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miércoles, 25 de octubre de 2017

Una fotografía


Tengo una fotografía de mi madre, mi hermana, y yo mismo, tomada cuando rondaba yo los cuatro años y mi madre los treinta y dos, o por ahí. Mi hermana y yo estamos de pie en lo que debe ser la acera frontal de nuestra casa de entonces, frente a un seto, y mi madre en cuclillas en el medio con un brazo rodeando a cada uno de nosotros. Debe ser primavera, porque yo visto un short y una camisa de manga larga, abotonada, probablemente como una concesión de pulcritud, hasta el cuello. Mi hermana, que tendría unos dos años y medio, porta un abrigo que termina justo encima sus rodillas. Sus mangas son demasiado largas. Debe ser a mediodía o aproximadamente: nuestra sombra común esta directamente bajo nosotros. El cabello de mi madre es negro y ella está sonriente. La luz derrama sobre su frente y se monta en sus pómulos; un manchón de luz reposa en un lado de su mentón. La luz cae de la misma forma sobre el rostro de mi hermana y sobre el mío. Y nuestros ojos quedan en la sombra exactamente de la misma forma. He contemplado y contemplado esta fotografía, y en cada ocasión he sentido una profunda e inexplicable oleada de tristeza. ¿Es que mi madre, que nos abraza y cuya mano yo sostengo, está ahora muerta? ¿O es que es tan joven, tan feliz, tan orgullosa de sus niños? ¿Será que los tres estamos momentáneamente atados por la forma en que la luz se distribuye a sí misma de manera idéntica sobre cada uno de nuestros rostros, uniéndonos, proclamando nuestra unidad por un momento en un pasado que fue solo nuestro y que ahora nadie puede compartir? ¿O es simplemente que lucimos un poco fuera de época? ¿O que lo que sea que hayamos sido en ese momento atrapa al corazón simplemente por haberse terminado? Supongo que todas son buenas razones para sentirse triste, y deben contar en parte para mi sentir, pero hay algo más a lo que también respondo. Es la presencia del fotógrafo. Es para él que mi madre se permite estar tan espontáneamente presente, a mostrar un aspecto de sí misma que no se complica por ninguna reticencia, por ninguna muestra de pena. Y es hacia él que me inclino, hacia él que quiero correr. Pero, ¿dónde estaba él? Debió haber sido mi padre, me sigo diciendo a mí mismo, mi padre quien, en esos días, parecía siempre ausente, siempre de viaje, vendiendo alguno de los nuevos servicios a los diarios de los poblados de Pennsylvania. Así que no es el que un momento de dulzura haya pasado lo que me entristece. Es que el que más poderosamente está presente no aparece en la foto, sino que existe conjeturalmente, como una ausencia. Algo más que me conmueve de esta fotografía es lo mucho que se corresponde con el momento en que fue tomada. Como la niñez misma en su inocencia del futuro. Siento una enorme simpatía por el niño que fui, y me siento culpable de que su simpatía le haya servido años después a su ser más viejo. Yo existía, en ese momento, no para mi mirada de hoy sino para la del fotógrafo en el momento de la fotografía. En otras palabras, no estaba posando. No podría, porque no podía anticipar un futuro para ese momento; vivía, como la mayoría de los niños, en un presente perpetuo. Podía quedarme quieto, pero no podía posar. Y en mi quedarme quieto, manifestaba una tremenda impaciencia por liberarme, por ir hacia los brazos de mi padre que no aparece en la foto.

Mark Strand
Sobre nada y otros escritos
Edit. Turner.
Trad. Juan Carlos Postigo Ríos

miércoles, 3 de febrero de 2016

Els ulls

Tinc els ulls del meu pare i la mateixa forma de les mans, és com si tinguéssim els mateixos dits, però jo en una mida més petita.

Tinc els ulls del meu pare i el seu mentó, la seva barbeta que s'enalteix quan arrufa el nas, quan jo arrufo les celles.

Tinc els ulls del meu pare i els seus mateixos gustos en menjar a excepció de les espècies que a mi m'agraden i a ell no.

Tinc els ulls del meu pare... potser per això no pot ni mirar-me amb orgull. Tinc els ulls del meu pare i potser per això ningú em pot veure com una persona temible i perillosa i s'equivoquen quan veuen bondat i una maleïda debilitat de la qual no poden més que compadir-se.

Tinc els ulls del meu pare, i en ells, sé que guardo tota la seva frustració, tot el que ell no va poder ser i sempre va voler i jo tampoc. Tinc en els seus ulls les seves mentides, els seus enganys, els seus desdenys, els seus vicis, els seus impulsos, els seus pecats i la seva ràbia, que jo sé que la seva bondat i la seva moral no li permet professar lliurement.

Tinc els ulls del meu pare. És l'únic que tinc d'ell.

Martin Stranka

Best Unsaid
Michael Brook

sábado, 31 de octubre de 2015

Panellets




jmms

Panellets: postre típico catalán a base de mazapán, piñones y lo que se quiera.
Catalán... postre... seguro que da cáncer, pero bueno...
Nota: los ha hecho mi padre.

jueves, 9 de julio de 2015

Mi padre


Al ver esta imagen (si se amplía se podrá apreciar bien) me he acordado de algo que, de pequeño, siempre me decía mi padre: cuando tengas que hacer una cosa, hazla tan bien como sepas, ponle alma.
Mi padre... No siempre he tenido una buena relación con él. Ha sido con los años cuando he podido apreciar lo buena persona que ha sido y es.