jueves, 23 de noviembre de 2017

He perdido algo


He perdido algo que era esencial para mí, y que ya no lo es. No me es necesario, como si hubiese perdido una tercera pierna que hasta entonces me impedía caminar, pero que hacía de mí un trípode estable. He perdido esa tercera pierna. Y he vuelto a ser una persona que nunca fui. He vuelto a tener lo que nunca tuve: solo dos piernas. Sé que únicamente con dos piernas es como puedo caminar. Pero la ausencia inútil de la tercera me hace falta y me asusta; era ella la que hacía de mí algo hallable por mí misma, y sin necesitar siquiera inquietarme por ello.
¿Estoy desorganizada porque he perdido lo que no necesitaba? En esta mi nueva cobardía -la cobardía es lo más nuevo que me acontece, es mi mayor aventura, esa mi nueva cobardía, que es como despertarse por la mañana en casa de un desconocido- no sé si tendré valor para simplemente marchar. Es difícil perderse. Es tan difícil, que probablemente prepararé deprisa un modo de hallarme, incluso aunque hallarme sea nuevamente la mentira en que vivo. Hasta ahora hallarme era tener una idea de la persona en la que insertarme: en esa persona organizada me encarnaba, y en lo mismo sentía el gran esfuerzo de construcción que era vivir. La idea que me hacía persona procedía de mi tercera pierna, de la que me sujetaba al suelo. Pero ¿y ahora? ¿Seré más libre?

Clarice Lispector
La pasión según G.H
Ed. Siruela, 2017
Trad. Alberto Villalba.

Fot. Édouard Boubat
"Lella au Concarneau", 1948

Vi a mi esposa


Saliendo de la peluquería vi a mi esposa, al otro lado de la calle, arrastrando su carrito de la compra. Parecía más cansada y frágil que en mi recuerdo. O quizá estaba regresando al modo de ver de los jóvenes, en el que los viejos son como una raza en la que todos parecen iguales. Posiblemente necesitaba traer a la memoria que la edad en sí misma no era una enfermedad.

Recordé haber hablado con ella la semana anterior, en la cama, semidormido, con un ojo abierto. Veía solo parte de su garganta, su cuello y hombro, y había observado su piel pensando que nunca había visto algo más importante ni más hermoso.

Ella echó un vistazo a través de la calle. Yo me congelé. Por supuesto, sus ojos pasaron por mí sin reconocerme. Siguió su camino.

Siendo, en cierto sentido, invisible, y, por tanto, omnisciente, podía espiar a los que había querido, o incluso utilizarlos y burlarme de ellos. Me había condenado a una soledad desagradable. Aún así, seis meses eran una porción pequeña de mi vida. ¿Cuál sería el propósito de mi nueva juventud? Había llevado una vida interior inquieta e innecesariamente dolorosa, pero, a diferencia de Ralph, no me sentía insatisfecho ni había deseado ser violinista, audaz explorador, o aprender a bailar el tango. Había tenido proyectos en abundancia

Hanif Kureishi
El cuerpo
Anagrama, 2006
Trad. Roberto Frías

Fot. Miroslav Tichý

miércoles, 22 de noviembre de 2017

Desde que te conocí


Desde que te conocí, llevo en el bolsillo un pintalabios, es algo estúpido llevar pintalabios en el bolsillo, cuando tú me miras tan serio, como si vieras en mis ojos una iglesia gótica. Y yo no soy ningún templo, sólo un bosque y un prado, un temblor de hojas que buscan tus manos. Allí detrás suena el río, es el tiempo que huye, y tú le dejas pasar entre los dedos y no quieres atrapar el tiempo. Y cuando me despido de ti, mis labios pintados quedan intactos, y yo igual llevo el pintalabios en el bolsillo, desde que sé que tienes labios hermosos.

Halina Poświatowska

Fotograma de "La soledad" de Jaime Rosales, 2007

Szymborska



Ella le había pedido algo de Szymborska y él le ha traído una botella de vodka "aunque no de esa marca".

Así querría yo


Así querría yo mi último poema.
Que fuese tierno diciendo las cosas más simples
y menos intencionadas,
que fuese ardiente como un sollozo sin lágrimas,
que tuviese la belleza de las flores casi sin perfume,
la pureza de la llama en que se consumen
los diamantes más límpidos,
la pasión de los suicidas que se matan sin explicaciones.


El que espera siempre lo consigue


Todas las mañanas encendía la radio que le había prestado una compañera de cuarto, María de la Peña, la ponía bien bajito para no despertar a las otras, sintonizaba invariablemente Radio Reloj, que daba "la hora exacta y noticias culturales", y nada de música, solo el tictac de gotas que caen; una gota por minuto transcurrido. Sobre todo, esa emisora aprovechaba los intervalos entre aquel goteo de minutos para dar anuncios comerciales; ella adoraba los anuncios. Era una radio perfecta porque también entre el gotear del tiempo brindaba lecciones breves de las que tal vez algún día tuviese necesidad. Así fue como aprendió que el emperador Carlomagno era llamado Carolos en su tierra. Por cierto que nunca encontró el modo de aplicar esa información. Pero nunca se sabe, el que espera siempre lo consigue. También se enteró de que el único animal que no se ayunta con su hijo es el caballo.

Clarice Lispector
La hora de la estrella
Ed. Siruela, 2013
Trad. Ana Poljak

Creo


CREO

Creo en el poder de la imaginación para rehacer el mundo, para soltar las riendas de la verdad dentro de nosotros, para demorar la noche, para trascender la muerte, para congraciarnos con los pájaros, para ganarnos la confianza de los locos.

Creo en mis propias obsesiones, en la belleza de los choques de autos, en la paz de los bosques sumergidos, en la excitación de las playas de vacaciones cuando están desiertas, en la elegancia de los cementerios de automóviles, en el misterio de los estacionamientos de muchos pisos, en la poesía de los hoteles abandonados.

Creo en las pistas olvidadas de las Islas Wake, apuntando hacia los Pacíficos de nuestra imaginación.

Creo enla misteriosa belleza de Margaret Thatcher, con el gancho de su nariz y el brillo de su belfo; en la melancolía de los conscriptos argentinos heridos; en mi sueño de Margaret Thatcher acariciada por ese joven soldado argentino en un olvidado motel de carretera mientras los vigilan con el tubo de un tanque de gasolina.

Creo en la belleza de todas las mujeres, en la perfidia de sus imaginaciones, tan próximas a mi corazón; en el momento que apoyan sus cuerpos desencantados sobre el encantado cromo de los mostradores en los automercados; en la calidez con que toleran mis propias perversiones.

Creo en la muerte del mañana, en la fatiga del tiempo, en nuestra búsqueda de un tiempo nuevo dentro de la sonrisa de las azafatas en los autobuses de larga distancia y dentro de los ojos cansados de los hombres que controlan el tránsito en los aeropuertos fuera de temporada.

Creo en los órganos genitales de los grandes hombres y mujeres, en las 69 posiciones de Ronald Reagan, Margaret Thatcher y Lady Di, en los dulces olores que emanan de sus labios cuando ellos miran las cámaras del mundo entero.

Creo en la locura, en la verdad de lo inexplicable, en el sentido común de las piedras, en el humor lunático de las flores, en las enfermedades aportadas a la raza humana por los astronautas del Apolo.

Creo en nada.

Creo en Max Ernst, Paul Delvaux, Dalí, Goya, Ticiano, Leonardo, Vermeer, De Chirico, Magrite, Redon, Durero, Tanguy, el cartero Cheval, las torres Watts, Bocklin, Francis Bacon y todos los artistas invisibles recluidos en los psiquiátricos del planeta.

Creo en la imposibilidad de la existencia, en el humor de las montañas, en el absurdo del electromagnetismo, en la farsa de la geometría, en la crueldad de la aritmética, en el propósito asesino de la lógica.

Creo en las adolescentes, en cómo se corrompen a sí mismas por la posición que adoptan sus largas piernas, en la pureza de sus cuerpos desarreglados, en los vellos púbicos que dejan en los baños de los moteles más infames.

Creo en el vuelo, en la belleza de las alas y en la belleza de todo lo que ha volado siempre, en la piedra arrojada por un niño con la misma sabiduría de los estadistas y de las parteras.

Creo en la delicadeza de los bisturís quirúrgicos, en la ilimitada geometría de las pantallas de cine, en el universo oculto dentro de los supermercados, en la soledad del sol, en la charlatanería de los planetas, en la repetitividad de nosotros mismos, en la inexistencia del universo y en el aburrimiento del átomo.

Creo en el desarreglo de los sentidos: en Rimbaud, William Burroughs, Huysmans, Genet, Celine, Jonathan Swift, Defoe, Carroll, Coleridge, Kafka.

Creo en la inexistencia del pasado, en la muerte del futuro y en las infinitas posibilidades del presente.

Creo en los diseñadores de las pirámides, del Empire State, del bunker de Hitler en Berlín, de las pistas de aterrizaje en las islas Wake.

Creo en los olores del cuerpo de Lady Di.

Creo en los próximos cinco minutos.

Creo en la historia de mis pies.

Creo en los dolores de cabeza, en el aburrimiento de los atardeceres, en el miedo de los calendarios, en la traición de los relojes.

Creo en la ansiedad, en la psicosis y en la desesperación.

Creo en las perversiones, en las obsesiones con árboles, princesas, primeros ministros, bombas de gasolina muertas (más hermosas que el Taj Mahal), nubes y pájaros.

Creo en la muerte de las emociones y en el triunfo de la imaginación.

Creo en Tokio, Benidorm, la isla Wake, Eniwetok, Plaza Dealey.

Creo en el alcoholismo, en las enfermedades venéreas, en la fiebre y en el agotamiento.

Creo en el dolor.

Creo en la desesperación.

Creo en todos los niños.

Creo en los mapas, diagramas, códigos, juegos de ajedrez, rompecabezas, horarios de aviones, tableros de aeropuertos.

Creo en todas las excusas.

Creo en todas las razones.

Creo en todas las alucinaciones.

Creo en todos los pleitos.

Creo en todas las mitologías, recuerdos, mentiras, fantasías, evasiones.

Creo en el misterio y en la melancolía de una mano, en la gentileza de los árboles, en la sabiduría de la luz.

J.G. Ballard
Trad. Tomás Eloy Martínez

Foto de Formento + Formento