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lunes, 21 de mayo de 2018

La cosa


LA COSA 

De pequeño tuve una caja de zapatos que llegó a ser mi juguete preferido, entre otras cosas porque no tenía otro. Pero envejeció más deprisa que los zapatos que había llevado dentro, de manera que a mi caja se le cayó un día la primera "a" y se quedó en una "cja", que así, a primera vista, parece un juguete yugoslavo. Busqué entre las herramientas de mi padre una a de repuesto, pero no había ninguna y tuve que sustituirla por una o. De este modo, sin transición, tuve que olvidar la caja para hacerme cargo de una coja, lo que es tan duro como pasar directamente de la niñez a los asuntos. Jugué mucho con aquella coja, todavía la recuerdo, pero se fue haciendo mayor también y un día se le cayó la jota. Hay quien piensa que las vocales se estropean antes que las consonantes, pero yo creo que vienen a durar más o menos lo mismo. El caso es que tampoco encontré entre los tornillos de mi padre una jota en buen uso, así que la sustituí por una pe que estaba prácticamente sin estrenar. La coloqué en el lugar de la jota y me salió una copa estupenda, con la que he bebido de todo hasta ayer mismo, que se me cayó al suelo y se rompió. A decir verdad, se rompió justamente por la pe, y como es muy antigua no he encontrado en ninguna ferretería una igual. Ayer fui a casa de mis padres, y después de mucho rebuscar en el trastero di con una ese que no desentona con el conjunto. O sea, que ahora tengo una cosa, pero no sé qué hacer con ella. La caja, la coja y la copa eran muy útiles para guardar secretos, jugar o emborracharse. Pero la cosa me da miedo; además, la escondí en el bolsillo interior de la chaqueta, de manera que desde ayer tengo una cosa aquí, en el pecho, que me llena de angustia. Lo peor de todo es que, como no sé qué es, tampoco sé cómo se rompe. Qué vida, ¿no? 

Juan José Millás

domingo, 10 de septiembre de 2017

La llamada


La llamada

Telefoneó al supermercado para hacer el pedido, pero una mujer respondió que aquello era una casa particular. Colgó lleno de palpitaciones: la voz había abierto en su memoria sentimental una grieta por la que comenzó a salir en seguida una aguja de gas. Volvió a marcar confiando a los dedos la reproducción del error y respondió de nuevo la mujer. Él permaneció en silencio, absorbiendo con los sentidos la atmósfera de la habitación lejana. No se oía la televisión ni la radio: tampoco ruido de niños. Imaginó que vivía sola en un apartamento igual que el suyo y lo reprodujo sin dificultades. Ella, a su vez, callaba. Quizá su voz había levantado también un registro mal cerrado en las sentinas de su memoria. La imaginó con un libro en el sofá.
Durante años había soñado que se encontraban en la calle, y ahora, en lugar de sus cuerpos, se cruzaban sus voces, pero la de ella tenía la densidad de un cuerpo. «Diga», repitió al fin, y él paladeó ese diga con las membranas del oído, igual que en otro tiempo había saboreado sus muslos con los dedos. Era un «diga» mojado por la excitación. De manera que también ella vivía sola y los sábados por la tarde leía: tenía la voz de los que se refugian de las horas dentro de una novela. «¿Es el supermercado?», preguntó. «Sí», escuchó al otro lado, tras un titubeo: «¿qué desea?». Recitó el pedido y al final la mujer añadió que había yogures en oferta. Después de los yogures, no supo continuar. Ella, tampoco, así que dijo que se lo enviarían y colgó sin solicitar la dirección, lo que acabó de delatarla. Telefoneó de nuevo, lleno de remordimientos, pero sus dedos no se atrevieron a equivocarse una vez más. Se habían cruzado, pero después de unos instantes prefirieron simular que no se conocían. Él reprimió un sollozo y, ahora sí, llamó al supermercado.

Juan José Millás
La llamada
De: Cuerpo y prótesis
Ed. Santillana, 2009

Fot, MadameButterflyCollage