Mostrando entradas con la etiqueta León Tolstói. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta León Tolstói. Mostrar todas las entradas

martes, 20 de febrero de 2018

Dos partes


Para mí, el mundo está dividido en dos partes: ella, y con ella la felicidad, la esperanza; la otra parte, todo aquello donde ella no está: la tristeza, la oscuridad, el final.

León Tolstói
Guerra y paz
Ed. Alianza, 2015
Trad. Irene Andresco

Fot. Bernard Plossu

lunes, 18 de diciembre de 2017

Cum dederit dilectis suis somnum


Creo que bajo el efecto de la música siento lo que verdaderamente no siento, que comprendo lo que realmente no comprendo, que puedo lo que realmente no puedo.

Ed. Acantilado, 2011
Trad. Ricardo San Vicente

Nisi Dominus, RV 608 ("Cum dederit")
Soprano: Sandrine Piau

jueves, 16 de noviembre de 2017

Sísifo


Recientemente, durante un domingo lluvioso de otoño, atravesé en tranvía el mercado que existe cerca de la torre de Sukharev. En una extensión de medio kilómetro, el coche dividió una multitud compacta, que volvía a cerrarse detrás de nosotros. Desde la mañana hasta la noche, estos millares de hombres, casi todos hambrientos y andrajosos, pisan el suelo fangoso, disputan, se engañan y se aborrecen. Es lo mismo que lo que ocurre en todos los mercados de Moscú y de las otras ciudades. Esos hombres pasarán sus veladas en las tabernas, y por la noche se esconderán en sus agujeros y zahúrdas. El domingo es para ellos un gran día. El lunes vuelven a empezar su existencia maldita.
Reflexionando sobre la existencia de esos hombres, pensando en el estado que dejan y en el que escogen, considerad a qué trabajos se entregan, y veréis que son unos mártires.
Todos ellos han abandonado sus campos, sus casas, sus padres y sus hermanos, y a menudo a sus mujeres y a sus hijos.
Han renunciado a todo, y han acudido a la ciudad para adquirir lo que el mundo cree necesario.
Todos hacen lo mismo, desde el obrero de la fábrica, el cochero, la costurera, la prostituta, hasta el comerciante enriquecido, el empleado, y sus mujeres, sin hablar de las docenas de miles de desdichados que todo lo han perdido, y que viven de desperdicios y de aguardiente en los asilos de noche.
Examinad esa multitud desde el pobre al rico; buscad a quien se crea satisfecho y estime poseer lo que el mundo cree necesario, y no hallaréis uno entre mil. Todos se dirigen a adquirir lo que el mundo impone, y cuya ausencia constituye para ese mismo mundo una desdicha. Pero tan pronto como han adquirido lo codiciado, el mundo presenta otra cosa más necesaria, y el trabajo de Sísifo obra eternamente.

León Tolstói
Lo que yo pienso de la guerra

Fot. La familia Tolstói en 1910

martes, 23 de mayo de 2017

Realidad



Creo que bajo el efecto de la música siento lo que en realidad no puedo sentir, que comprendo lo que en realidad no puedo comprender y que puedo lo que en realidad me es imposible.

León Tolstói
La Sonata a Kreutzer

Fot. Joan Miró
Ocell davant el Sol

martes, 22 de noviembre de 2016

Un caballo


Comprendí muy bien lo que decían acerca de los azotes y del cristianismo. Pero quedó completamente oscura para mí, por aquel entonces, la palabra "su", por la que pude deducir que la gente establecía un vínculo entre el jefe de las caballerizas y yo. Entonces no pude comprender de modo alguno en qué consistía aquel vínculo. Solo mucho después, cuando me separaron de los demás caballos, me expliqué lo que significaba aquello. En esa época, no era capaz de entender lo que significaba el que yo fuera propiedad de un hombre. Las palabras mi caballo, que se refería a mí, a un caballo vivo, me resultaban tan extrañas como las palabras: mi tierra, mi aire, mi agua.

Sin embargo, ejercieron una enorme influencia sobre mí. Sin cesar, pensaba en ellas; y sólo después de un largo trato con los seres humanos me expliqué, por fin, la significación que les atribuyen. Quieren decir lo siguiente: los hombres no gobiernan en la vida con hechos, sino con palabras. No les preocupa tanto la posibilidad de hacer o dejar de hacer algo, como la de hablar de distintos objetos, mediante palabras convencionales. Tales palabras, que consideran muy importantes, son, sobre todo: mío o mía; tuyo o tuya. Las aplican a toda clase de cosas y de seres. Incluso a la tierra, a sus semejantes y a los caballos. Además, han convenido en que uno sólo puede decir mío a una cosa determinada. Y aquel que pueda aplicar el término mío a un número mayor de cosas, según el juego convenido, se considera la persona más feliz. No sé por qué las cosas son de este modo; pero me consta que son así. Durante mucho tiempo traté de explicarme esto suponiendo que redundaba en algún provecho directo: pero resultó inexacto.

Por ejemplo, muchas personas que me consideraban de su propiedad ni siquiera me montaban; lo hacían otros. No eran ellos quienes me daban de comer, sino otros. Tampoco eran ellos quienes me cuidaban, sino los cocheros, los albéitares y, en general, personas ajenas. Más tarde, cuando ensanché el círculo de mis observaciones, me convencí de que ese concepto de propiedad no tenía ningún otro fundamento que un bajo instinto animal que ellos llaman sentido o derecho de propiedad, y no sólo con respecto a nosotros, los caballos. El hombre dice «mi casa», pero nunca vive en ella; tan sólo se preocupa de su construcción y de su mantenimiento. El comerciante dice «mi tienda» o «mi pañería», por ejemplo, y el paño de sus prendas es peor que el que vende en la tienda. Hay gente que considera suya una parcela de tierra que nunca ha visto ni pisado. Hay gente que llama suyos a hombres que jamás ha visto; y toda su relación con ellos consiste en hacerles daño. Hay hombres que llaman suyas a algunas mujeres, pero esas mujeres viven con otros hombres. En la vida los hombres no se preocupan de hacer el bien, sino de poder llamar suyas al mayor número de cosas. Ahora estoy convencido de que ésa es la diferencia fundamental entre los hombres y nosotros. En suma, sin mencionar siquiera otras cualidades que nos hacen superiores a los hombres, sólo por eso podemos afirmar con toda seguridad que, en la escala de los seres vivos, nos encontramos por encima de ellos. El comportamiento de los hombres, al menos de aquellos a los que he tratado, se rige por las palabras; el nuestro, por los hechos.

León Tolstói  Historia de un caballo, 1886
Ed. MK Ediciones, 1979
Trad. Enrique Llovet

jueves, 1 de septiembre de 2016

Un caballo


Comprendí muy bien lo que decían acerca de los azotes y del cristianismo. Pero quedó completamente oscura para mí, por aquel entonces, la palabra "su", por la que pude deducir que la gente establecía un vínculo entre el jefe de las caballerizas y yo. Entonces no pude comprender de modo alguno en qué consistía aquel vínculo. Solo mucho después, cuando me separaron de los demás caballos, me expliqué lo que significaba aquello. En esa época, no era capaz de entender lo que significaba el que yo fuera propiedad de un hombre. Las palabras mi caballo, que se refería a mí, a un caballo vivo, me resultaban tan extrañas como las palabras: mi tierra, mi aire, mi agua.

Sin embargo, ejercieron una enorme influencia sobre mí. Sin cesar, pensaba en ellas; y sólo después de un largo trato con los seres humanos me expliqué, por fin, la significación que les atribuyen. Quieren decir lo siguiente: los hombres no gobiernan en la vida con hechos, sino con palabras. No les preocupa tanto la posibilidad de hacer o dejar de hacer algo, como la de hablar de distintos objetos, mediante palabras convencionales. Tales palabras, que consideran muy importantes, son, sobre todo: mío o mía; tuyo o tuya. Las aplican a toda clase de cosas y de seres. Incluso a la tierra, a sus semejantes y a los caballos. Además, han convenido en que uno sólo puede decir mío a una cosa determinada. Y aquel que pueda aplicar el término mío a un número mayor de cosas, según el juego convenido, se considera la persona más feliz. No sé por qué las cosas son de este modo; pero me consta que son así. Durante mucho tiempo traté de explicarme esto suponiendo que redundaba en algún provecho directo: pero resultó inexacto.

Por ejemplo, muchas personas que me consideraban de su propiedad ni siquiera me montaban; lo hacían otros. No eran ellos quienes me daban de comer, sino otros. Tampoco eran ellos quienes me cuidaban, sino los cocheros, los albéitares y, en general, personas ajenas. Más tarde, cuando ensanché el círculo de mis observaciones, me convencí de que ese concepto de propiedad no tenía ningún otro fundamento que un bajo instinto animal que ellos llaman sentido o derecho de propiedad, y no sólo con respecto a nosotros, los caballos. El hombre dice «mi casa», pero nunca vive en ella; tan sólo se preocupa de su construcción y de su mantenimiento. El comerciante dice «mi tienda» o «mi pañería», por ejemplo, y el paño de sus prendas es peor que el que vende en la tienda. Hay gente que considera suya una parcela de tierra que nunca ha visto ni pisado. Hay gente que llama suyos a hombres que jamás ha visto; y toda su relación con ellos consiste en hacerles daño. Hay hombres que llaman suyas a algunas mujeres, pero esas mujeres viven con otros hombres. En la vida los hombres no se preocupan de hacer el bien, sino de poder llamar suyas al mayor número de cosas. Ahora estoy convencido de que ésa es la diferencia fundamental entre los hombres y nosotros. En suma, sin mencionar siquiera otras cualidades que nos hacen superiores a los hombres, sólo por eso podemos afirmar con toda seguridad que, en la escala de los seres vivos, nos encontramos por encima de ellos. El comportamiento de los hombres, al menos de aquellos a los que he tratado, se rige por las palabras; el nuestro, por los hechos.

León Tolstói  Historia de un caballo, 1886
Ed. MK Ediciones, 1979
Trad. Enrique Llovet