Hay un momento en que del cuerpo descansado se eleva el espíritu atento, y de la tierra, la luna alta. Entonces él, el silencio, aparece.
El corazón late al reconocerlo.
Se puede pensar rápidamente en el día que pasó. O en los amigos que pasaron y para siempre se perdieron. Pero es inútil huir: el silencio está ahí. Aun el sufrimiento peor, el de la amistad perdida, es solo fuga. Pues si al principio el silencio parece aguardar una respuesta -cómo ardemos por ser llamados a responder-, pronto se descubre que de ti nada exige, quizás tan solo que lo ignores. Cuántas horas se pierden en la oscuridad suponiendo que el silencio te juzga, igual que esperamos en vano ser juzgados por Dios. Surgen entonces las justificaciones, trágicas justificaciones forzadas, humildes disculpas que llegan a la indignidad y la humillación. Mansamente muestras al fin tu indignidad y esperas ser perdonado con la justificación de que eres un ser humano humillado de nacimiento.
Hasta que se descubre que él ni siquiera quiere tu indignidad. Él es el silencio.
Después, nunca más se olvida. Es inútil intentar huir. Porque cuando menos se lo espera, se puede reconocerlo de repente. Al atravesar la calle en medio de las bocinas de los autos. Entre una carcajada fantasmagórica y otra. Después de una palabra dicha. A veces, en el mismo corazón de la palabra. Los oídos se asombran, la mirada se desvanece: helo ahí. Y desde entonces, él es fantasma.
Clarice Lispector
El silencio
