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miércoles, 23 de mayo de 2018

Elogio al aburrimiento I


Un día encontré al aburrimiento echado en mi sillón, las manos detrás de la cabeza, desparramado a sus anchas. Estaba allí, se diría que esperándome, aunque en realidad no parecía esperar ya nada de nada. Me miraba fijamente, sin curiosidad, sin emoción, y yo en cambio no podía sostenerle la mirada. Lo eludía y más bien me comportaba como si él no estuviera allí, en mi propio sillón, con esa pinta desenfadada de inquilino incómodo, con ese aire de desafío que adoptan los que ya no piensan irse nunca de la casa.

Aunque se había apoderado de mi habitación, lo que más me desconcertaba era no conseguir mirarlo de frente; había algo en su presencia bostezante que me hacía sentir un intruso; algo en sus facciones, en su manera insistente y hueca de mirar, me arrastraba hacia un extraño abismo de somnolencia, atormentándome con la pregunta «¿para qué?» Incapaz de convivir con él, pasaba la mayor parte del día fuera de mi departamento.

Vagaba por las calles sin ninguna dirección, del mismo modo intranquilo y sediento con que Louis Aragon iba a la deriva por un París que empezaba a derrumbarse. Entraba a un café y, al cabo de unos minutos, me salía; visitaba un museo: me salía; compraba un libro: lo dejaba. Podría haber incluso asesinado: ¿para qué?; también podría haberme matado: desistía. Al rato entraba simplemente a otro café. Es posible que hubiéramos intercambiado papeles y, abriendo y cerrando puertas sin curiosidad, abandonando planes sin motivo alguno, me hubiera convertido en el Espectro Errante del Aburrimiento. 

Probablemente para entonces mirara a la gente en la calle con la misma distancia inquisitiva que él me regalaba en todo momento.

Como estaba claro que no tenía intenciones de marcharse y ya en el sillón se había marcado su contorno, la tibia insolencia de su peso, decidí probar a hacer su retrato. De esa manera —pensé—, me obligaría al menos a mirarlo de frente. Tal vez la misma tarea de pintarlo, de ensayar toda clase de bocetos del natural, sería una forma de contrarrestarlo, de hacer que desapareciera; quizá de ese modo su figura odiosa se trasladaría al papel en una suerte de conjuro.

Tengo que reconocer que no se ha ido. Tengo que reconocer que, como un hábil y silencioso extranjero, se ha establecido en mi cerebro con la misma desfachatez que antes desplegó en mi sofá. Y tal vez porque ya habíamos intercambiado papeles descubrí que en el retrato, en ese retrato obsesionante y maléfico, que me hacía bostezar continuamente y al mismo tiempo me quitaba el sueño; en ese retrato con el que fastidiaba a medio mundo, con el que empantanaba cualquier conversación y que al final del día terminaba por doblegarme, por hundirme en un estado plomizo y fúnebre; en ese retrato acaso del todo imposible, que ya antes otros intentaron sin demasiado éxito, quizá porque se requiere de mucho talento para pintar el vacío, o quizá porque en este caso el modelo se mueve demasiado poco y acaba por contagiarnos su desgana, su hastío, su sopor; en ese retrato, decía, descubrí que fue apareciendo mi rostro.

Luigi Amara
La escuela del aburrimiento
Ed. Sexto Piso, 2012

Fot. Antonio Palmerini

Elogio al aburrimiento


Un día encontré al aburrimiento echado en mi sillón, las manos detrás de la cabeza, desparramado a sus anchas. Estaba allí, se diría que esperándome, aunque en realidad no parecía esperar ya nada de nada. Me miraba fijamente, sin curiosidad, sin emoción, y yo en cambio no podía sostenerle la mirada. Lo eludía y más bien me comportaba como si él no estuviera allí, en mi propio sillón, con esa pinta desenfadada de inquilino incómodo, con ese aire de desafío que adoptan los que ya no piensan irse nunca de la casa.

Aunque se había apoderado de mi habitación, lo que más me desconcertaba era no conseguir mirarlo de frente; había algo en su presencia bostezante que me hacía sentir un intruso; algo en sus facciones, en su manera insistente y hueca de mirar, me arrastraba hacia un extraño abismo de somnolencia, atormentándome con la pregunta «¿para qué?» Incapaz de convivir con él, pasaba la mayor parte del día fuera de mi departamento.

Vagaba por las calles sin ninguna dirección, del mismo modo intranquilo y sediento con que Louis Aragon iba a la deriva por un París que empezaba a derrumbarse. Entraba a un café y, al cabo de unos minutos, me salía; visitaba un museo: me salía; compraba un libro: lo dejaba. Podría haber incluso asesinado: ¿para qué?; también podría haberme matado: desistía. Al rato entraba simplemente a otro café. Es posible que hubiéramos intercambiado papeles y, abriendo y cerrando puertas sin curiosidad, abandonando planes sin motivo alguno, me hubiera convertido en el Espectro Errante del Aburrimiento. 

Probablemente para entonces mirara a la gente en la calle con la misma distancia inquisitiva que él me regalaba en todo momento.

Como estaba claro que no tenía intenciones de marcharse y ya en el sillón se había marcado su contorno, la tibia insolencia de su peso, decidí probar a hacer su retrato. De esa manera —pensé—, me obligaría al menos a mirarlo de frente. Tal vez la misma tarea de pintarlo, de ensayar toda clase de bocetos del natural, sería una forma de contrarrestarlo, de hacer que desapareciera; quizá de ese modo su figura odiosa se trasladaría al papel en una suerte de conjuro.

Tengo que reconocer que no se ha ido. Tengo que reconocer que, como un hábil y silencioso extranjero, se ha establecido en mi cerebro con la misma desfachatez que antes desplegó en mi sofá. Y tal vez porque ya habíamos intercambiado papeles descubrí que en el retrato, en ese retrato obsesionante y maléfico, que me hacía bostezar continuamente y al mismo tiempo me quitaba el sueño; en ese retrato con el que fastidiaba a medio mundo, con el que empantanaba cualquier conversación y que al final del día terminaba por doblegarme, por hundirme en un estado plomizo y fúnebre; en ese retrato acaso del todo imposible, que ya antes otros intentaron sin demasiado éxito, quizá porque se requiere de mucho talento para pintar el vacío, o quizá porque en este caso el modelo se mueve demasiado poco y acaba por contagiarnos su desgana, su hastío, su sopor; en ese retrato, decía, descubrí que fue apareciendo mi rostro.

Luigi Amara
La escuela del aburrimiento
Ed. Sexto Piso, 2012

Fot. Antonio Palmerini

lunes, 10 de julio de 2017

Secretos


Prefería no hablar en el trabajo de las cosas que le gustaban de verdad. Había construido una zona intermedia, un falso techo de melodías, novelas, paisajes que le agradaban sin trastornarla. Los otros libros, la otra música, los lugares donde se refugiaba, no se los dijo a nadie.

Belén Gopegui
Acceso no autorizado
Ed. Random House, 2011

Fot. Antonio Palmerini

martes, 28 de junio de 2016

Una mujer (16)

Antonio Palmerini


   Hay una mujer. Me odia. Rompe conmigo una y otra vez. Me manda a paseo. Me tira a la basura, como si fuera un limón exprimido. De una manera inteligente, lógica e irrefutable me explica por qué tenemos que dejarlo. Por qué se ha acabado ya. Estamos siempre ocupados, ella y yo, así que estos diálogos, estos actos normalmente se desarrollan en la cama. Por decirlo así, yo me dejo convencer por sus argumentos. Yo, por mi parte, no veo nada terrible en el hecho de que nuestros cuerpos no se encandilen, porque aun a desgana se engastan piezas bonitas. A mí, me gusta incluso estar simplemente acostado a su lado, dejando reposar mi mano en su regazo. Ella no se refiere a eso, se refiere a todo en general, mientras que yo siempre hablo de los detalles, y los detalles, por su naturaleza, siempre están bien, de una forma fragmentada, pero no en su totalidad. «Hemos estado lamentables», así suele empezar. A lo que yo le levanto un poco los muslos. Que por otra parte son largos. «Ha sido tan bonito durante tantos años», me dice. Yo no digo nada, simplemente la vuelvo hacia mí, vuelvo sus pechos hacia mí. «No estaría mal dejar a un lado todos esos pensamientos oscuros sobre la plenitud, y ocuparnos tan sólo de la carne, de los huesos, de los tendones.» Que ella no está hablando de eso, sino de algo inevitable; de que todo parezca absurdo, peor que aburrido, peor que cotidiano, o sea, peor que un cliché.
   «¡No me siento realizada en la cama!»
   A lo que la quito de encima de mí, con sus pechos y con todo, dejo mis órganos al descubierto, entre ellos mi cola: «¡Aquí estoy!, ¡hola!». No dice nada. «Si me abandonas, te mataré», le digo, y aprieto su cabeza contra la almohada. «Esa frase está muy bien, suele funcionar —dice gimiendo—, pero de una manera absurda, aunque me fueras a matar, sería sólo como si lo imaginaras». «A lo mejor te vas a enfadar con lo que te voy a decir: perdóname», le respondo. «No hay por qué», me dice.

Péter Esterházy, Una mujer


Mojave 3 - Love Songs On The Radio

viernes, 24 de junio de 2016

No soy de este mundo


Simplemente no soy de este mundo... yo habito con frenesí la luna. No tengo miedo de morir; tengo miedo de esta tierra ajena, agresiva... no puedo pensar en cosas concretas; no me interesan. Yo no sé hablar como todos. Mis palabras son extrañas y vienen de lejos, de donde no es, de los encuentros con nadie... ¿qué haré cuando me sumerja en mis fantásticos sueños y no pueda ascender? Porque alguna vez va a tener que suceder. Me iré y no sabré volver. Es más, no sabré siquiera que hay un “saber volver”. No lo querré acaso.

Alejandra Pizarnik

Fot. Antonio Palmerini