domingo, 3 de junio de 2018

Escribir, recordar


Escribir ayuda a recordar. La lógica de la cronología obliga a pensar en lo que viene después. Pero también entra en juego la lógica de la imaginación. Una imagen genera otra que no tiene nada que ver con ella –o que, quizá tiene mucho que ver, aunque no lo parezca–.

Charles Simic
Una mosca en la sopa
Ed.  Vaso Roto Ediciones, 2010
Trad. Jaime Blasco

Fot. Rodney Smith

Raro


Todo lo que es hermoso es tan difícil como raro


Fot. Franciscan monk working
Mission Santa Barbara, ca.1904

sábado, 2 de junio de 2018

Habitaciones


A veces he pensado que la naturaleza de una mujer es como una casa enorme llena de habitaciones: está el vestíbulo, donde uno recibe a las visitas formales; la sala de estar, donde los miembros de la familia entran y salen; pero más allá, mucho más allá existen otras habitaciones cuyas puertas nunca se abren; nadie conoce el camino hasta ellas y en la habitación más íntima, el alma se sienta a solas y espera oír unos pasos que nunca llegan.

Edith Wharton
Cuentos completos
Ed. Páginas de Espuma
Trad. E. Cotro y M. Fernández Estañán

Fot.  Kristen Hatgi

Reyes menores


Por supuesto que este amor era un completo absurdo, e incluso una crueldad por mi parte, porque de qué le servía si el mundo no le perdonaría ninguno de sus defectos.
Y cuando el mundo no te los perdona, no te los perdona nadie, ni siquiera tu madre.
Las buenas madres resuelven estos casos de forma rápida y radical.
Así fue como nuestra vecina, una mujer sabia a la que muchos acudían en busca de consejo y ayuda para sus problemas de salud, amor y dinero, inmediatamente después del parto metió a su cuarto hijo en una bolsa de plástico y lo tiró a la basura.

Zoran Malkoč
El cementerio de los reyes menores
Ed. Rayo Verde, 2016
Trad. Luisa Fernanda Garrido

Fot. Ben Rains

Elogio al aburrimiento IV


Aburrirse -sentirse infinito. Percibir cada latido de nuestro pulso, cada rayo de luz o gota de agua que cae, cada murmullo que se produce, cada emanación que se exhala; percibir lo inmediato y lo lejano, lo imponderable y lo fácil, lo perenne y lo sombrío y lo evidente o confuso que pudiera haber en cuanto nos rodea, en cuanto rodeamos.

Todo tuvo su origen en el aburrimiento. Estas palabras, que Dostoievski pone en boca del narrador de "Memorias del subsuelo" y que constituyen uno de los mejores comienzos que quepa imaginar para cualquier historia o aventura, serían también el comienzo inmejorable de este escrito, de no ser porque el aburrimiento hoy parece abolido, se encuentra a un paso de ser desterrado de la superficie del mundo. Lo que alguna vez se consideró el "mal del siglo" está finalmente muy cerca de desaparecer, arrasado por el ingenio y la diligencia del hombre.
El frenesí se ha apoderado de casi todas las actividades, el vértigo atraviesa las emociones, cada día sale a la venta un nuevo artilugio para matar el tiempo. Más información, más simultaneidad, más aceleración y más enlaces. Y todo delante de nosotros, todo al alcance de la mano. La misma saturación en la carátula del reloj de una jornada típica, atiborrada de citas, desplazamientos, compromisos, signada por la obligación de pasársela bien, de entretenerse a toda costa, impide que tenga lugar una pausa, esa merma de sentido que introduce el aburrimiento; cancela que la malla de las ocupaciones se rasgue de improviso y al menos por un instante, por un instante atroz, un instante estremecedor e imperdonable, liberados del cúmulo de cosas que creemos nos definen, alcancemos a entrever nuestro propio vacío.
Aunque rara vez estemos en condiciones de aceptarlo, la ansiosa batalla que se libra en todos los rincones contra el aburrimiento es la mejor prueba de su apogeo, el indicio de su vitalidad paradójica. La diversión elevada a un deber, la saciedad entendida como recomienzo frustrante, la urgencia por alcanzar la insensibilidad frente al paso del tiempo: síntomas demasiado extendidos de una civilización que ha llegado a la cúspide de su ansiedad, que sitúa el trabajo por encima del ocio, el entretenimiento por encima de la contemplación, el estruendo por encima del silencio. Y todo porque cada vez estamos menos capacitados para soportarnos a nosotros mismos y no tenemos más remedio que convencernos de que, antes que encarar al aburrimiento, antes que lidiar con él y aceptarlo y mirarlo de frente sin apartar los ojos, estamos en condiciones de vencerlo.

Ed. Sexto Piso, 2012

Fot. Alain Fleischer
Miroirs  (De la serie: ‘miroirs-tiroirs’), 1981

Elogio al aburrimiento IV


Aburrirse -sentirse infinito. Percibir cada latido de nuestro pulso, cada rayo de luz o gota de agua que cae, cada murmullo que se produce, cada emanación que se exhala; percibir lo inmediato y lo lejano, lo imponderable y lo fácil, lo perenne y lo sombrío y lo evidente o confuso que pudiera haber en cuanto nos rodea, en cuanto rodeamos.

Todo tuvo su origen en el aburrimiento. Estas palabras, que Dostoievski pone en boca del narrador de "Memorias del subsuelo" y que constituyen uno de los mejores comienzos que quepa imaginar para cualquier historia o aventura, serían también el comienzo inmejorable de este escrito, de no ser porque el aburrimiento hoy parece abolido, se encuentra a un paso de ser desterrado de la superficie del mundo. Lo que alguna vez se consideró el "mal del siglo" está finalmente muy cerca de desaparecer, arrasado por el ingenio y la diligencia del hombre.
El frenesí se ha apoderado de casi todas las actividades, el vértigo atraviesa las emociones, cada día sale a la venta un nuevo artilugio para matar el tiempo. Más información, más simultaneidad, más aceleración y más enlaces. Y todo delante de nosotros, todo al alcance de la mano. La misma saturación en la carátula del reloj de una jornada típica, atiborrada de citas, desplazamientos, compromisos, signada por la obligación de pasársela bien, de entretenerse a toda costa, impide que tenga lugar una pausa, esa merma de sentido que introduce el aburrimiento; cancela que la malla de las ocupaciones se rasgue de improviso y al menos por un instante, por un instante atroz, un instante estremecedor e imperdonable, liberados del cúmulo de cosas que creemos nos definen, alcancemos a entrever nuestro propio vacío.
Aunque rara vez estemos en condiciones de aceptarlo, la ansiosa batalla que se libra en todos los rincones contra el aburrimiento es la mejor prueba de su apogeo, el indicio de su vitalidad paradójica. La diversión elevada a un deber, la saciedad entendida como recomienzo frustrante, la urgencia por alcanzar la insensibilidad frente al paso del tiempo: síntomas demasiado extendidos de una civilización que ha llegado a la cúspide de su ansiedad, que sitúa el trabajo por encima del ocio, el entretenimiento por encima de la contemplación, el estruendo por encima del silencio. Y todo porque cada vez estamos menos capacitados para soportarnos a nosotros mismos y no tenemos más remedio que convencernos de que, antes que encarar al aburrimiento, antes que lidiar con él y aceptarlo y mirarlo de frente sin apartar los ojos, estamos en condiciones de vencerlo.

Ed. Sexto Piso, 2012

Fot. Alain Fleischer
Miroirs  (De la serie: ‘miroirs-tiroirs’), 1981

viernes, 1 de junio de 2018

Uno se da cuenta


Uno pasa imperceptiblemente de una escena, una edad, una vida a otra. De repente, al caminar por una calle, bien sea real o soñada, uno se da cuenta por primera vez de que los años han volado, de que todo esto ha pasado ya para siempre y que sólo permanecerá en el recuerdo; y entonces el recuerdo se mete más adentro con una extraña y absorta brillantez, y uno repasa esas escenas y esos acontecimientos perpetuamente, en sueños y meditaciones, mientras camina por una calle, mientras se acuesta con una mujer, mientras lee un libro, mientras habla con un desconocido... de repente, pero siempre con una extraordinaria exactitud, estos recuerdos se entremeten, surgen como fantasmas y penetran en cada fibra del propio ser. En lo sucesivo, todo se mueve en niveles cambiantes: nuestros pensamientos, nuestros sueños, nuestras acciones, nuestra vida entera. Un paralelogramo en el que caemos desde una a otra plataforma de nuestro escenario. De aquí en adelante caminamos divididos en millares de fragmentos, como un insecto con cien pies, un ciempiés con movimientos suaves y ondulantes que se embebe en la atmósfera; caminamos con filamentos sensibles que se embeben ávidamente del pasado y del futuro, y todo se derrite en músicas y penas; caminamos contra un mundo unido, afirmando nuestro desacuerdo. Cuando caminamos, todas las cosas se rompen en millones de fragmentos irisdicentes. La fragmentación de la madurez. El gran cambio. En la juventud, éramos íntegros y el terror y el dolor del mundo nos penetraron por completo. No había una clara separación entre la alegría y el pesar: se fundían en una sola cosa, al igual que nuestras horas de lucidez se funden con el sueño y el dormir. Nos levantamos por la mañana siendo unos seres, y por la noche, completamente ahogados, bajamos a un mar empuñando las estrellas y la fiebre del día. 

Henry Miller
Primavera negra
Ed. Edhasa, 2008
Traducción de Carlos Bauer y Julián Marcos

Collage Katrien de Blauwer