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viernes, 24 de mayo de 2019

Durante nuestros besos



Durante nuestros besos, cada vez más largos, se iba acumulando en la enorme caverna de nuestras bocas unidas, un líquido templado dulce como la miel que a veces fluía por la comisura de nuestros labios hasta la punta de la barbilla, ante nuestros ojos se aparecía un país celestial y onírico que sólo podía imaginarse con un optimismo infantil y contemplábamos como si fuera el Paraíso aquella tierra multicolor que parecíamos ver a través de un caleidoscopio en el interior de nuestra mente. En ocasiones, uno de nosotros, como un pájaro dado al placer de coger cuidadosamente un higo con el pico, chupaba ligeramente el labio inferior o superior del otro metiéndoselo en su propia boca, apretaba entre sus dientes aquel fragmento de labio aprisionado obligando al otro a decir “¡Estoy a tu merced!” y el otro, después de sentir complacido y paciente las aventuras de su labio, de vivir marginalmente el gusto escalofriante de quedar a merced del amado y de empezar a intuir por primera vez en su vida lo atractivo que sería rendir valerosamente no sólo su labio sino su todo su cuerpo a la compasión de su amante y que esa zona entre el cariño y la compasión es el lugar más oscuro y más profundo del amor, le hacía lo mismo al otro, y justo en ese instante las lenguas moviéndose impacientes en el interior de nuestras bocas, encontrándose veloces entre los dientes, nos recordaban ese lado del amor que no tiene que ver con la violencia sino con la dulzura, los abrazos, y el tacto.

Orhan Pamuk

El Museo de la Inocencia
Edit. Círculo de lectores
Trad. Rafael Carpintero

Fot: Martin Munkacsi

viernes, 26 de enero de 2018

A todos nos pasa


A todos nos pasa: después de forjarnos fantasías durante semanas y años creyendo que estamos pensando con lógica, un día vemos algo, una cara, un vestido, un hombre feliz, y de repente comprendemos que ninguno de nuestros sueños se hará realidad.

Orhan Pamuk
Me llamo Rojo
Ed. Alfaguara, 2003
Trad. Rafael Carpintero

Fot. Man Ray
Meret Oppenheim 1933

miércoles, 19 de julio de 2017

El museo de la inocencia


(...) Dejó a un lado la pintura que había levantado para mostrárnosla. Miré los juegos de pintura, los pinceles, los botes y los trapos con manchas multicolores que tan atractivos me parecían. Todo estaba muy ordenado, como en los cuadros de los pájaros. Más allá estaban las telas y los dedales de la tía Nesibe. Me eché al bolsillo un dedal de colores de porcelana y una barrita naranja de pastel con la que Füsun había jugueteado nerviosa poco antes. Aquellos meses oscuros de 1979, los peores que vivimos, se corresponden con la época que más objetos hurte de casa de los Keskin. Entonces, dichos objetos, más que simples signos del momento vivido, más que algo que me recordaba aquel bello instante, eran también para mí una parte del momento en sí. Por ejemplo, las cajas de cerillas que expongo en el Museo de la Inocencia... Cada una de estas cajas de cerillas fue tocada por la mano de Füsun, se han impregnado del olor de su mano y de su casi imperceptible aroma a agua de rosas. Cada una de las cajas de cerillas, como todas las demás cosas que expongo en mi museo, cuando luego las cogía entre mis manos en el piso del edificio Compasión me servía para volver a vivir el placer de haber estado sentado a la misma mesa que Füsun y de haberla mirado a los ojos, por supuesto. Pero la felicidad que sentía en mi corazón cuando cogía las cerillas de la mesa y me las echaba al bolsillo como quien no quiere la cosa tenía otro aspecto: era la felicidad de arrancar un pedazo, por pequeño que fuera, de alguien a quien amaba obsesivamente pero a quien no podía "poseer".

Orhan Pamuk
El museo de la Inocencia
Ed. Random House
Trad. Rafael Carpintero

jueves, 22 de junio de 2017

Esa sensación


Pero "felicidad" no es una palabra que baste aquí. Intentaré explicar de otra manera la poesía que vivía en ese cuarto de atrás, la profunda satisfacción que me proporcionaban esos cuatro o cinco minutos: era la sensación de que el tiempo se detenía y que todo sería igual para siempre. Junto a dicha sensación estaban los deleites del amparo, de la continuidad y de encontrarme en casa. Por otro lado me aligeraba el corazón la creencia, o, por decirlo con palabras más elegantes, la visión global, de que el mundo y el universo eran simples y buenos. Aquella sensación de paz espiritual se alimentaba, por supuesto del rostro de Füsun, de su delicada belleza y del amor que sentía por ella. Poder hablar con ella cuatro o cinco minutos en el cuarto de atrás era una felicidad en sí misma. Pero esa felicidad en parte era resultado del entorno en el que nos encontrábamos, del cuarto. (Si hubiera podido cenar con ella en el Vestíbulo también habría sido muy feliz, pero con otro tipo de felicidad.) Aquella profunda paz dependiente del lugar, del entorno y de mi estado espiritual se mezclaba en mi mente con todo lo que veía a mi alrededor, los cuadros de pájaros de Füsum avanzando lentamente, el color teja de la alfombra de Usak del suelo, los retales, los botones, los periódicos atrasados, las gafas de lectura de Tarik Bey, los ceniceros y los útiles de costura de la tía Nesibe. Además aspiraba el olor del cuarto y cualquier dedal, botón o bobina de hilo que me echara al bolsillo antes de salir me recordaba después todo aquello el dormitorio del piso del edificio Compasión y prolongaba mi felicidad.

Orhan Pamuk
El museo de la Inocencia

Foto: Daido Moriyama

lunes, 29 de mayo de 2017

Durante nuestros besos


Durante nuestros besos, cada vez más largos, se iba acumulando en la enorme caverna de nuestras bocas unidas, un líquido templado dulce como la miel que a veces fluía por la comisura de nuestros labios hasta la punta de la barbilla, ante nuestros ojos se aparecía un país celestial y onírico que sólo podía imaginarse con un optimismo infantil y contemplábamos como si fuera el Paraíso aquella tierra multicolor que parecíamos ver a través de un caleidoscopio en el interior de nuestra mente. En ocasiones, uno de nosotros, como un pájaro dado al placer de coger cuidadosamente un higo con el pico, chupaba ligeramente el labio inferior o superior del otro metiéndoselo en su propia boca, apretaba entre sus dientes aquel fragmento de labio aprisionado obligando al otro a decir “¡Estoy a tu merced!” y el otro, después de sentir complacido y paciente las aventuras de su labio, de vivir marginalmente el gusto escalofriante de quedar a merced del amado y de empezar a intuir por primera vez en su vida lo atractivo que sería rendir valerosamente no sólo su labio sino su todo su cuerpo a la compasión de su amante y que esa zona entre el cariño y la compasión es el lugar más oscuro y más profundo del amor, le hacía lo mismo al otro, y justo en ese instante las lenguas moviéndose impacientes en el interior de nuestras bocas, encontrándose veloces entre los dientes, nos recordaban ese lado del amor  que no tiene que ver con la violencia sino con la dulzura, los abrazos, y el tacto.

El Museo de la Inocencia
Edit. Random House
Trad. Rafael Carpintero


miércoles, 8 de julio de 2015

Complicidades



Me habría gustado que se hiciera aquello por lo que se preguntaba en una obra en pareados, el poeta Nazim el Rubio de Ran: una pintura de la felicidad. Sé perfectamente cómo tendría que hacerse. Querría que se pintara una madre con dos hijos; me gustaría que mientras el pequeño, al que la madre sostiene en su regazo dándole de mamar sonriente, chupaba sonriendo feliz el enorme pezón, la mirada del hijo mayor, ligeramente envidioso, y la de la madre se entrecruzaran. Me gustaría ser la madre en esa pintura y que se hiciera a la manera de los antiguos maestros de Herat, capaces de detener el tiempo pintando al pájaro del cielo como si volara pero también mostrándolo feliz eternamente suspendido en el aire. Lo sé, no es fácil.

Orhan Pamuk
Me llamo Rojo

Fot: Jan Saudek

Ts'Voren
Armand Amar