Cuando amanece, la señora de rostro blanco se apoya en su balcón de malvones nunca abandonados y emplea el día mirando el paso de la gente a través de la calle o, quién sabe, el paso de la calle a través de la gente. El universo es aquello que cabe en su mirada. No sería posible reconocer esa calle si no fuera por la mujer de tez de luna inmutable. “Se está bien aquí ¿verdad?”, le digo una tarde de lunes, más o menos a las cinco. Con su voz bellamente agrietada, me responde: “Sí, se está bien afuera. Es que adentro hay demasiados recuerdos”.
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martes, 19 de junio de 2018
En el balcón
Cuando amanece, la señora de rostro blanco se apoya en su balcón de malvones nunca abandonados y emplea el día mirando el paso de la gente a través de la calle o, quién sabe, el paso de la calle a través de la gente. El universo es aquello que cabe en su mirada. No sería posible reconocer esa calle si no fuera por la mujer de tez de luna inmutable. “Se está bien aquí ¿verdad?”, le digo una tarde de lunes, más o menos a las cinco. Con su voz bellamente agrietada, me responde: “Sí, se está bien afuera. Es que adentro hay demasiados recuerdos”.
sábado, 13 de enero de 2018
El malogrado
En definitiva, estaba enamorado de su fracaso, si es que no chiflado incluso, pensé, se había obstinado en ese fracaso hasta el fin. Realmente podía decir, en efecto, que sin duda era infeliz en su infelicidad, pero hubiera sido todavía más infeliz si de la noche a la mañana hubiera perdido su infelicidad, si se le hubiera privado de ella en un momento, lo que sería a su vez una prueba de que, en el fondo, no fue en absoluto infeliz, sino feliz, aunque sólo fuera a causa de su infelicidad y con ella, pensé. Al fin y al cabo, muchos, por estar profundamente hundidos en la infelicidad, son felices en el fondo, pensé, y me dije que Wertheimer, probablemente, había sido en realidad feliz, porque tenía continuamente conciencia de su infelicidad, podía alegrarse de su infelicidad. El pensamiento no me pareció de pronto absurdo en absoluto, a saber, pensar que él tenía miedo de perder su infelicidad por alguna razón que yo no conocía y, por eso, fue a Chur y a Zizers y se mató.
Thomas Bernhard
El malogrado
Ed. Alfaguara, 2011
Trad. Ángel Sáez
Fot. Louis Faurer
sábado, 6 de febrero de 2016
El malogrado
Louis Faurer
En definitiva, estaba enamorado de su fracaso, si es que no chiflado incluso, pensé, se había obstinado en ese fracaso hasta el fin. Realmente podía decir, en efecto, que sin duda era infeliz en su infelicidad, pero hubiera sido todavía más infeliz si de la noche a la mañana hubiera perdido su infelicidad, si se le hubiera privado de ella en un momento, lo que sería a su vez una prueba de que, en el fondo, no fue en absoluto infeliz, sino feliz, aunque sólo fuera a causa de su infelicidad y con ella, pensé. Al fin y al cabo, muchos, por estar profundamente hundidos en la infelicidad, son felices en el fondo, pensé, y me dije que Wertheimer, probablemente, había sido en realidad feliz, porque tenía continuamente conciencia de su infelicidad, podía alegrarse de su infelicidad. El pensamiento no me pareció de pronto absurdo en absoluto, a saber, pensar que él tenía miedo de perder su infelicidad por alguna razón que yo no conocía y, por eso, fue a Chur y a Zizers y se mató.
Thomas Bernhard, El malogrado
Concerto Grosso in F Major (after A. Corelli's Trio Sonata, Op. 3, No. 1): I. Grave
Francesco Geminiani
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