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domingo, 8 de diciembre de 2013

Luz en penumbra

La vela

Una vela es el deseo.
Está encendida. Ilumina
la habitación. En los muros
hay desgarraduras viejas.
La vela baila. Se cierne
sobre el espacio. Divide
la sombra en dos. El deseo
tiene pulmones de cera.
Y es el ahogo. Las cosas
bajo llave. Las palabras
no dichas. Burbujas. Brillos.
Alas rotas. Labios muertos.
O tu pecho: todo es cera.
Siempre en luz. Sobre el silencio
extiende su brasa el ojo.
Las paredes tienen grietas,
salpicaduras recientes.
Y ellos se alejan. Ignoran.
No saben qué hacer. No saben
dónde esconderse. Son otros.
Sombras de la misma vela.

Luis Alberto de Cuenca
Necrofilia, 1983

Fot: s/d

viernes, 2 de mayo de 2008

En el monedero

Por ahí un papelito
que solamente dice...

DNA o ADN, poco importa
si en castellano o inglés: el caso
es que me muero por tus proteínas,
por tus aminoácidos, por todo
lo que fuiste una vez, cuando tus padres
vinieron de cenar algo achispados
y, después de tirar de la cadena,
hicieron una nueva con tu nombre,
con tus curvas y con tus fantasías.
Dame una foto de tu DNA
tamaño DNI, que me retuerzo
de ganas de mirarla a todas horas.

Luis Alberto de Cuenca
Por fuertes y fronteras, 1996



jueves, 3 de enero de 2008

Conchabanza

Quentin Tarantino
Pulp Fiction, Escena inicial

LA CÓMPLICE DEL CRIMEN

En el Libro de Oro de la escuela
donde estudiaba Carlos Baudelaire
figuraba esta frase lapidaria:
"El amor es un crimen en que tienes
que contar por lo menos con un cómplice."
Pues claro que lo es. Sin duda alguna,
el amor es un crimen. Otras cosas
lo son también y pueblan las leyendas
doradas y las actas de los mártires,
de manera que no resulta raro
tildar de crimen al amor. Lo grande
es lo segundo, lo que atañe al cómplice.
Desde pequeño supe que la vida
no tenía otro objeto que la búsqueda
de un ser que completara lo que falta
y que perfeccionase lo imperfecto;
de un ser con el que urdir estratagemas
para olvidar la muerte y el vacío
que nos agobian, y para engañar
la sed, el hambre, el frío, la fatiga
que cercan nuestra mísera existencia
con espejismos como la ternura,
con fuegos fatuos como el del deseo.
Desde pequeño supe que el amor
nos conduce hacia arriba, como Gretchen
a Faust, y que ese cómplice divino
al que se refería Baudelaire
te ayuda a separar la paja inane
del valioso grano, a distinguir
el bien del mal, lo hermoso de lo feo,
a superar los múltiples obstáculos
del vivir cotidiano y a triunfar,
aun a costa de pérdidas muy serias,
sobre enemigos tan cualificados
como los celos, la deslealtad.
el silencio, la duda, la mentira,
la intransigencia y el aburrimiento.

Te amé desde el principio. Siempre supe
que te amaría, reina de mis sueños.
Te amaré hasta el cartel que ponga Fin.
Y aquí estás, a mi lado, con los ojos
entornados y el alma a flor de labio,
cómplice hasta el final de nuestro crimen.

Luis Alberto de Cuenca