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lunes, 10 de diciembre de 2018

Impermanencia


Cerca de mi atalaya encuentro un lugar para meditar resguardado del viento; una depresión de la cresta donde la nieve se ha derretido. El aire frío de la montaña me aclara enseguida la mente y me siento mejor. Viento, hierbas estremecidas, sol: la hierba moribunda, el canto en las montañas de los pájaros que vuelan hacia el sur no son menos pasajeros que la roca misma; ni más ni menos, todo es igual. La montaña se encierra en su inmovilidad, mi cuerpo se disuelve en la luz del sol y caen por mis mejillas lágrimas que nada tienen que ver con el "yo". Ignoro qué es lo que las hace brotar.
En otras ocasiones entiendo las montañas de manera diferente, viendo en ellas su calidad de aguante, de resistencia. Incluso al acercarme respetuosamente (desafiar las cumbres como hacen los montañeros es otra cuestión), me asombran con su "permanencia", con esa tremenda e irrefutable "roquedad" que parece intensificar mi sentimiento de transitoriedad. Quizá ese miedo a la impermanencia explica el ansia con que consumimos los pocos bocados de experiencia pura, en carne viva, que nos ofrece la vida moderna, por qué la violencia es libidinosa, por qué la lujuria nos devora, por qué los soldados eligen no olvidar sus días de horror: nos aferramos a esos momentos extremos en los que parece que morimos y en los que, al contrario, renacemos. En el abandono sexual, al igual que en el peligro, nos vemos empujados, por muy brevemente que sea, a ese presente vital en el que no permanecemos al margen de la vida, sino que "somos" vida, nuestro ser nos llena; en el éxtasis con otro ser, la soledad desaparece en la eternidad. Pero en otro tiempo esa unión se conseguía por medio del simple asombro.

Peter Matthiessen
El leopardo de las nieves
Editorial Siruela, 2008
Trad. José Luis López Muñoz

Foto del iceberg al que se atribuye el hundimiento del Titanic

lunes, 28 de agosto de 2017

Gran Tiempo


(...) Conceptos como karma y tiempo circular son cosa sabida en la inmensa mayoría de las tradiciones indígenas americanas; tiempo como espacio y muerte como transformación están implícitos en la idea terrena de los hopi, que evitan todas las construcciones lineales porque saben tan bien como cualquier budista que Todo está Aquí Ahora. Como en las grandes religiones de Oriente, el indígena americano hace muy poca distinción entre actividad religiosa y acciones cotidianas: la ceremonia religiosa es la vida misma.
Como el "atman" de los Vedas, como la mente budista, como el Tao de los chinos, el gran espíritu del indio americano está en todas partes y en todas las cosas, inmutable. Incluso los aborígenes australianos -a los que se considera la raza más antigua de la Tierra- distinguen entre tiempo lineal y un "gran tiempo" de sueños, mitos y héroes en el que todo está presente de manera simultanea. A mí me conmueve que esta intuición primordial se haya perpetuado de palabra y hecho a través de incontables horizontes y siglos, iluminando la vida de los sueños de los primitivos, las primeras civilizaciones indoeuropeas de los sumerios y los hititas, a los griegos clásicos y a los egipcios, o haya sido guardada por cultos escondidos de las edades oscuras para salir a la luz en el misticismo cristiano, hasídico y musulmán (sufismo), así como en todas las esplendorosas religiones de Oriente. Y es también un profundo consuelo, quizás el único de que dispone, para este animal obsesionado que malgasta la mayor parte de una larga vida fantasmal recorriendo, sobre sus extremidades posteriores, el futuro y el pasado en busca de significados, y que solo consigue ver en los ojos de otros individuos de su especie que está condenado a morir.

Peter Matthiessen
"El leopardo de las nieves"
Ed. Siruela
Trad. José Luis López Muñoz.

sábado, 8 de julio de 2017

Crezco como el musgo


Crezco en estas montañas como el musgo. Estoy hechizado. Los cegadores picos nevados y el aire sonoro, el ruido de la Tierra y los cielos en silencio, las aves sepultureras, los animales míticos, los estandartes, los grandes cuernos y las antiguas piedras labradas, los tártaros toscamente tallados, con sus trenzas y sus botas de fabricación casera, el hielo plateado en el Río Negro, el Kang, la Montaña de Cristal. También estoy enamorado de los milagros corrientes: el murmullo de mis amigos al llegar la noche, los fuegos de enebro humeante en hornos de barro, los alimentos toscos e insípidos, las privaciones y la sencillez, la satisfacción de no hacer más que una cosa en cada momento: cuando cojo la taza azul de estaño, eso es todo lo que hago. No hemos tenido noticias de lo que pasa en el mundo desde finales de septiembre, seguiremos sin tenerlas hasta diciembre y, poco a poco, la mente se me ha ido aclarando y el viento y el sol me pasan por la cabeza como si fuese una campana. Aunque aquí hablamos poco, nunca estoy solo; he vuelto a mí mismo.

Peter Matthiessen
El leopardo de las nieves

Fot. Louis Désiré Blanquart-Evrard

jueves, 5 de enero de 2017

Captar lo inexpresable



Desciendo con la vista desde las cimas nevadas a los espinos resplandecientes, a las manchas de nieve, a los líquenes. Aunque sigo siendo incapaz de verla, la Verdad está cerca, en la realidad sobre la que estoy sentado: rocas. Estas duras rocas instruyen a mis huesos sobre lo que mi cerebro nunca pudo captar en el sutra del Corazón, que "forma es vacío y vacío forma”: la Ausencia, el vacío del espacio azul negro, contenido en todo. A veces, cuando medito, las grandes rocas danzan. 
El secreto de las montañas es que existen, igual que yo, pero se limitan a existir, cosa que yo no hago. Las montañas no tienen “significado”; son significado; las montañas son. El sol es redondo. Yo vibro con la vida y las montañas vibran y, si soy capaz de oírlas, hay una vibración que compartimos. Entiendo todo esto, no con la cabeza sino con el corazón, sabiendo cuán absurdo es tratar de captar lo que no se puede expresar, sabiendo que otro día, cuando vuelva a leer esto, solo quedarán las palabras.

Peter Matthiessen   El leopardo de las nieves
Ed. Siruela. 2015
Trad. José Luis López Muñoz