­guieron observando, pero no llegaron a intervenir.
Los argentinos venían a Moscú para un partido de fútbol, y a la mañana siguiente los encontré en el desayu­no, perfectamente sobrios y correctos. Me tocó desayunar con un matrimonio joven y con un profesor de Tucumán que sobre la mesa había puesto una cajetilla de tabaco de su país y un ejemplar de La Nación. Fumamos después del café. La lejanía y el comentario de las noticias nos dejaron unidos, y de allí salió la idea de que aquella misma noche nos fuéramos a un restaurante para continuar la amistad. Yo llevaba en la ciudad más días que ellos. Los guías me habían hablado de un lugar donde nunca falta­ba el stérliad, una variedad famosa del esturión, de mane­ra que les hablé a los argentinos del stérliad como si a mí me hubieran destetado con ahumados y con caviar.
Fue en la avenida Kalinin. En el guardarropa inmen­so parecía que no iba a caber un abrigo más. Pero no dejaba de ser interesante aquella fiesta numerosa donde acabábamos de caer, mientras por fuera de los ventanales  caían cortinas de nieve.
No una, sino tres o cuatro fiestas.
Al fondo del salón comía y bebía la gente porque un camarada profesor de Conservatorio había llegado a la jubilación. En otra zona, apenas marcada por unos biombos, se comía y bebía porque a un camarada obrero especializado lo habían condecorado con una medalla. A no­sotros nos colocaron casi en una boda rusa, parecía que aquella noche no estaba previsto que llegara nadie a ce­nar a su aire... Pegando a nosotros teníamos las mesas adornadas y alegres del casorio, con gentes que se cono­cían y hablaban y bromeaban de mesa a mesa. Si no fuera por esas diferencias ligeras pero inevitables en los trajes, en el corte de pelo, nosotros mismos hubiéramos podido pasar por invitados o parientes, un poco tímidos y lejanos. No nos pusieron el adorno de flores rodeadas de muérdago, que nos hubiera integrado definitivamente. Pero el caviar de esturión y el caviar rojo, los pescados fríos y a la parrilla, el lechón rodeado de rabanitos silves­tres y los pasteles que iban llegando a nuestros manteles, todo el menú yo creo que provenía de aquel Caná esplén­didamente regado, aunque luego nos lo cobraran en nues­tra cuenta...
No se puede vivir una situación así a cara de perro. Nadie sería capaz de comer y beber en un banquete o en sus aledaños sin prestarse a concelebrarlo para los aden­tras del alma. Yo no sé cómo caí en la ocurrencia de sacar mis sentimientos al exterior. A medida que progresaba la sucesión de los platos, y principalmente de las bebidas, los rusos y las rusas arreciaban en sus brindis sencillos pero que sonaban a sincero y noble.
-Priviet!, Priviet! -se escuchaba a nuestro alrede­dor como una consigna.
En el local había una temperatura ensoñadora, como de noche de Nochebuena en nuestra casa lejana... Afuera era la estepa y unos grados por debajo de cero y las calles por donde habían transcurrido las comitivas de los zares y las avanzadas de la revolución... De manera que yo co­pié el brindis sacramental y levanté mi copa (no sé qué número hacía esa copa), en un estado de ánimo que casi me traía lágrimas a los ojos:
-Priviet  Priviet!
Me había olvidado para siempre de los argentinos, che. A mí me interesaban los rusos. Yo quería que los ru­sos y yo y el mundo oriental y el occidental fuésemos feli­ces, me hubiera puesto a besar a todos aquellos hombres y mujeres de aspecto trabajador, generalmente coloradotes... Entonces, con mi copa todavía en alto, me llegó de la mesa de enfrente una simpatía fugaz. Instintivamente supe hacia dónde tenía que mirar. Encontré una sonrisa que ya se estaba cerrando con un gesto temeroso de arre­pentimiento, unos ojos que jugaban al código universal de la mujer que quiere y no quiere. Juro que me replegué con prudencia, convencido de que hay en el mundo sufi­cientes mujeres como para no tener que buscar a las que ruedan acompañadas. Esta de ahora estaba visiblemente asociada a un marido de cara sana y honrada (o sea, una cara de marido), y yo siempre he sentido un gran respeto por este tipo de hombres.
Luego, el ambiente siguió cargándose. Mis ideas eran menos claras, pero al mismo tiempo eran más cabe­zonas. Los gruesos cigarros de Crimea extendían sus ve­los de paraíso artificial sobre el espíritu de los alcoholes, y yo me sentía ensimismado, pero también exaltado, con el sonar nostálgico de las balalaicas. Porque supongo que serían balalaicas aquellas guitarrillas triangulares que con tan pocas cuerdas nos bañaban en un río de olvidos. Cuando los comensales más folklóricos se habían desfo­gado con las danzas típicas y la orquesta de señoritas (o de matronas) empezó con los bailes de sociedad, cuando vi que salían al ruedo parejas de chica con chica como en mi pueblo y me aseguré de que era costumbre el cederse la pareja o sacar a la mujer del vecino, todo tan bien in­tencionado y fraterno, no supe resistir el embrujo lento de los violines y como si llevara a un extraño dentro de mi traje cruzado a rayas me vi marchando hacia la mesa de la desconocida, que acaso había decidido olvidarme...
Todavía tuve un amago de reflexión.
Fue cosa de unos segundos. El pensamiento que me vino fue el de pedir fuego para el cigarro, la más estólida y universal de las aproximaciones. Ahora estaría contán­dolo con mucha vergüenza. No pedí fuego sino que esbocé un saludo que abarcase a los diez o doce convidados del grupo, que no sé si serían del novio o de la novia.
-Buenas noches, con permiso -algo así les dije a los camaradas invitados, en el mismo castellano que si le hablara a gente de Madrid.
Los vi callarse en seco. Los vi mirar hacia cualquier parte, una señora se echó el chal sobre los hombros como si acabaran de abrir una puerta que diera a la calle. Yo sostuve el tipo como un caballero español que no tiene nada que reprocharse. Esto hizo que los rusos reacciona­ran, hubo sonrisas tímidas, luego fueron caras divertidas y hasta bondadosas. Es verdad que los rusos son reserva­dos con los extranjeros. Pero serviciales. Recuerdo una viajera que en la estación de Mayakóvskaya me sujetó para que no me partiera los huesos en una escalera ro­dante:
-BEREGUIS! BEREGUIS! -o un aviso parecido que yo imaginé en letreros con letras rojas y mayúsculas.
Aquella del Metro vestía un traje sastre algo varonil, y la fuerza de sus músculos no viviré yo bastantes años, para agradecerla... Pero me estoy alejando de lo suave y lo dulce que iba a tener en mis brazos, al compás de un blues o como se diga en ese otro mundo de los comunis­tas, tan diferente, tan parecido al nuestro. Ya he dicho que los de la boda empezaban a mirarme bien. La mujer de mi obstinación se había quedado perpleja cuando des­pués de la cortesía general al grupo me incliné mirándola en una petición inequívoca. Casi aterrada, pero conmovi­da, así es, discretamente conmovida, esbozó una negativa cortés. Entonces ocurrió el gesto abierto y civilizado del marido que la autorizaba e incluso la animaba con una afirmación de la cabeza que no necesitaba palabras.
Accedió perezosamente. Se puso de pie, y un momen­to sonrió a sus acompañantes como diciendo qué otra cosa puede hacerse con un forastero. Llevaba un vestido sedoso y negro, modesto pero distinguido, se me ocurrió que no procedía de los almacenes del Estado y que acaso se lo hu­biese hecho ella misma. Entonces la conduje hacia la pista, tan llena que apenas podía verse el mármol suntuoso so­bre el que bailaban las parejas. Nos enlazamos con caute­la. A mí me bastaron los primeros pasos para saber que la mujer era falsamente delgada, honesta, y probablemente sensible. Bailábamos como quería San Ambrosio, o sea que un carro cargado de hierba pudiera pasar por entre nuestros cuerpos. Podía mirarla a la cara, pero la rusa, en­tonces, sentía una curiosidad urgente por las otras gentes o por las lámparas o lo que fuera, con tal de no tropezarse con mis ojos. La verdad es que yo no tenía más deseos que la admiración decente de aquella belleza delicada, cómo iba a imaginarme que llegaríamos a lo que luego llegamos.
Me parece que empecé hablándole de la concurren­cia tan alegre del restaurante, del frío que había llegado de repente a Moscú, de cosas sin importancia.
Le hablaba despacio. Le hablaba reclaro. Ella ense­ñaba una sonrisa cobarde y ladeada, y con un movimien­to de la cabeza negaba toda posibilidad de entenderme. No importa, le hice saber no sé de qué manera.
Poco a poco dejó de negar y yo vi que empezaba a prenderse en el hilo de las palabras. Alguna vez me han dicho que tengo una voz grave y sonora, próxima a lo abacial -no sé si me elogian-, incluso a lo enfático. Yo no sabría decirlo, porque nadie escucha su propia voz. Luego, en el excitante ambiente del lugar bastaba una leve intención artera para que las palabras se vieran real­zadas por el misterio... Sin forzar las cosas, nuestros cuerpos mortales se acercaron un poco, pero sin llegar al protagonismo.
Fue entonces cuando empecé a ser claramente consciente de mis armas. Me puse a inventar cadencias; ex­plotaba las pausas entre frase y frase, como se gobiernan los tiempos del amor cuando se tiene a una mujer para toda una noche hermosa. Nadie en el mundo que nos vie­ra bailando hubiera podido tacharnos de promiscuidad, ni siquiera de inconveniencia. Pero yo veía subir a mi compañera por una escala de emociones que se le refleja­ban en el rostro huidizo, en el ritmo de la respiración so­focada... Ahora me convenía descuidarme totalmente de los significados, concentrarme en el hálito que se des­prendía de las palabras como una caricia o un veneno. Se me ocurrió recitarle la Salve, que es la única oración que recuerdo de cuando yo era bueno. «Reina y madre / de misericordia... / vida y dulzura... / esperanza nuestra...» Jamás hubiera sospechado la eficacia de este invento pia­doso. Mi amiga, mi dulce amiga, no podía descifrar «en este valle de lágrimas», y sin embargo sus ojos verdosos se humedecieron. Yo le enseñé a que nos comunicáramos con la presión solapada de las manos, y me alegré porque la orquesta no hacía ninguna pausa, era como nuestras orquestas de los veranos que tocaban series muy largas. El caso es que no se me acabara la cuerda. Hubiera queri­do recordar todas las oraciones de la catequesis. Debí de asociar la catequesis con la escuela y encontré como un tesoro la tabla de multiplicar -tres por una es tres; tres por dos, seis; tres por tres, nueve-, y ella dejándose mecer -cinco por cuatro, veinte; cinco por cinco, veinticinco; cinco por seis, treinta, hasta que me atasqué en la tabla del 7.
Aquel desfallecimiento lo empleé en hacerme figuraciones sobre esta mujer, porque me moriré sin saber su nombre, su profesión, el origen de aquella tristeza vaga de sus ojos. En vano intenté ponerle el guardapolvo de una fábrica, la bata blanca de un laboratorio, porque nada podía quitarle su aire de dama romántica de una novela de Tolstoi o de un poema de Puchkin.
¡Pero cómo no se me había ocurrido antes lo de los poemas! La inspiración me llegó en el momento justo cuando la Karenina o como se llamara recuperaba la ti­bieza inicial y un aflojamiento de su mano me estaba di­ciendo que debíamos volver a nuestras mesas tan separadas como nuestros mundos. Yo no la solté. La orquesta tocaba las mismas piezas sentimentales que se oían en Pasapoga en los años 50, y despacio, sobre la música de fondo, empecé con La casada infiel. Volvió la tensión, oculta a soldarnos con más fuerza que antes, ahora an­gustiosamente, como si ella y yo supiéramos que esta lo­cura estaba a punto de terminar. Menos mal que sé poesías de Lorca, de don José Zorrilla, de Garciasol... Mi compañera entornaba los ojos. No habíamos llegado al clímax, pero yo lo auguraba próximo, gracias a esas antenas erectas y sensibles que son cualidad del amante...
La llave la tenía un poeta que se llama Crémer.
-«Qué cercano a las nubes ese límite de fuego» -me escuché decir, imparable en mi determinación-. «Bajo la bóveda sombría arde la catedral. / Cuatro farolas la guardan / con verdes ojeras de soledad / y lentos ríos de sombra / avanzan por calles de cristal / con lunas como cu­chillos / resplandeciendo en el fondo del mar.»
Con la lucidez de un viejo sátiro que experimentara sobre una doncella llegué a advertir que mi pareja me clavaba sus uñas afiladas al caer de los versos pares, allí donde el acento hace agudas como lanzas a las palabras. Y cuando «Un desnudo viento arranca / hebras de serenidad / a los rostros de piedra y de lluvia / de San Pedro y de San Juan», mi rusa, mi amor, entregó ese gemido an­helante de la hembra que ya no puede más. Entonces rompió su silencio de palabras y yo escuché la súplica que me sonó como un grito, aunque ella lo dijera como un susurro para mí solo:
-Niet, niet.
O sea  -era fácil de traducir-: «No, no, basta ya, por favor, usted y yo hemos ido demasiado lejos.»
Se soltó de mi abrazo, que no había dejado de ser un abrazo de salón a los ojos de todos, y yo la seguí hasta su mesa, a donde llegó astutamente recobrada de su aventura y con el rostro más inocente del mundo. Deseché el továrisch (camarada) que me habían enseñado en ruso.
-Gospoyá... -o sea, señora, agradecí inclinándome como si estuviéramos en el casino de Palencia.
Y al marido:
-Gospodín... -que quiere decir señor.

Antonio PereiraPalabras, palabras para una rusa