miércoles, 2 de noviembre de 2016

Futuro. Presente.


¿Cómo alguien que no conoce el futuro podría comprender el sentido del presente? Si no sabemos hacia qué futuro nos lleva el presente, ¿cómo saber si merece nuestra adhesión, nuestra desconfianza o nuestro odio?

Milan Kundera
La ignorancia, 1995
Ed. Tusquets, 2000
Trad. Beatriz de Moura

Fot. Donata Wenders
In The Wind, 2009

Desgarro



Las orillas

Me es hermoso el desgarro porque une las orillas, 
nos concentra 
en desdoblarnos siempre para poder ser uno. 
(Es un número, el uno, que traiciona 
cuando finge ser punto de partida). 
Necesario el desgarro, 
porque renuncia a hundirse 
pero ama los pozos 
y nos tiende sus manos como dos hemisferios. 

Con el pulso ambidiestro 
navego celebrando los puntos cardinales 
que mudarán mi origen, 
y sucede el naufragio porque debe 
y la vida es el barco 
y yo soy el ahogado y el mismo que me salva.

El tobogán
Ed. Hiperión, 2002

Ruidillo


Para morir basta un ruidillo,
el de otro corazón al callarse.

Vicente Aleixandre

Fot. Jan de Meyere

La máscara se convierte en el rostro


Sabía que tanto el bien como el mal son cosas rutinarias, que lo temporal se prolonga, que lo exterior se infiltra en el interior y que a la larga la máscara se convierte en el rostro.

Memorias de Adriano,
Edhasa
Traducción de Julio Cortázar

Fot. Gérad Castello-Lopez

martes, 1 de noviembre de 2016

Reconocimiento

Santo Domingo de la Calzada
Santo Patrón de los Ingenieros de Puentes y Caminos.

Bienaventuradas sean las lúcidas mentes que consiguen con un día de vacaciones multiplicarlo milagrosamente y convertirlo en casi una semana de asueto, merced a un avanzado y avezado uso del calendario laboral e incluso la ayuda gubernamental de una hora extra.
Amén.

Leyendo


Deseo


Su vestido ligero y flotante estaba tan abierto por la espalda que cada vez que la ahuecaba por un movimiento de sus omóplatos prominentes, Van, que se había aproximado al taburete tanto como se lo permitía la prudencia, podía ver hasta el coxis su ensilladura marfileña y respirar todo el calor de su cuerpo. Con el corazón saltándole en el pecho, y la mano lamentablemente hundida en el bolsillo del pantalón, se inclinaba sobre ella, mientras ella se inclinaba sobre su obra, y permitía a sus labios sedientos que se deslizasen ingrávidamente desde la cabellera tibia a la ardiente nuca. Era la sensación más dulce, más poderosa, más misteriosa que nunca había experimentado. En la sórdida lujuria del invierno anterior nada podía haberle hecho presentir aquella ternura acariciadora, aquel desconsuelo del deseo. Hubiera querido permanecer indefinidamente sobre la redondez exquisita de la pequeña protuberancia ósea que destacaba por debajo de su nuca, si ella, indefinidamente, hubiera mantenido la cabeza inclinada, y si el pobre muchacho hubiese sido capaz de soportar por más tiempo el éxtasis de aquel contacto en su boca, convertida en cera inmóvil, sin apretujarse contra la chica en un loco abandono.


Vladimir Nabokov
Ada o el ardor
Ed. Anagrama, 2006
Trad. David Molinet