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lunes, 20 de noviembre de 2017

Un escritor


UN ESCRITOR

El escritor más enigmático de todos los tiempos ha sido, seguramente, Jesús. Los Evangelios nos lo presentan escribiendo una sola vez y no lo hace en papel sino, con un palito, en la tierra, en el transcurso de la prodigiosa escena de la mujer pillada cometiendo adulterio. No sabremos nunca lo que escribió o si escribió algo, o si solo dibujó. Debió de ser, sin embargo algo importante, pues Jesús estaba tan absorto, inclinado sobre aquellos signos perecederos, que los judíos tuvieron que preguntarle varias veces qué había que hacer con la mujer antes de que él diera esa respuesta inolvidable: "Aquel de vosotros que esté libre de pecado, que arroje la primera piedra". La mayoría de los judíos sabían leer y, por otro lado, el nuevo maestro era extremadamente importante para ellos. ¿Por qué ninguno leyó lo que había escrito? ¿Por qué las inmensas bibliotecas de Occidente descansan sobre los hombros de dos hombres que no dejaron escritos a su paso, Sócrates y Jesús? ¿Cuál es la diferencia entre la sabiduría que no escribe y la inteligencia que llena las bibliotecas a favor o en contra de la sabiduría? Incluso aunque no dejara libros, Jesús -no lo olvidemos- vivió la epopeya de un pueblo, sus salmos, su canto de amor y, a través de Job, su desesperación. El hombre de Nazaret quiso ser el índice y la culminación de ese libro. La escena del perdón a la mujer que ha cometido un pecado me parece la parábola central del Evangelio, y el texto que quedó en la tierra, la más bella obra de la humanidad y, tal vez, su definición.

Mircea Cãrtãrescu
El ojo castaño de nuestro amor
Ed. Impedimenta
Trad. Marian Ochoa de Eribe

Fot. Alan Sonfist
Myself Becoming One with the Tree, 1969

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Recorridos marginales


Elegíamos para nuestro viaje de novios de unas nupcias imposibles unos recorridos marginales y extraños, callejuelas que ya no existen (tal y como en mi mente envilecida no queda ya espacio para el amor), con casas rosas, con marquesinas de cristal coloreado, con adelfas en flor en los patios, con gatitos revolcándose en la hierba. Nos deteníamos para molestar a las arañas gordas que colgaban entre las rosas, nos perdíamos por callejones olvidados de la mano de Dios, con construcciones espectrales, con gorgonas que sostenían ventanas ciegas, con leones de piedra y dragones de cemento, rotos y amarillentos, cabalgados por niñas con gafas. Cuando vuelvo a pasar hoy en día, por casualidad, por alguno de aquellos lugares, veo nítidamente aún la marca de la vacuna de su brazo desnudo y sudoroso y siento todavía aquel encogimiento del corazón y de los testículos, aquella contracción de las glándulas internas y de la glándula más sutil que secreta el Tiempo; las glándulas del rabillo de mis ojos secretan entonces serotonina. Así que el plano de mi ciudad está salpicado de vórtices y remolinos de nostalgia pura.

Mircea Cãrtãrescu
El ojo castaño de nuestro amor
Impedimenta, 2016
Trad. M. A. Ochoa de Eribe

jueves, 2 de noviembre de 2017

Las ruinas de una utopía


LAS RUINAS DE UNA UTOPÍA

Siempre, cuando en el período irreal de las fiestas navideñas me levanto muy temprano y las ventanas están completamente heladas, y a través de su cristal deformado la nieve oblicua cae con saña, y yo estoy inquieto en la cocina con la luz encendida -en algún sitio de las profundidades de la casa suena un despertador- tengo la misma visión del lector maleado. Mientras bebo el café ardiente, sueño con el Libro. Más descabellado que "Cien años de soledad", más profundo que " El castillo", más infinito que "En busca del tiempo perdido". Imagino un gran equipo de escritores trabajando durante varias generaciones en un solo libro que se pueda leer desde la infancia, cuando empiezas a distinguir las letras, hasta el lecho de muerte, cuando ya no las distingues. Un libro que reemplace tu vida, pero sin los momentos, los días, los meses, los años monótonos de la vida. En la adolescencia, acurrucado en la cama, solía leer algunas veces desde la mañana hasta la noche, se me olvidaba comer y casi respirar porque las páginas -que de hecho, casi no veía- describían a gente de verdad, nubes de verdad, ciudades de verdad, pero cuando levantaba los ojos, no veía más que sombras desoladoras. Me daba cuenta de que anochecía solo cuando las páginas se volvían rojas como el fuego antes de tornarse cenicientas.
El drama de mi vida empezó después, cuando en vez del Libro me vi obligado a vivir en la realidad. Me temo que de ahora en adelante nadie va a vivir en los libros, tal y como han hecho mi generación y las precedentes. Y que la utopía de la lectura quedará por ahí, en una colina lejana, como un gran laberinto en ruinas.

Mircea Cãrtãrescu
El ojo castaño de nuestro amor
Impedimenta
Trad. Marian Ochoa de Eribe