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miércoles, 2 de octubre de 2019

Escribir


¿Acaso escribir no consiste sobre todo en rondar o vagar en torno a lo esencial, como si merodear alrededor de una especie de papilla caliente fuera algo magnífico?⠀
Al escribir uno siempre posterga algo importante, algo que quiere destacar a toda costa, mientras habla o escribe sin cesar de algo distinto que es completamente secundario.

Jürg Amann⠀
Robert Walser: una biografía literaria

Fot. Harry Callahan
Eleanor and Barbara, Chicago 1953

domingo, 2 de junio de 2019

Tesoro

TESORO

La palabra más hermosa del mundo
es Concertgebouw
Hace cuatro años en Ámsterdam
mientras me paseaba en el tranvía de la tarde
vi un edificio enorme frente a mí
Te pregunté: ¿Qué es esto?
Concertgebouw —Respondiste.
Concertgebouw
En ese entonces
no sabía qué era eso
pero tu voz que lo susurró
fue tan linda
que a partir de ese momento esa palabra se volvió mi tesoro
No había escuchado a alguien
decirla antes
ni después
y fue la única vez
que susurraste
esa palabra que escuché sólo una vez
Yo fui la única que oyó
en aquel momento
esa blanda
voz
tuya
Escrito aquí de esta manera
Mi tesoro de pronto pierde su brillo
se convierte en algo menos que el cadáver de una cigarra
Para desechar una cosa importante
confesé mi secreto
Para olvidarme de esa palabra
y también de ti
Adiós
mi Concertgebouw
Jamás volveré a enamorarme de ti
Las cosas importantes
hay que tirarlas una y mil veces
Hasta el rocío dulce de la separación
pierde sabor al ser escrito aquí
Ni siquiera siento una herida
¡Qué pena!

Toskiko Hirata
Traducción de Kazunori Hamada

Fot: Harry Callahan
Retrato de Eleonor

viernes, 26 de octubre de 2018

Coincidir como lo hacen las rimas


Hoy sé que aquel amor cachorro contenía todos los adioses siguientes. Ninguna se detendría, yo no conocería las bodas, nada de codo con codo ante un tercero que se pregunta: "¿Quieres tú?" El amor sería una parada breve entre los aislamientos. Hoy pienso en un tiempo final en común con una mujer, con la que coincidir como lo hacen las rimas, al término de la palabra.

Erri de Luca
Los peces no cierran los ojos
Ed. Seix Barral, 2012
Trad. Carlos Gumpert

Fot. Harry Callahan
Chicago, 1956

sábado, 29 de julio de 2017

Las cosas que no hacemos


Me gusta que no hagamos las cosas que no hacemos. Me gustan nuestros planes al despertar, cuando el día se sube a la cama como un gato de luz, y que no realizamos porque nos levantamos tarde por haberlos imaginado tanto. Me gusta la cosquilla que insinúan en nuestros músculos los ejercicios que enumeramos sin practicar, los gimnasios a los que nunca vamos, los hábitos saludables que invocamos como si, deseándolos, su resplandor nos alcanzase. Me gustan las guías de viaje que hojeas con esa atención que tanto te admiro, y cuyos monumentos, calles y museos no llegamos a pisar, fascinados frente a un café con leche. Me gustan los restaurantes a los que no acudimos, las luces de sus velas, el sabor por venir de sus platos. Me gusta cómo queda nuestra casa cuando la describimos con reformas, sus sorprendentes muebles, su ausencia de paredes, sus colores atrevidos. Me gustan las lenguas que quisiéramos hablar y soñamos con aprender el año próximo, mientras nos sonreímos bajo la ducha. Escucho de tus labios esos dulces idiomas hipotéticos, sus palabras me llenan de razones. Me gustan todos los propósitos, declarados o secretos, que incumplimos juntos. Eso es lo que prefiero de compartir la vida. La maravilla abierta en otra parte. Las cosas que no hacemos.

Hacerse el muerto
Ed. Páginas de Espuma, 2011



viernes, 28 de julio de 2017

María


Un otoño me encontré por sorpresa con mi hija María en la acera delante de la relojería; estaba más delgada, pero no me costó nada reconocerla.

No recuerdo ya por qué estaba yo en la calle, pero tenía que tratarse de algo importante, porque fue después de que la barandilla de la escalera se hubiera roto, así que en realidad ya había dejado de salir a la calle. Pero fuera como fuera, me encontré con ella, y se me ocurrió pensar: Qué casualidad tan extraña que yo haya salido justamente hoy.

Pareció alegrarse de verme, porque dijo «padre» y me dio la mano. Ella era la que más me gustaba de mis hijos; cuando era pequeña decía a menudo que yo era el mejor padre del mundo. Y solía cantar para mí, por cierto bastante mal, pero no era culpa de ella, lo había heredado de su madre.

«María -dije-, eres realmente tú, tienes buen aspecto». «Sí, bebo orina y soy vegetariana», contestó.

Me eché a reír, hacía mucho que no me reía, imagínate, tenía una hija con sentido del humor, incluso con un humor un poco atrevido, quién lo diría. Fue un momento hermoso.

Pero me equivoqué, qué fastidio que uno nunca consiga quitarse las ilusiones de encima. Mi hija se quedó como embobada y con la mirada perdida. «Te estás burlando de mí -dijo-, Pero si yo te contara…». «Me pareció haberte oído decir orina», contesté. «Orina, sí, y me he convertido en otra persona». No lo dudé ni un momento, era lógico, debe de resultar imposible seguir siendo la misma persona antes y después de haber empezado a beber orina. «Bueno, bueno», dije en tono conciliador, y con ganas de hablar de otra cosa, tal vez de algo agradable nunca se sabe.

Entonces me fijé en que llevaba una alianza y le comenté: «Veo que te has casado». Ella miró el anillo. «Ah, lo llevo sólo para mantener a raya a los pesados». Eso sí que tendría que ser una broma, calculé rápidamente que por lo menos tendría unos cincuenta y cinco años, y tampoco era tan guapa. Así que volví a reírme por segunda vez en mucho tiempo, y en medio de la acera. «¿De qué te ríes?», preguntó. «Creo que me estoy haciendo mayor», contesté, cuando me di cuenta de que me había equivocado una vez más, «conque es así como se hace hoy en día». Ella no contestó, así que no sé, supongo y espero que mi hija no sea muy representativa de los nuevos tiempos.

Pero ¿por qué he tenido hijos como ella, por qué?

Nos quedamos un instante callados, pensé que ya era hora de despedirse, un encuentro inesperado no debe durar demasiado, pero justo en ese momento mi hija me preguntó si me encontraba bien. No sé lo que quiso preguntar, pero contesté la verdad, que lo único que me molestaba eran las piernas. «Ya no me obedecen, mis pasos son cada vez más cortos, y pronto no podré moverme».

No sé por qué le hablé tanto de mis piernas, y ciertamente resultó que no debería haberlo hecho. «Será la edad», dijo ella.

«Desde luego que es la edad -contesté-, ¿qué otra cosa iba a ser?». «Pero supongo que ya no necesitas usarlas tanto, ¿no?». «Si tú lo dices -contesté-, si tú lo dices».

Al menos captó la ironía, diré eso en su favor, y se irritó, pero no consigo misma, porque dijo: «Todo lo que digo está mal». No supe qué contestar a eso, ¿qué podría haber contestado? Me limité a sacudir la cabeza inexpresivamente, ya hay demasiadas palabras en circulación por el mundo, y el que habla mucho no puede mantener lo dicho.

«Bueno, tengo que seguir mi camino -dijo mi hija tras una pausa breve, pero lo suficientemente larga-, tengo que ir al herbolario antes de que cierren. Ya nos veremos». Y me dio la mano.

«Adiós, María», dije. Y se marchó.

Esa era mi hija. Sé que todo tiene su lógica inherente, pero no siempre resulta fácil descubrirla.

Kjell Askildsen
María
Últimas notas de Thomas F. para la humanidad
Ed. Lengua de Trapo. 2003
Trad. Kirsti Baggethum y Asunción Lorenzo

Fot. Harry Callahan

jueves, 1 de junio de 2017

Después del amor


Después del amor miro el cielo raso que es el cielo de los amantes: vacío de cal blanca, ya no estás. Recuerdo... después del amor sucedía un pudor silencioso, la nostalgia del deseo, la decepción de ese sueño de absoluto.
Para disimular su derrota o su triunfo imperfecto, Sandra prefiere dormirse mientras yo fumo, olvido, y no comprendo nada: ni la felicidad que se va, ni la que llegó.

Gonzalo Arango

Fot. Harry Callahan
Eleanor, 1953