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martes, 23 de octubre de 2018

Perderse


Allí, en aquellos apartamentos que alquilaban y abandonaban uno tras otro, y adonde ella seguía volviendo de noche, cuando no pretextaba algún viaje o alguna tarea que debía terminar para el taller, y ya entonces, sin querer creerlo aún, él, Paul, escribía y hablaba de árboles que llamaban y que sólo podían dar órdenes, y también de mujeres subyugadas y cautivas que habían perdido el juicio, y cuando en aquellos momentos hablaba de soledad era su soledad en lo que pensaba, cuando, comprendiendo lo interminable de las noches, la veía alejarse, más tranquila o más briosa según el día, no tenía nada más que decir, sólo quedaban el tedio y la confusión, y aquella tristeza que, sin sospecharlo, él aceptaba. Sí, sin duda él era el primero en comprender lo que pasaba con aquel amor que los dominaba a ambos, maestro y alumna, y con ella, su hermana, que se embriagaba como se embriaga uno de lo celeste, y muy pronto él diría, escribiría, que, a pesar de aquella felicidad que ella parecía haber encontrado, ella se perdía, se perdía irremisiblemente. Él escribiría que amar así era perderse.

Michèle Desbordes
El vestido azul
Ed. Periférica
Trad: David M. Copé

Collage Vincent La Scala


viernes, 7 de septiembre de 2018

No hablarían de ello


Y me parece que ya entonces hablaba del final de las cosas. Es decir, que allí, dentro aún del tiempo, ya recordaba, sospechando muy pronto cuánto de todo aquello, de las alegrías o los simples instantes de tregua, iba a desaparecer para no volver nunca más; cuando menos, aquella parte de sus sueños que no solamente reclamaría su tributo, sino que no sabría, en razón de invisibles e implacables leyes, desplegarse con fuerza, y de una manera tan evidente como para arrastrar todo lo demás; a ella nada la apaciguaría jamás.
Así pues, debía de saber que aquella mañana de marzo llegaría, fuera o no una mañana de marzo; y grandes y pesados caballos venían a llevársela lejos de casa. Debía de hacer ya bastante tiempo que ella lo sabía, debía de hacer bastante tiempo que la duda y la sospecha hacían su labor, todo así lo indicaba: la espera y el miedo de los que ella habla, la costumbre que había tomado de no salir del taller o, más tarde, de encerrarse en él, y aunque todo se mezclaba aún, alegrías y tristezas -esas repentinas, insospechadas melancolías que sabía disimular con un gesto o una risa-, hacía tiempo que rondaba por allí, como una amenaza, la idea de que nada dichoso o grande podía perdurar, que llegaría un día en que, como en el desenlace de un combate, sería preciso deponer las armas y rendirse, con una de esas rendiciones incondicionales y sin perdón, y entonces todo habría terminado para ella. Todo habría terminado, y ambos tendrían, ella y él, mucho que decirse al respecto, precisamente porque no hablarían de ello. Ni durante aquellos días, ni después.

Michèle Desbordes
El vestido azul
Ed. Periférica, 2018
Trad. David Martín Copé