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miércoles, 30 de agosto de 2017

Lo último en secarse


Lo último en secarse de la rosa fue la sombra. Durante al menos tres semanas la vimos inhiesta, arrogante y absurda como si no quisiera enterarse de que ya era huérfana de cuerpo floral. Al fin, también cedió la sombra, y los pétalos al caer sonaron a imposible sobre el mármol brillante del salón. Sólo el olor a rosa, mezclado al de humedad y olvido, quedó para siempre allí donde la sombra de la rosa reposó la cabeza en la pared.

Rafael Pérez Estrada
Antología de breve ficción
Ed. Berenice, 2010

Fot. James Ware Pitts

jueves, 27 de julio de 2017

La buhardilla

   
La buhardilla.

A base de esfuerzo y ahorro habían conseguido un mar en la buhardilla. Sólo los domingos lo visitaban, el resto de los días debían contentarse con oírlo bramar. En ocasiones, una mancha extensa y salina de humedad en el techo del salón delataba la existencia de un secreto compartido por todos los de la casa.
—Cuando consigamos nuevos ahorros —decían— compraremos gaviotas y peces voladores.
Y es que trataban a aquel mar casero como si fuera un árbol de Navidad hambriento de sorpresas. Pero nunca pensaron en subirle la maqueta, deslucida, de un transatlántico varado durante décadas en el mostrador de la agencia de viajes de un antiguo huésped:
—Con los barcos llegan los naufragios —advertían precavidos.
Sufrían privaciones con tal de mantenerla y palpitante aquella ilusión, pero no se quejaban.
—Un mar —decían— debe ser parte del destino de los hombres.
De vez en cuando abrían la puerta de la buhardilla, y lo miraban y también lo olían, cuidando siempre de que las olas no acabaran escaleras abajo. Pero sobre todas las cosas lo soñaban, y cada amanecer se intercambiaban sus sueños nunca repetidos.
Y sí alguno sufría de insomnio, se dedicaba a hojear catálogos de aves marinas, pensando cuáles de ellas irían mejor en los amaneceres de aquel mar cautivo. El albatros, quedaba eliminado a la primera: Excesivo —aseguraban—para un mar tan pequeño. Y volvían a remirar en los catálogos por si encontraban una especie de colibrí marino.
Sólo uno de ellos, proclive a las alarmas y a invocar infortunios, les prevenía:
—Cuidado, mucho cuidado —susurraba— pues de estar tanto tiempo encerrado es fácil que acabe por convertirse en un mar pálido, un mar de escaso azul y mucha ojera.
Entonces, subían todos, y, ante las aguas contenidas, derramaban unas cucharadas de tinta estilográfica. Y el mar azuleaba agradecido, salpicando con su espuma las paredes tapizadas de la vieja buhardilla.

Rafael Pérez Estrada
El muchacho amarillo
Ed. Plaza & Janés, 2000

Fot. Víctor M. Alonso

lunes, 29 de febrero de 2016

Las nubes


Para el asceta jansenista Milton Worner, las nubes están ahí esperando el día del juicio terrible. Ellas, liberadas entonces de su servidumbre por el Reino de la Palabra, servirán de soporte a la ascensión de los justos y condenarán los azules de un cielo ya inútil al silencio final.

Rafael Pérez Estrada
Tratado de las nubes
Ed. Renacimiento, 1990

Alejandro Marco
Nube, 2013, Óleo sobre lienzo