Variaciones sobre la palabra amor
Ésta es la palabra que usamos para taladrar agujeros.
Tiene el tamaño justo para esos tibios huecos del discurso,
para esos vacíos
en forma de corazón que no se parecen
a los corazones de verdad.
Si le añades encaje, puedes venderla.
También la escribimos en el único espacio vacío
del impreso que viene sin instrucciones.
Hay revistas enteras que no tienen mucho más
que la palabra amor;
puedes frotártela por todo el cuerpo
y también puedes cocinar con ella.
¿Cómo sabemos que no es lo que sucede
en las divertidas orgías de las babosas bajo cartones mojados?
Y los semilleros de malas hierbas
que asoman sus tercos hocicos entre las lechugas,
también la gritan.
¡Amor! ¡Amor!, cantan los soldados,
levantando al saludar sus brillantes cuchillos.
Pero luego estamos nosotros dos.
La palabra nos parece demasiado corta,
sólo tiene cuatro letras, es demasiado austera
para llenar esos vacíos profundos
y desnudos entre las estrellas
que oprimen con su sordera.
No evitamos caer en el amor,
sino en ese miedo.
Esta palabra no es suficiente
pero tendrá que bastarnos.
Es una sola vocal en este silencio metálico;
una boca que dice oh,
una y otra vez, con asombro y dolor,
un suspiro, un dedo asido a un acantilado.
Puedes
agarrarte o dejarte caer.
De “Historias reales”, 1990
