La gente llora en las bodas por la misma razón que lo hace ante un final feliz: porque necesita con desesperación creer en algo que sabe que no es creíble.
Lo habían hecho por amor. Tal es el efecto que produce éste; se te aparece de repente y se apodera de ti antes de que te des cuenta, y después ya no puedes hacer nada. Una vez dentro (una vez enamorada) te ves arrastrada por él, hagas lo que hagas. Al menos es lo que aseguran los libros.
Los niños creen que todo lo malo que ocurre es de algún modo culpa suya, y en eso yo no era una excepción; pero también creen en los finales felices, a pesar de todas las pruebas en sentido contrario, y en eso yo tampoco era una excepción. Sólo deseaba que el final feliz llegara de una vez.
Pero sin esa ignorancia, sin esa despreocupación, ¿cómo es posible vivir? Si supieses lo que va a ocurrir, si supieses todo lo que va a ocurrir a continuación —si supieses por adelantado las consecuencias de tus propias acciones—, estarías sentenciada. Serías una ruina. Serías como una piedra. Nunca comerías ni beberías ni reirías ni te levantarías por las mañanas. Nunca querrías a nadie, nunca más. No te atreverías.
Las despedidas suelen ser demoledoras, pero los regresos sin duda son peores. La carne sólida nunca puede compararse con la sombra brillante que proyecta su ausencia. El tiempo y la distancia difuminan los bordes; entonces, de pronto, llega el amado, y es el mediodía, con su luz implacable, y cada punto, cada poro, cada arruga y cada pelo se ven con toda claridad.
Las despedidas suelen ser demoledoras, pero los regresos sin duda son peores. La carne sólida nunca puede compararse con la sombra brillante que proyecta su ausencia. El tiempo y la distancia difuminan los bordes; entonces, de pronto, llega el amado, y es el mediodía, con su luz implacable, y cada punto, cada poro, cada arruga y cada pelo se ven con toda claridad.